Desde la pista que une San Cristóbal de Valdueza con Peñalba de Santiago, la mirada cae sobre Manzanedo. El pueblo aparece abajo, recogido en una pequeña hoya, con sus casas agrupadas unas junto a otras y apenas una docena de habitantes empadronados. Es un lugar pequeño frente a una montaña enorme, que se ha crecido tras la tragedia.
Y desde allí arriba, desde donde se ven los coches aparcados en el pequeño pueblo rodeado de naturaleza, se entiende también el camino que siguió el agua el pasado 15 de agosto. No hace falta imaginarlo. Las huellas permanecen sobre la montaña, aún como heridas abiertas.
Son varias lenguas de estériles las que atraviesan ahora el camino, sin que se haya puesto barreras a su posible reactivación. Son grandes piedras, tierra y material desprendido que la tormenta consiguió mover pendiente abajo como si fueran hojas de papel, pese a su pesado volumen. Con ellas, que dibujan un camino de obstáculos para poder continuar la marcha, se ve tatuado el recorrido que hizo el agua, arrastrando a su paso todo aquello que encontró en la ladera. El resultado es una especie de mapa natural de aquella tarde. La montaña todavía señala hacia dónde bajó la riada.
Abajo está Manzanedo. Allí, aquella tromba de agua y materiales acabó entrando en una bodega y provocó la muerte de María Concepción Garrido Álvarez y María Begoña Pérez Álvarez, las dos de 62 años. La avenida dejó además varios heridos y obligó a movilizar a los servicios de emergencia. El Ayuntamiento de Ponferrada describió el episodio como una avenida incontrolada de agua, lodo y piedras que provocó graves daños en Manzanedo y Bouzas.
Ahora, varias semanas después, el paisaje sigue contando aquella historia. Una montaña que se vino abajo porque los incendios dejaron su suelo vulnerable, sin barreras que lo sujetaran, al albor de la pendiente.
Lo que desde abajo pudo parecer una riada repentina, desde la pista se ve como un barrido de material que parecía estar esperando una oportunidad de caída.
Más de 200 toneladas de piedras, barro y tierra descendieron desde la ladera hasta alcanzar Manzanedo, según las primeras estimaciones realizadas tras la tragedia. La propia pendiente ayuda a comprender la velocidad que pudo alcanzar aquella masa al encontrar el agua el camino libre hacia el valle.
La carretera de Peñalba permanece afectada por estos desprendimientos y el acceso ha tenido que ser cerrado. Carracedo de Compludo o Bouzas se suman al padecimiento. Pero Peñalba sabe que el problema ni es nuevo ni va a dejar de repetirse. Cada lluvia es un cruzado de dedos para el rincón aquiliano nombrado uno de los Pueblos más bonito de España.
La carretera de Peñalba lleva años sufriendo desprendimientos después de episodios de lluvia, hasta el punto de que los vecinos han reclamado en diferentes ocasiones una solución para evitar los cortes recurrentes. Unos días antes de la tormenta mortal, la Diputación de León había instalado tres estructuras de protección en diferentes alturas para tratar de contener la caída de estériles hacia el vial. El proyecto contaba con un presupuesto de 830.000 euros y buscaba precisamente reducir los cortes de la carretera. La tormenta terminó poniendo a prueba esas medidas. Las barreras no pudieron con lo que se les venía encima y la inversión fue fallida.
Desde la pista se observa cómo el material ha continuado descendiendo. El agua encontró sus propios caminos entre las piedras y la tierra y volvió a dejar señales de su recorrido. Hay puntos en los que el camino prácticamente desaparece bajo las rocas. Para quien lo recorre ahora a pie, avanzar supone buscar por dónde pasar entre los restos del arrastre.
Y abajo, entre la vegetación, vuelven a aparecer los tejados de Manzanedo. La imagen tiene algo inquietante. Una veintena de casas apiñadas en una pequeña depresión y, justo por encima, la montaña que aquella tarde se convirtió en una enorme pendiente de descenso.
Los vecinos explicaron después de la tragedia que nunca habían visto bajar por aquella reguera una cantidad de agua y materiales semejante. La tromba convirtió el cauce en una corriente infernal capaz de arrastrar piedras y barro hasta el corazón del pueblo.
La dimensión del episodio se entiende todavía mejor cuando se recuerda el tamaño de Manzanedo. El padrón municipal sitúa actualmente su población en apenas 12 personas. Doce vecinos en un núcleo que aquella tarde se convirtió, de forma inesperada, en el punto más trágico de una tormenta que afectó a todo el valle del Oza.
El fuego como causa
La tragedia abrió además un debate que sigue sin cerrarse: hasta qué punto la situación de la montaña después de los grandes incendios pudo favorecer los arrastres.
Los vecinos han relacionado la pérdida de vegetación con la facilidad con la que el agua consiguió movilizar materiales. La zona había sufrido el impacto de los incendios del verano anterior y distintas voces han reclamado actuaciones de prevención y recuperación de las superficies quemadas. Desde la pista se ve claro cómo los árboles paran los estériles. En la pendiente, los que han podido agarrarse al suelo han funcionado como tapones. Donde no los hay, las piedras siguieron curso hasta parar trágicamente en el pequeño pueblo.
Las autoridades, sin embargo, han pedido prudencia a la hora de establecer una relación directa entre ambos fenómenos hasta disponer de los informes técnicos. El alcalde de Ponferrada, Marco Morala, ha señalado que los servicios municipales descartaron inicialmente un riesgo inmediato de repetición de daños de similares características, aunque esa idea ha ido cambiando con los días.
La montaña, mientras tanto, no entiende de debates administrativos. Cuando llueve, el agua busca el camino más fácil. Y en esta ladera el camino que encontró fue el mismo que tantas veces había seguido antes, solo que esta vez lo hizo llevando consigo toneladas de piedra, tierra y barro. Desde arriba, las marcas siguen ahí. Y abajo, Manzanedo sigue siendo el pequeño pueblo de doce habitantes que aquel 15 de agosto quedó para siempre ligado a una tormenta que se llevó dos vidas.
La montaña conserva las cicatrices abiertas, y no se sabe si podrán supurar con un nuevo ramalazo del destino meteorológico. Porque no hay retenciones artificiales efectuadas de urgencia ni sistemas que puedan evitar que Manzanedo no vuelva a ser víctima de una nueva avalancha.


Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.