Paolo Rumiz y el hilo invisible que todavía une Europa

12/10/2026
 Actualizado a 12/10/2026
Portada de El hilo infinito.
Portada de El hilo infinito.

En El hilo infinito, Paolo Rumiz emprende un viaje físico y espiritual por las raíces de Europa siguiendo un hilo tan invisible como poderoso: el que une los antiguos monasterios benedictinos. Un hilo que sobrevive a las distancias y a los muros y que, como sugiere el propio autor, puede contener un infinito incluso en una simple brizna de hierba.

Escritor y viajero nacido en Trieste, Rumiz recorre Europa en busca de sus raíces cristianas y culturales. El viaje lo lleva desde Italia hasta Francia, Bélgica, Suiza, Alemania, Austria, Hungría, Polonia, Irlanda, España —con especial atención a Cataluña y Montserrat— y «el Portugal oceánico, un lugar perfecto para los escritores». Pero el itinerario no es únicamente geográfico. Es también una navegación interior que transforma la mirada del viajero. El laico que partió, reconoce Rumiz, se siente a su regreso «un poco más cristiano y, sobre todo, más europeo que antes».

Su propósito es comprender Europa desde sus márgenes. Para ello hay que alejarse de los centros de poder, de las grandes capitales y de los caminos trillados. «Es mejor olvidar las guías turísticas al caminar por estas tierras. Salir de los caminos trillados, seguir a las golondrinas que viven en las periferias», escribe. Algo parecido ocurre con el cristianismo: para comprender su mensaje, sostiene, es necesario alejarse de Roma y mirar hacia sus fronteras.

El libro, traducido por la filóloga berciana Álida Ares y publicado por Anagrama en 2026, se articula en dos partes, precedidas por un prólogo cuyo título, Un hilo verdaderamente infinito, anticipa ya una de las ideas centrales de la obra: la continuidad de una Europa unida por sus raíces culturales y espirituales.

No es la primera vez que Álida Ares se adentra en la obra de Paolo Rumiz. La traductora ha vertido también al castellano El membrillo de Estambul, publicado por Sexto Piso en 2019, y Canto por Europa, editado por Lapislàtzuli en 2024. Dos trabajos que consolidan su vínculo con la obra de este escritor y periodista italiano, cuya mirada viajera recorre las fronteras, la memoria y las raíces de una Europa en permanente búsqueda de sí misma.

En El hilo infinito, Rumiz imagina «un ovillo que nunca acabaría de devanarse» y deja abierta una nueva vía de investigación: la de las abadías femeninas. «¿Qué es la vida sino un largo hilo de lana que atraviesa mares, ríos, mares y fronteras?», se pregunta el autor, para quien el cristianismo contribuyó también a conquistar Europa a través de elementos tan cotidianos como el vino y la cerveza.

Los monasterios benedictinos ocupan el centro simbólico del viaje. Para Rumiz son mucho más que vestigios de un pasado remoto: constituyen algunos de los grandes refugios de la civilización europea. En medio de las sucesivas oleadas de barbarie que siguieron a la caída del Imperio romano, entre sus muros se conservaron el conocimiento, la cultura, la palabra escrita y una determinada concepción del ser humano. Allí sobrevivió una memoria común que permitió a Europa reconstruirse una y otra vez.

Los monasterios aparecen, de este modo, como espacios de silencio, conocimiento y encuentro. En ellos permanece la memoria de un continente que, mucho antes de levantar sus actuales fronteras políticas, ya estaba unido por caminos, lenguas, libros, ideas, tradiciones y formas de espiritualidad compartidas.

Rumiz sigue ese hilo para reconstruir una Europa que, a su juicio, parece haberse olvidado de sí misma; una Europa que ha perdido buena parte de su dimensión trascendente y corre el riesgo de olvidar aquello que durante siglos contribuyó a darle sentido. Pero el viaje hacia el pasado pronto se convierte en una mirada crítica sobre el presente.

Rumiz contempla una Europa amenazada por nuevas formas de barbarie: «la barbarie galopa a través de la web», advierte, mientras las historias de personas honestas pueden ser ridiculizadas u oscurecidas por los medios y las nuevas ideas quedar aplastadas por la mediocridad. La ignorancia convive con el rencor y la impaciencia, y la sociedad aparece cada vez más atomizada. En este contexto, resulta inevitable evocar la «rebelión de las masas» de Ortega y Gasset.

El miedo ocupa también un lugar central en esta reflexión. El antropólogo Marvin Harris lo entendía como uno de los grandes instrumentos de la antropología para someter a las poblaciones; Rumiz, por su parte, observa cómo ese miedo se infiltra lentamente en la vida colectiva, alimenta la desconfianza, levanta muros y transforma al otro en una amenaza.

