En las estribaciones septentrionales de los Montes Aquilianos, a 1.441 metros de altitud, se alza el castro de Peña del Hombre, uno de los enclaves arqueológicos más singulares de Priaranza del Bierzo. Desde esta atalaya natural, el poblado prerromano domina el valle y mira, no muy lejos, hacia el gran símbolo del pasado minero romano de la comarca: Las Médulas.
Aunque separados por el tiempo -Peña del Hombre es prerromano y Las Médulas la gran obra hidráulica del Imperio- ambos enclaves forman parte de un mismo paisaje histórico: el de un territorio moldeado primero por comunidades indígenas y después por la reorganización económica impuesta por Roma.
En lo alto de la montaña
Peña del Hombre es un típico asentamiento castreño, defendido por una muralla que protegía todo su perímetro. Hoy se aprecian claramente los derrumbes de esa defensa artificial a lo largo de al menos 200 metros. Cuando estuvo en pie, la construcción debió de resultar imponente: unos tres metros y medio de ancho y probablemente tres metros de altura, según el volumen de piedra acumulada.
El sistema defensivo se completaba con un foso excavado en la roca y una torre interior, situada en la zona más elevada del castro. De esta estructura se reconocen las acumulaciones de piedra en un diámetro de unos veinte metros, testimonio del derrumbe de lo que fue un punto estratégico de vigilancia.
Su ubicación resulta llamativa. A casi 1.500 metros de altitud, el enclave se encuentra en una cota inusual para los castros conocidos. ¿Por qué elegir un lugar tan abrupto y alejado de las zonas agrícolas habituales? A las dificultades geográficas se suma el enorme esfuerzo colectivo que debió de suponer levantar una muralla de tales dimensiones y excavar el foso en la roca viva.
Las excavaciones han sacado a la luz veinte habitaciones integradas en siete casas, en un estado de conservación excelente. En algunos muros se preserva más de metro y medio de altura. Las viviendas se apiñan unas junto a otras, alineadas con la muralla y organizadas en torno a dos calles, lo que revela un aprovechamiento extremo del espacio y una ocupación intensa pese al reducido tamaño del asentamiento.
Una de las calles, paralela a la muralla, presenta una fuerte pendiente y parece haber contado con un sistema de canalización para evacuar el agua de escorrentía. Las casas, de tendencia cuadrada, se estructuraban en varias estancias. Desde la calle se accedía a un patio y de ahí a la cocina, donde se distingue un hogar central de tierra apisonada y lajas horizontales. Junto al fuego, pequeños muretes actuaban como cortavientos.
En las paredes se documentan lajas hincadas que pudieron funcionar como vasares para colocar vasijas o alimentos, e incluso como soporte de bancos para sentarse alrededor del fuego durante el día y dormir por la noche. En el interior han aparecido vasijas hechas a mano, prendedores de ropa, cuentas de collar, cuchillos afalcatados, una punta de lanza y el extremo de un arado.
Los materiales arqueológicos sitúan la ocupación del castro en época prerromana. Una datación absoluta fija el inicio del poblamiento hacia el año 170 a. C..
Un abandono sin violencia
Para el final de la ocupación, los arqueólogos no han hallado materiales de época romana ni niveles de destrucción asociados a un episodio bélico. Todo apunta a un abandono progresivo en el siglo I d. C., vinculado a la reorganización socioeconómica del territorio impuesta por Roma, más que a una conquista violenta o a un incendio fortuito. En este contexto, la cercanía de Peña del Hombre a Las Médulas adquiere especial relevancia.
La monumental explotación aurífera romana transformó por completo el paisaje y la economía del Bierzo. Si el castro nació en un mundo indígena que aprovechaba pastos, bosques y recursos minerales, la llegada de Roma supuso una nueva lógica territorial basada en grandes infraestructuras y una explotación intensiva del oro.
Un hallazgo clave para conocer la vida cotidiana del castro fue un basurero localizado en una de las calles. Los restos de fauna recuperados corresponden en su mayoría a vacas y ovicápridos, y en menor proporción a cerdos. Los análisis polínicos indican que el paisaje estaba formado por bosques de robles y pinos, junto a explotaciones agrícolas y pastizales.
Los investigadores concluyen que el castro se fundó para aprovechar los pastos y brañas del valle de Ferradillo, rico en fuentes, sin desdeñar los abundantes recursos minerales del entorno: hierro, plata, cobre y oro. Es decir, antes de la gran minería romana de Las Médulas, estas montañas ya eran un territorio de interés estratégico.
Un paisaje con dos tiempos
Hoy, recorrer Peña del Hombre es asomarse a un Bierzo anterior a Roma, a comunidades que levantaron murallas ciclópeas en lo alto de la montaña y organizaron su vida en torno al fuego, el ganado y los recursos del bosque. A pocos kilómetros, Las Médulas recuerdan el impacto de un imperio capaz de desmontar montañas enteras en busca de oro.
Entre ambos enclaves se dibuja una historia continua: la de un territorio rico, codiciado y profundamente transformado. Priaranza conserva en Peña del Hombre una pieza esencial para comprender ese tránsito entre el mundo prerromano y la nueva realidad que Roma impuso en el noroeste peninsular.