A plena cultura

En Villamartín del Sil, la vieja tradición del Concejo se encuentra con los libros para demostrar que también la literatura puede ser un bien común

14/09/2026
 Actualizado a 14/09/2026
La asociación “A Plena Cultura” esta llenando la España vacía de libros y vida.
La asociación “A Plena Cultura” esta llenando la España vacía de libros y vida.

Hay palabras que envejecen mejor que los hombres. Concejo es una de ellas. Tiene algo de madera oscura, de campana, de banco corrido, de vecinos que entran con barro en las botas para decidir juntos dónde pasta el ganado, quién limpia un camino o cómo se reparten los aprovechamientos del monte. Antes de que inventáramos los planes de participación ciudadana y toda esa ferretería verbal con la que la Administración moderna intenta explicar lo que nuestros abuelos resolvían mirándose a la cara, en León ya existía el Concejo.

Por eso me gusta que en Villamartín del Sil los libros hayan terminado alojados bajo esa palabra. No sé si una biblioteca puede salvar un pueblo. Sospecho que no. Tampoco una novela arregla una carretera, abre un consultorio médico ni consigue que vuelva el autobús que dejó de pasar los martes. Conviene no pedirle a la cultura milagros administrativos. Pero una biblioteca puede hacer algo quizá anterior a todo eso que nos otra cosa que impedir que un lugar acepte la idea de que ya no merece tener futuro.

He tenido la fortuna de depositar allí algunos de mis propios libros sobre El Bierzo en esta biblioteca concejil. Uno escribe un libro y, a partir de cierto momento, deja de pertenecerle. Empieza a vivir en habitaciones desconocidas, en mesillas de noche, en librerías de segunda mano o en cajas de mudanza. Pero llevar un libro escrito sobre El Bierzo hasta una biblioteca levantada en una aldea berciana produce una extraña sensación de regreso.

En la España rural los pequeños gestos han adquirido una importancia que en las ciudades apenas sospechamos. Allí donde se cierra una tienda, desaparece una escuela o se apaga una casa cada invierno, abrir una puerta tiene otro significado. Y si detrás de esa puerta hay más de once mil libros, la imagen posee una fuerza casi insolente.

Llevamos años hablando de la España vaciada. La expresión ha tenido éxito porque contiene una acusación dentro de un paisaje. No dice simplemente que haya pocos habitantes; dice que algo ha sucedido para que dejen de estar. Se vacían los pueblos de niños, de médicos, de tiendas, de trenes, de empleos y, a veces, hasta de conversación. Frente a ese proceso, la Biblioteca del Concejo propone una acción de signo contrario, la de llenar.

“Llenar la España vaciada de libros” esta frase podría parecer un eslogan, pero encierra una idea bastante seria. Un territorio no está lleno únicamente cuando tiene habitantes. Está lleno cuando conserva palabras para contarse. Cuando alguien puede entrar en una habitación y encontrar allí a Llamazares, a Pereira, a Gil y Carrasco, a autores que ha escrito sobre el valle que se ve desde la ventana. Una biblioteca convierte cualquier aldea en un lugar conectado con todos los lugares. Basta con abrir un de sus libros.

En Villamartín del Sil esa aventura lleva cinco años y tiene detrás a “A Plena Cultura”, una asociación que ha entendido algo esencial.  A comprendido que la cultura rural no puede consistir en llevar al pueblo una versión pequeña de lo que ya sucede en la ciudad. No se trata de enviar un espectáculo, hacerse una fotografía y marcharse. El verdadero desafío consiste en trabajar con lo que el territorio ya posee. Con su cultura, paisaje, patrimonio, relatos, naturaleza y comunidad.

Durante siglos los pueblos tuvieron bibliotecas sin libros. Estaban en sus formas de memoria. El filandón fue una de ellas. Mientras unas manos trabajaban, alguien contaba una historia y otro añadía un detalle. La memoria no tenía que ser exacta; tenía que sobrevivir.

Una biblioteca rural recoge hoy aquel testigo del filandón. Cambian las voces y aparecen las estanterías, pero permanece el gesto fundamental, alguien cuenta y alguien escucha. El lector es, en el fondo, una persona que escucha a un ausente. Por eso resulta tan sugerente que esta biblioteca esté vinculada al concejo. El concejo leonés nació para administrar los bienes comunes: el agua, los pastos, los montes, los caminos. Bienes concretos, imprescindibles, pegados a la supervivencia. Tal vez hoy podamos admitir que una comunidad posee también bienes comunes invisibles.

Dar una nueva función al concejo no significa convertirlo en una pieza decorativa de museo. Significa exactamente lo contrario, significa mantenerlo vivo. Las instituciones tradicionales mueren cuando solo sirven para explicar cómo vivíamos antes. Permanecen cuando son capaces de ayudarnos a vivir ahora. Si durante siglos el concejo decidió cómo cuidar el monte, no veo por qué en el siglo XXI no puede ayudar también a cuidar las palabras con las que ese monte será recordado.

Hay además algo profundamente democrático en una biblioteca. El libro puede haber sido escrito por un premio Nobel o por un desconocido, costar treinta euros en una librería de Madrid o haber llegado como donación en una caja de cartón. Una vez colocado en el estante público, espera a todos por igual. No pregunta por la cuenta corriente, ni por el apellido, ni por la ideología. Solo exige una cosa, exige que alguien lo abra.

“A Plena Cultura” ha entendido que la resistencia cultural en un pueblo no necesita grandilocuencia. Bastan una llave, unas estanterías, donaciones y personas dispuestas a dedicar horas. Más de once mil volúmenes después, esa suma de gestos ha terminado construyendo un patrimonio.

Me gusta imaginar esos libros por la noche, cuando el pueblo calla. Afuera están el Sil, los montes, las casas con alguna ventana encendida. Dentro esperan miles de historias. Algunas hablan de desiertos, otras de ciudades que no duermen, de guerras, amores, bosques o naufragios. Y entre ellas hay también libros nacidos en El Bierzo, libros que regresan a casa.

Tal vez la España vaciada no se llene de nuevo como fue. Tal vez el error esté en pretender que el futuro consista en reconstruir el pasado. Los pueblos que sobrevivan tendrán que inventarse nuevas funciones, del mismo modo que esta vieja institución comunal está aprendiendo a custodiar un bien que sus fundadores no pudieron imaginar acumulado en miles de páginas impresas.

El concejo seguirá siendo concejo precisamente si puede cambiar. Y la aldea seguirá siendo aldea si, además de recordar, es capaz de imaginar. Cinco años de biblioteca pueden parecer poca cosa frente a siglos de historia. Pero las grandes transformaciones empiezan a menudo de manera modesta. En Villamartín del Sil una puerta que se abre, una caja de libros que llega, un lector que entra buscando uno y encuentra otro.

Eso es “A Plena Literatura”. Llenar de libros una tierra a la que otros llaman vaciada. Devolver al Concejo su antigua condición de casa de lo común y añadir a los montes, las aguas y los caminos un nuevo bien comunal, el de las palabras. Yo he tenido el privilegio de dejar allí algunas de las mías. Ahora ya pertenecen a la aldea y sus gentes.

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