Hablar del enclave neurálgico por antonomasia en la historia de Ponferrada es hacerlo de la Plaza Julio Lazúrtegui. Es el centro urbano del ensanche de la ciudad, paso obligado para ir a diferentes espacios de la ciudad como pueden ser barrios, colegios, dependencias administrativas, centros de salud, establecimientos comerciales, etc. Sin duda, hoy menos que ayer. Actualmente se reduce a una fuente iluminada, dos comercios de ropa y complementos, un salón de juegos, una farmacia, una óptica y tres oficinas bancarias.
Las gentes de ahora deben saber que por esta glorieta circulaban todo tipo de vehículos con dirección a La Coruña o Madrid (es decir: Galicia o Castilla) por la nacional VI de aquellos años; otro destino resultaba ser Vigo dirección Orense por la avenida de Portugal, que era la nacional 120 Logroño-Vigo; y camino de Asturias, se debía atravesar la calle Gómez Núñez. El cambio de nombre de los Mesones a Julio Lazúrtegui fue en homenaje al impulsor de las riquezas industriales de la hoya berciana. Su cénit: la década de los 40 hasta finales de los 70 del pasado siglo.
Para varias generaciones —como la mía—, lugar de encuentro con los amigos y amigas de la pandilla para, ulteriormente, irnos de ronda de vinos, darnos un garbeo, ir al cine o al teatro, tomar una tapa de mejillones en La Cueva —¿aún la recuerdas?—, subir los fines de semana a la zona alta para tomar una tapa de patatas bravas —regadas con un Bierzo Libre— en el Bodegón, acercarnos la tarde del domingo al campo de Santa Marta para animar a nuestra Dépor, dejarnos ‘ver’ y ‘caer’ por el Paseo… o, sencillamente, compartir un paquete de pipas procurando no dejar caer al suelo (la acera) ni una cáscara de ese fruto seco. Resultamos ser un grupo de amigos que fuimos en aquella Ponferrada de abajo de hace tantísimos años. Y eso nos une de un modo indeleble. Siempre seremos aquel grupo de amigos.
A pesar del tiempo transcurrido —ya son años—, existen dos edificios (uno frente al otro) muy identificables con la plaza Lazúrtegui que apenas han sufrido modificación alguna, resultando ser fieles testigos de la historia y transformación de este espacio urbano. ¡Auténtico corazón de la ciudad!
Uno de ellos, en una esquina, con acceso por la avenida de La Puebla, número 52, fue mandado construir por los hijos de Venancio García, los mismos propietarios del ubicado en la plaza Fernando Miranda, conocido como el edificio de la Campana. Inmueble del año 1951, cuyo proyecto fue encargado a Luis Pidal y Fernández Hontoria —IV marqués de Pidal—, con Ramiro Fernández como aparejador. En el interior del portal, en una puerta de madera con cristal, se pueden ver las iniciales HVG (Hijos de Venancio García). Desde su terraza, en el ático, se otea una hermosa panorámica de gran parte de la zona baja de nuestra ciudad. Inmueble burgués, con bella y elegante fachada de líneas clásicas que, en su mayoría, da a la plaza Lazúrtegui. Edificio de prestigio de aquella 'ciudad del dólar'.
El otro edificio, frente al anteriormente mencionado, da a dos calles: la avenida de España y el Camino de Santiago; con entrada por el portal número 1 de la calle citada en segundo lugar. Dada la forma de la superficie del solar, se le conocía con el sobrenombre de ‘El Ataúd’. Espacio donde se levantaría, finalmente, lo que vino a ser el icono de modernidad de la ciudad. El resultado final fue una construcción de nueve plantas, bajo, entreplanta y dos sótanos, con estructura de hormigón y hierro forjado, según consta en el proyecto presentado en las oficinas del Ayuntamiento de Ponferrada. En el año 1963, resultaba ser una de las zonas de mayor valor y lugar estratégico, como era la esquina de la calle Capitán Losada con la avenida Calvo Sotelo (nombres de aquellas vías en la época a la que nos referimos).

Cada una de las nueve plantas residenciales del inmueble tendría, supuestamente, unos 195 metros cuadrados útiles, distribuidos en cinco dormitorios, salón de estar, comedor, despacho con balcón y dos armarios. Su propietario: Antonio Uría Juárez. Arquitecto: José M.ª Martínez Mirones. Constructor: José Fernández Pérez, de Camponaraya. El precio de la obra, en su conjunto, alcanzaría la cantidad de 2.691.292 pesetas con 63 céntimos.
