Nos citamos en un pueblo que podría estar en León, en Asturias, en Galicia o en cualquier comarca española donde las casas vacías conservan el olor de quienes se fueron. Prefiero dejarlo sin bautizar, como esos lugares que uno descubre y que parecen guardar algo pendiente de contar.
Llegué primero. La plaza estaba vacía, salvo por una mesa, cuatro sillas y un nogal. David Uclés apareció con un cuaderno. Oliver Laxe llegó después, mirando más los montes que las casas. Rodrigo Cuevas fue el último y trajo esa energía capaz de convertir cualquier silencio en una fiesta posible.
Nos sentamos sin programa. No había moderador ni ponencias. Solo vino, pan, queso y la pregunta que había provocado aquella reunión: ¿puede nacer un nuevo rural sin disfrazar el viejo?
A nuestro alrededor, el pueblo parecía escuchar también, con las ventanas cerradas y esa quietud que tienen los lugares olvidados. Uclés fue el primero en hablar. Dijo que antes de construir nada había que preguntar quién había vivido allí. Señaló una casa cerrada, con la pintura caída y una cortina detrás de un cristal roto. No preguntó cuánto costaría rehabilitarla, ni qué uso turístico podría tener. Preguntó por los nombres.
La conversación empezó entonces a llenarse de ausentes. No con tristeza, sino por necesidad. Hablamos de familias, de guerras, de emigraciones, de cartas guardadas en cajones, de fotografías donde nadie recuerda ya quién es quién. Uclés insistía en que una casa abandonada no está vacía mientras conserve memoria. Aquello me pareció la primera piedra de cualquier renacimiento rural, que podría formular como devolver nombre a lo que las estadísticas han convertido en porcentaje.
Durante décadas hemos hablado de despoblación con mapas, cifras y manchas de colores. Todo eso es necesario, pero insuficiente. Un territorio comienza a desaparecer antes de quedar sin habitantes. Desaparece cuando nadie recuerda quién horneaba el pan, quién arreglaba las campanas, quién sabía encontrar agua o qué canción se cantaba después de la siega.
Laxe permanecía callado. Miraba hacia una ladera quemada. Cuando intervino, lo hizo para corregirnos. Dijo que hablábamos demasiado de las personas y demasiado poco del lugar. Entonces el monte entró en la conversación. Nos recordó que el paisaje no es un fondo sobre el que proyectamos nuestros deseos. Tiene límites, memoria, ritmos y nombres. Volver al campo, dijo, no puede consistir en repetir allí los hábitos de la ciudad. No bastan las casas rehabilitadas con piedra vista, los alojamientos rurales, las placas solares o los festivales si el territorio termina convertido en un producto más. ¡Era una idea incómoda! Precisamente por eso resultaba fértil.
El nuevo rural, si de verdad quiere ser nuevo, no puede ser una colonización elegante del viejo. No debería llenarse de urbanitas que llegan buscando silencio y se enfadan cuando suenan las campanas o pasa un tractor. Tampoco puede reducir el paisaje a una fotografía bonita para las redes sociales. Habitar supone aceptar que el lugar también impone condiciones. Laxe habló de lentitud. De observar antes de intervenir. De aprender a permanecer quietos el tiempo suficiente para comprender lo que tenemos delante. Mientras lo decía pensé en cuántos proyectos públicos se diseñan desde despachos donde todo debe convertirse de inmediato en objetivo, presupuesto, indicador y resultado. ¡Me acordé del Bierzo!
Cuevas se rió. Dijo que todo aquello estaba muy bien, pero que si no había gente encontrándose, acabaríamos escribiendo un magnífico epitafio. Y entonces apareció la fiesta. Rodrigo habló de canciones, bailes, romerías, palabras antiguas y cuerpos que vuelven a ocupar una plaza. No para representar un folclore congelado, sino para transformarlo. Su idea era sencilla y os es tan sencillo como que una tradición que no cambia está muerta.
Cuevas nos recordó que durante demasiado tiempo buena parte de la cultura rural fue tratada con condescendencia. Había que conservarla, sí, pero como se conserva una pieza en un museo. Él proponía lo contrario: tocarla, mezclarla, discutir con ella, ponerle electrónica si hacía falta y devolverla a los jóvenes sin pedirles que se disfracen de sus abuelos.
En aquel momento la conversación encontró una forma. Uclés hablaba de memoria. Laxe, de territorio. Cuevas, de comunidad. Tres palabras que hasta entonces habían avanzado separadas comenzaron a encajar como piezas de una misma arquitectura.
Pensamos entonces en una escuela cerrada. Uclés propuso convertir una de sus aulas en archivo oral del pueblo. Laxe imaginó otra como lugar desde el que aprender el monte, el agua, el fuego y los ciclos del territorio. Cuevas quería abrir el patio para conciertos, bailes, talleres y fiestas. Yo los escuchaba y comprendí que aquella escuela abandonada podía contener una definición completa del nuevo rural.
No se trataba de reconstruir el pueblo de 1950. Nadie quería regresar a una sociedad marcada también por la pobreza, la desigualdad, el aislamiento y la falta de oportunidades. Idealizar aquel pasado sería tan falso como despreciarlo. La cuestión era otra y se resume en una pregunta socrática: ¿qué puede nacer ahora?
Hablamos de teletrabajadores y agricultores, de comunidades energéticas, pequeñas industrias, archivos de memoria, creación contemporánea, huertas compartidas, servicios públicos, cuidados, vivienda accesible y nuevos pobladores. Pero también hablamos de quienes nunca se marcharon. Porque cualquier discurso sobre el regreso resulta ofensivo si olvida a quienes sostuvieron esos pueblos cuando nadie quería mirarlos. Ahí surgió otra de las sinergias de aquella reunión imaginaria. El nuevo rural no podía levantarse contra la ciudad ni contra el pasado. Tendría que ser mestizo. Una alianza entre quienes saben cómo era el lugar y quienes llegan imaginando lo que podría llegar a ser.
La tarde fue cayendo sobre la plaza y deduje de sus palabras que un pueblo puede empezar a cambiar cuando alguien vuelve a preguntar un nombre, cuando una casa se abre antes de convertirse en alojamiento turístico, cuando una canción antigua encuentra un ritmo nuevo o cuando alguien limpia una fuente sin esperar una subvención ni una fotografía.
El campo siempre supo algo que quizá hemos olvidado, y que no se puede expresar como que permanecer no significa quedarse quieto. Significa volver. Volver a sembrar, reparar, limpiar, cuidar, reunirse. Repetir durante años pequeñas tareas que nunca parecen heroicas y que, sin embargo, sostienen el mundo.
Antes de marcharnos dimos un último paseo. Uclés se detuvo frente a una casa y apuntó algo en su cuaderno. Laxe miró durante unos minutos hacia el infinito paisaje. Cuevas probó la acústica de la antigua escuela con una canción que no terminé de reconocer. Ninguno había traído una solución. Eso fue lo mejor de la reunión. Nos llevábamos una idea algo más útil. La idea de que es posible una alianza entre memoria, territorio y comunidad. Tres maneras de mirar un mismo lugar sin convertirlo ni en ruina ni en postal.
Cuando abandoné el pueblo, las casas seguían vencidas y las zarzas continuaban avanzando. Nada había cambiado de manera visible. Pero sobre la mesa de la antigua escuela había quedado un cuaderno con nombres, en el patio todavía resonaba una canción y alguien había dicho que volvería al día siguiente para limpiar la fuente. No era una resurrección. Era algo más modesto y, quizá por eso, más verdadero. El nacimiento quizá del germen de otro rural.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.