Europa parece así atravesada por una nueva «selva primigenia», una imagen que devuelve al lector a los orígenes del mundo benedictino: aquellos siglos oscuros en los que, tras el derrumbe del Imperio, hubo que enfrentarse a la barbarie y reconstruir, casi desde las ruinas, una idea de civilización.

Italia se convierte en uno de los escenarios más inquietantes de esta metamorfosis. «Se está convirtiendo en Sudamérica», afirma Rumiz al contemplar, con una mirada crítica y desencantada, el deterioro del Estado de derecho y la degradación de la política. Pero lo que está en juego va mucho más allá de las instituciones. Es una crisis más honda: una pérdida de referencias, de valores y de horizonte.

También la economía parece haber olvidado su razón de ser: servir a la vida, procurar el bienestar y, en último término, hacer posible una existencia más digna y feliz. Por eso, el viaje de Rumiz hacia el pasado es, en realidad, una interrogación sobre nuestro presente.

La globalización perversa, los populismos, las alambradas, las migraciones, los nacionalismos étnicos, las guerras, la balcanización, la xenofobia, los aranceles de Trump, las heridas del Brexit y del conflicto catalán, así como el regreso de viejos fantasmas como el nazismo, forman parte de un paisaje europeo cada vez más fragmentado. Frente a estos fenómenos, el autor contrapone la historia de una Europa que, durante siglos, fue capaz de crear vínculos entre pueblos diferentes.

Sin embargo, Rumiz no se limita a denunciar la decadencia. Busca una respuesta, y la encuentra precisamente en los monasterios: en sus bibliotecas, sus jardines, sus comunidades y en la memoria de quienes dedicaron su existencia a conservar y transmitir un legado. En esos lugares descubre una posible respuesta a la pregunta fundamental que recorre el libro: ¿qué puede mantener unido a un continente que parece haber olvidado por qué decidió caminar unido?

En este sentido, El hilo infinito es mucho más que un libro de viajes. Es una búsqueda de la identidad europea y de aquello que puede unir a pueblos diferentes sin borrar sus particularidades. Rumiz recorre los monasterios para escuchar el eco de un continente antiguo y preguntarse qué queda de aquella Europa capaz de construir puentes entre culturas, proteger el conocimiento y convertir la cultura en una forma de resistencia frente a la barbarie.

El hilo que atraviesa sus páginas se convierte así en una metáfora de una Europa frágil, pero resistente, «nuestra diosa madre fenicia»: una Europa compuesta por innumerables hebras que solo adquieren verdadero sentido cuando permanecen unidas. Quizá ese sea el mensaje último del viaje de Rumiz: Europa no se salva levantando nuevas fronteras, sino recuperando los hilos invisibles que durante siglos tejieron su memoria.

«¿Qué han hecho los monjes de Benito sino crear reductos de oración y trabajo en los espacios más baldíos de Europa para tejer luego entre ellos una sólida red de hilos?», se pregunta el autor de El hilo infinito. La imagen resume buena parte de su propuesta: frente a una Europa que se repliega sobre sí misma, los monasterios representan una tradición de apertura, intercambio y transmisión. No son únicamente lugares de recogimiento, sino también nodos de una red que durante siglos conectó territorios, conocimientos y comunidades.

De ahí nace también su crítica al turismo contemporáneo, que, a su juicio, ha terminado por banalizar los lugares y las experiencias. Frente al turista que consume destinos, reivindica al viajero para quien lo esencial no es la meta, sino el camino. Viajar significa mirar con asombro, escuchar, dejarse transformar y recuperar la capacidad de sentir. En esta actitud resuena la aspiración de Pessoa a «sentirlo todo de todas las maneras». Según Rumiz, el mundo moderno ha hecho cada vez más difícil escuchar la Palabra.

Dentro de este itinerario por España, adquieren un significado especial Montserrat, como inspiración para la obra de Gaudí, y el Valle del Silencio, en El Bierzo, junto con la iglesia mozárabe de Santiago de Peñalba. Son lugares periféricos, cargados de memoria, precisamente el tipo de espacios en los que Rumiz encuentra esa Europa profunda que no aparece en los grandes discursos, pero que continúa viva en sus paisajes, sus piedras y sus comunidades.

Así, el viaje termina convirtiéndose en una invitación a recuperar una Europa menos ruidosa y más consciente de su memoria. Una Europa capaz de reconocer que su riqueza no reside en la uniformidad, sino en la convivencia de innumerables hebras culturales, espirituales e históricas.

El hilo infinito es, en definitiva, la metáfora de una civilización que solo podrá sobrevivir si vuelve a recordar que, por encima de las fronteras, siempre ha existido algo que une a quienes la habitan. Y ese vínculo, como el hilo que Rumiz persigue de monasterio en monasterio, quizá no sea visible a primera vista, pero sigue ahí: entre las piedras, los libros, los caminos, las comunidades y la memoria compartida de Europa.

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