La plantilla de la imponente bodega ‘Cepas del Bierzo’ se incrementaba después de la fiesta de la vendimia. Mangueras, prensas, tinos, básculas… puestas a punto. «¡Adelante! Que pasen las perlas de godello y mencía» ─dijo el enólogo─.
Todavía se distinguían bastantes siluetas de mulas, percherones y yuntas de bueyes, en medio de la extensa cola para entregar la recolección del día; aunque la mayoría de los cosecheros acarreaban el producto en tractores con remolques basculantes.
Según las normas del formidable lagar, primero se tenía que colocar la mercancía sobre la oscilante plancha de acero de la gigantesca balanza, justo debajo de una escandalosa espada helicoidal rotatoria, que ‘pinchaba’ varias veces en el cúmulo de fruta: delante, detrás y en el medio. Finalizada la extracción, Paco y Alberto se turnaban para cantar en voz alta los dígitos resultantes. "Qué tiempos aquellos, eh Simón, en los que había que subirse al carro o al camión, llenar el cubo con las uvas, bajarlo, estrujar la muestra a manivela, y luego ‘pesar’ el mosto con la probeta y el densímetro", decía el señor Juan, socio fundador de esta entidad vitivinícola─.
Al mismo tiempo, desde el interior de la caseta acristalada, el esmerado ‘basculero’ equilibraba el fiel de la romana descomunal y después apretaba las manillas con ganas, para troquelar el bruto en el tique largo y estrecho de papel y cartón.
Anotado el número de socio, grado, peso y fecha, tocaba hacer maniobras para volcar el jugoso cargamento encima de los insaciables sinfines de las tolvas. Las sufridas y abultadas lonas, como en un parto descomunal, soltaban un espectacular torrente de zumo. Paulino, el bodeguero incansable, comprobaba que todo el personal contratado, para la presente campaña, hiciera bien su trabajo. Vicente y Herminio, en las oficinas, atendían diligentes cualquier incidencia. Chus, Santi y otros avispados chavales del barrio, se ganaban buenas propinas con los recados que hacían en medio de aquel alegre jaleo de gente, cestos, botas, engazos, cepillos… esperando bajo el sol a que les tocara la vez. El bullicio era tan colosal como la cantidad de racimos que iban entrando en máquinas.
Por último, antes de salir de la Cooperativa, había que ‘destarar’, o sea, volver a pesar el descargado vehículo, hacer la resta correspondiente y apuntar el neto. "Listo" ─dijo Santiago, campeón de los trasportistas─ "a por otro viaje".
Gregorio Esteban Lobato. Maestro jubilado y escritor