Hay pueblos que guardan su historia en los archivos y otros que la conservan en la memoria de sus vecinos. En Rodanillo, esa memoria tiene nombre propio: José ‘Pepe’ Cachón Álvarez, el último gran maestro carpintero de carros y el último carrero vivo de la localidad. A sus 92 años, representa el vínculo más directo con un oficio que durante generaciones definió la vida y la identidad del pueblo.
Su historia comenzó pronto y estuvo marcada por la adversidad. Cuando apenas tenía diez años perdió a su padre y, cuatro años después, emprendió el camino hacia Folgoso de la Ribera para aprender el oficio de carrero. Allí pasó cuatro años formándose con un maestro que, curiosamente, había sido alumno del propio padre de Pepe, como si el legado familiar encontrara una manera de continuar.
De regreso a Rodanillo, siguió perfeccionando su técnica trabajando junto a los maestros Juan Antonio y Camilo padre. Con solo 22 años decidió abrir su propio taller y comenzar una etapa que él mismo recuerda como la edad dorada del oficio.
Los encargos eran constantes y los carros salían del taller, según sus propias palabras, «como churros». Aquellas piezas de madera no eran solo un medio de transporte para el campo; eran el resultado de un conocimiento artesanal transmitido de generación en generación y una de las señas de identidad de un pueblo que llegó a ser conocido precisamente por sus carreros.
El camino de la emigración
La mecanización del campo y la crisis acabaron alterando aquella realidad. Como tantos bercianos de su generación, Pepe tuvo que emigrar para encontrar un futuro. Su destino fue primero Francia, donde continuó trabajando como carpintero, y más tarde Bilbao, ciudad en la que desarrolló su profesión hasta el momento de su jubilación.
Lejos de Rodanillo, nunca dejó atrás el oficio ni el vínculo con la madera, aunque tampoco perdió el apego por el pueblo donde había aprendido a convertir un tronco en un carro.
Un regreso que nunca falta
Hoy, nueve décadas después de su nacimiento, Pepe Cachón vuelve cada año a Rodanillo. Lo hace con la misma naturalidad con la que recuerda aquellos años de juventud y el bullicio de los talleres, cuando el trabajo de los carreros formaba parte del paisaje cotidiano de la localidad.
Para los vecinos, su presencia trasciende la de un antiguo artesano. Es el último testigo vivo de una forma de entender el trabajo, la transmisión del conocimiento y la vida en el medio rural berciano.
Homenaje a unas manos que hicieron historia
Consciente del valor de ese legado, Rodanillo ha querido rendir homenaje a quien considera uno de sus paisanos más emblemáticos. No solo por su extraordinaria trayectoria como carpintero de carros, sino porque en su memoria sobreviven los gestos, las herramientas y las historias de un oficio que estuvo a punto de desaparecer.
A través de Pepe Cachón, el pueblo no celebra únicamente los 92 años de uno de sus vecinos más queridos: celebra también la permanencia de unas raíces que siguen vivas mientras alguien pueda contarlas.
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