En Ponferrada sucede algo más preocupante que una mala racha de gestión: sucede la ausencia. La sensación creciente de que, ante los problemas estructurales y cotidianos que erosionan la vida urbana y rural del municipio, el alcalde Marco Morala ha optado por la estrategia más cómoda: no estar.
No estar en la calle cuando los autobuses circulan con los paneles informativos apagados, privando a usuarios, mayores, estudiantes, trabajadores, de un servicio básico de información en tiempo real. No estar cuando los términos de contratación del servicio se perciben opacos, sin pedagogía pública ni transparencia proactiva. La movilidad urbana no es un asunto menor; es un vector de cohesión social y competitividad económica. Sin embargo, aquí se gestiona como si fuera un trámite administrativo sin impacto ciudadano.
No estar tampoco cuando los fines de semana se convierten en una sucesión de reyertas con heridos, accidentes de tráfico y atropellos, algunos de ellos con víctimas de edad avanzada. La seguridad ciudadana no puede reducirse a estadísticas frías en una rueda de prensa. Requiere coordinación policial, planificación preventiva y presencia institucional. Requiere liderazgo visible. Y eso es precisamente lo que escasea.
Mientras tanto, edificios en estado ruinoso amenazan con venirse abajo sin que se aprecie una política decidida de inspección, sanción o rehabilitación. El deterioro del parque inmobiliario no es solo una cuestión estética: es un riesgo físico y una señal inequívoca de abandono urbano. El Partido Popular y sus socios bercianistas, que sostienen el gobierno municipal, parecen cómodos instalados en la inercia. Pero la inercia, en política local, es sinónimo de decadencia.
La situación se agrava con las lluvias persistentes, que evidencian la fragilidad de infraestructuras y accesos. En Toral de Merayo los cortes intermitentes desesperan a los vecinos. En el Valle del Oza, con la joya patrimonial de Peñalba de Santiago, se vive con carencias impropias del siglo XXI. No hablamos de enclaves marginales, sino de núcleos que forman parte del término municipal y cuya conservación debería ser estratégica, tanto por dignidad vecinal como por potencial turístico.
Y en el centro urbano, el entorno del Mercado de Abastos de Ponferrada ve cómo los cierres comerciales se multiplican. El comercio de proximidad agoniza mientras el Ayuntamiento parece más preocupado por la narrativa que por el plan de choque. Sin dinamización, sin incentivos claros, sin una hoja de ruta compartida con el sector, la persiana bajada se convierte en el símbolo de una ciudad que pierde pulso.
Para el señor Morala, sin embargo, “todo va perfecto”. Quizá porque siempre queda la foto institucional junto al presidente autonómico, Alfonso Fernández Mañueco, dispuesto a ejercer de salvavidas político cuando arrecian las críticas. Pero gobernar no es esperar a que “papá” venga a resolver lo que compete al ámbito municipal. Gobernar es anticiparse, dar la cara, asumir costes y explicar decisiones.
Ponferrada no necesita un alcalde decimonónico atrincherado en su despacho. Necesita un gestor que pise calle, que escuche, que priorice y que rinda cuentas. La política municipal es proximidad o no es nada. Y hoy, en demasiados barrios y pedanías del municipio, lo que se percibe no es proximidad, sino silencio.
Mabel Fernández es concejala en Ponferrada y candidata a procuradora en Cortes por el PSOE