La idea de Uría era levantar el edificio que pasaría a ser el más alto de Ponferrada. Además, resultó tener un cierto parecido con el edificio Flatiron (originalmente conocido como Edificio Fuller de Manhattan), considerado “uno de los rascacielos más emblemáticos del mundo y símbolo esencial de Nueva York”, cuyo nombre hace alusión a su forma de plancha. En la azotea, a día de hoy, se encuentra instalada una alarma —visible— que sirve de aviso ante una posible rotura del muro de la presa de Bárcena.
Recurriendo a la memoria de muchos pobladores de la ciudad, con edades comprendidas entre los 60 y 70 años, bien nos podrían disertar de lo que fue esta plaza con una descripción perfecta del día a día de la misma. De 1960 a 1975, creo que no hubo día alguno en que dejase de pasarme por ella, al menos una vez. Los motivos fueron diversos: como ir a la catequesis y misa los domingos a la antigua iglesia de San Pedro, en la que recibiría el sacramento del Bautismo y la Primera Comunión. Hoy, dicho solar se ve ocupado por una compañía telefónica. Cogido de la mano de una hija de un hermano de mi abuelo materno. Por asistir a dichas ceremonias religiosas nos daban unos cromos (los cuales serían canjeados por juguetes en la festividad de los Reyes Magos) con relatos de personajes de la Historia Sagrada. Las verbenas de los festejos en honor al apóstol pescador se celebraban en la plaza del mismo nombre, San Pedro.
Los de mi generación, según la zona de La Puebla donde viviésemos, nos veíamos obligados a transitar por la plaza camino del Instituto de Enseñanza Media Gil y Carrasco, el único que existía por aquel entonces en toda Ponferrada y su entorno, para realizar los estudios de Bachillerato. En fechas señaladas, como las fiestas patronales o los actos religiosos de Semana Santa, estábamos obligados a pasar por esta vía urbana para llegar al puente Cubelos —siempre de La Puebla—, único paso para acceder a la parte alta. Como curiosidad, esta céntrica plaza albergaba la última verbena de las fiestas patronales en honor a la Virgen de la Encina, resultando ser el único acto que se celebraba fuera del entorno de la zona alta.
Imágenes para recordar del lugar: bares-cafeterías como Nagasaki, Niza, Sevilla, Moderno, Caballero, Central, Edesa...; bancos como el Hispano Central o el Santander; guardia municipal dirigiendo el tráfico sobre un pedestal y bajo sombrilla; imprenta Prieto; Almacenes Calvo Tejidos; quiosco de la señora Julia. Presidiendo la zona central, el monolito de la Torre del Reloj, posteriormente trasladado al parque y actualmente en la glorieta de la República Argentina.
En el edificio cuyo portal indica número 10 podemos leer ‘Edificio Edesa’, en homenaje al conocido cine o teatro Edesa (Empresa de Espectáculos Sociedad Anónima), con una larga vida que abarcó del año 1934 a 1975. Local emblemático que formó parte de la historia de infinidad de generaciones de bercianos y bercianas del siglo pasado. Sufrió diversas reformas. Dicha sala podía albergar hasta las 1000 personas: 575 espectadores en el patio de butacas y 425 en el anfiteatro. Pasaron por sus escenarios espectáculos de zarzuela, compañías de teatro, variedades, revista, arte lírico, estrellas del cante y baile… Figura de la canción que destacó por encima de todas: Manolo Escobar, auténtica estrella, que cosechó los mejores resultados a nivel económico y de asistencia de espectadores. También se celebraba el festival del Día de la Madre, primer domingo de mayo, organizado por la OJE (Organización Juvenil Española). En su parte superior, el famoso café-bar Edesa, con billares y su mítica galería desde la cual se oteaba el ir y venir de todo tipo de personas que deambulaban por la concurrida plaza.
Lugar elegido para el intercambio de cromos, tebeos, encuentro de chicos y chicas... Cómo olvidar la doble sesión cinematográfica, infantil, de los domingos a las 4 de la tarde; el ‘día galante’ —consistente en que un joven podía invitar a una chica gratis al cine—; el famoso gallinero; el puesto de chucherías de Pedrito (donde jóvenes, adultos y viejos ‘verdes’ podían adquirir ‘calcetines de viaje’), etc. El tablón de anuncios del vestíbulo de la iglesia de San Pedro servía para consultar la clasificación, por parte de la jerarquía eclesiástica, de las películas, con calificaciones como podían ser 3R (mayores con reparo) o 4 (gravemente peligrosa).
Al mediodía del 23 de julio de 1971, la noticia se propagaba como la pólvora: «Un camión sin frenos, cargado de mercancía, provocó un gravísimo accidente al chocar contra el escaparate de los Almacenes Santana, situados en los bajos del edificio de Uría, con el trágico saldo de dos muertos y diez heridos». Toda una auténtica tragedia.