La historia de Serapio Ruiz es la de un hombre que intentó cruzar más de treinta veces la frontera entre México y Estados Unidos persiguiendo el sueño americano y que acabó convirtiéndose en uno de los injertadores de vides más prestigiosos del mundo. Después de conocer el éxito en California, regresó a su tierra, junto al lago Chapala, para compartir sus conocimientos y contribuir al desarrollo de una comunidad que hasta entonces apenas encontraba oportunidades de futuro. Su extraordinaria trayectoria protagoniza ‘Wildland’, un cortometraje documental dirigido por Roberto Lozano Bruna y producido por Helio Estévez Mauriz que, en un momento en el que la inmigración vuelve a ocupar el centro del debate político internacional, pretende recordar que detrás de cada persona que cruza una frontera hay una historia de sacrificio, esperanza y superación. Para Estévez Mauriz, nacido en México, hijo de emigrantes bercianos y nieto de un exiliado, el proyecto tiene además una dimensión profundamente personal: la de quien ha crecido entre dos tierras y sabe que la emigración deja heridas que pueden permanecer abiertas durante generaciones.
‘Wildland’ se estrenó este lunes 26 de octubre, a las 19:00 horas, en la sala 5 de los Cines Broadway de Valladolid, dentro de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci). La proyección forma parte de la presentación de Quercus, el catálogo impulsado por la Junta de Castilla y León que reúne una selección de cortometrajes, y contará con la presencia del propio Serapio Ruiz, protagonista de la película. Una cita especialmente emotiva para su productor, no solo por su estrecha vinculación con El Bierzo, sino también porque parte del documental se rodó en tierras bercianas y en la Ribera del Duero.
– Usted nació y vive en México, pero es hijo de emigrantes y nieto de un exiliado, con toda su familia procedente del Bierzo. ¿Cómo ha marcado esa historia familiar su manera de entender la emigración?
– Tuve desde niño un contacto muy estrecho con los hijos y nietos de los amigos de mis padres, muchos de ellos emigrantes o exiliados. Y la sensación de vivir en un país que era el nuestro, pero que no era el de ellos, el de nuestros padres y abuelos, siempre estuvo ahí. Era algo que me llevaba a hacerme muchas preguntas.
– ¿Qué recuerdos, relatos o costumbres bercianas estuvieron presentes en su infancia y le permitieron sentirse unido a una tierra en la que no había nacido?
– Te podría contar muchísimas cosas, a través de canciones, anécdotas, historias, llamadas telefónicas o fotografías, pero quizás una sola sea suficiente. En Navidad, la cena más importante del año, mi madre nos cocinaba en México botillo y cocido con garbanzos, lacón y chorizos que traíamos todos los veranos de Valtuille y Cacabelos. Eran nuestro tesoro más preciado.
"El Bierzo no solo es el lugar de donde venimos, sino aquel al que siempre queremos regresar"
– Se define como un romántico enamorado del Bierzo. ¿Qué representa para usted esta comarca y qué siente cada vez que regresa?
– Dicen que al lugar donde fuiste feliz siempre debes tratar de volver. Era tanta la felicidad de mis padres cuando regresaban a casa, cuando veían de nuevo a nuestras abuelas, a sus hermanas, a mis primos, a sus amigos, cuando caminaban otra vez por las calles de sus pueblos, que esa misma felicidad nos embargaba a mí y a mis hermanos. Nunca nos sentimos extranjeros en El Bierzo, todo lo contrario. Aquí teníamos una gran familia que en México no estaba presente. Así que El Bierzo no solo es el lugar de donde venimos, sino aquel al que siempre queremos regresar. Quizás lo tenemos un poco romantizado, pero dicen que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Yo vi llorar mucho a mis padres añorando su tierra, así que procuro disfrutarla con mis hermanos, mi esposa y mis hijos todo el tiempo que ellos no pudieron.
– ¿Cómo conoció la historia de Serapio Ruiz y qué encontró en ella para decidir que merecía convertirse en un documental?
– A Serapio lo conocí en un lugar maravilloso cerca de mi ciudad, Guadalajara, que es el lago de Chapala. Nosotros tenemos una casa allí donde pasamos fines de semana y vacaciones, y tenemos muchos amigos en común que sabían de mi pasión por el vino y de las profundas raíces de mi familia en la viticultura. Cuando me lo presentaron no lo podía creer. Serapio era uno de los injertadores de vid más prestigiosos del mundo, quizás el mejor de todos, y él, con su modestia y humildad, no le daba la más mínima importancia. Había visto cómo las viñas y el vino habían traído prosperidad a la gente de Napa, en California, y quería lo mismo para su pueblo, que es uno de los más pobres de Jalisco Injerto tras injerto, experimento tras experimento, Serapio Ruiz es un soñador que ha dedicado los últimos veinte años de su vida a buscar la manera de hacer viable la viticultura en la ribera del lago de Chapala, compartiendo sus conocimientos con cualquiera que le pregunte. Hoy hay más de diez proyectos vitivinícolas que generan empleo, riqueza y enoturismo gracias a su generosidad. Pero lo más impresionante de Serapio son sus ojos. Tiene una mirada difícil de describir, la de un hombre que lo ha visto todo y lo sabe casi todo. Unos ojos mágicos. En plena persecución y estigmatización del migrante mexicano en la era Trump, creía que había encontrado un personaje inmejorable para narrar una buena historia que los dignificara a través de algo tan universal como el vino. Pero todavía no sabía cómo podríamos contarla. Se lo presenté a Roberto Lozano durante un viaje a Guadalajara en el que presentó ‘La maleta de Helios’, el documental de Javier Angulo que produjimos juntos y que trata del exilio y la emigración, en este caso de mi abuelo y de mi padre. Después habíamos producido juntos ‘All the Souls’, una durísima historia sobre los más de 30.000 menores nepalíes que son forzados a dejar su país cada año, víctimas de la trata. Roberto atravesaba un momento difícil. Habían asesinado a su mejor amigo, Roberto Fraile, mientras rodaba un documental en Burkina Faso. Necesitaba un proyecto que le devolviera la ilusión por rodar y contar historias. Me atrevo a decir que los ojos de Serapio hicieron su magia con él. A los treinta días me llamó por teléfono y me dijo: «Ya tengo la idea». Y empezamos a imaginar juntos cómo podría ser ‘Wildland’.
– Serapio intentó cruzar más de treinta veces la frontera entre México y Estados Unidos. ¿Qué le impresionó más al escuchar de su propia boca todo lo que había vivido?
– Hay algo que no aparece en la película. Serapio trabajaba lavando platos en un restaurante de Tijuana para poder comer y volver a intentar cruzar esa misma noche la frontera, donde invariablemente lo deportaban. El dueño del restaurante parecía tener conexiones con el mundo del hampa y le decía todos los días: «No te vayas para el otro lado, quédate a trabajar conmigo y yo te pago bien». Serapio eligió el camino recto, el del trabajo, en lugar de aceptar el dinero fácil y de dudosa procedencia. Incluso cruzó una vez a California pisando cadáveres. Y aunque no conseguía llegar a su destino, volvía a intentarlo una y otra vez.

– Después de triunfar como injertador de vides, Serapio decidió regresar y poner sus conocimientos al servicio de su comunidad. ¿Es ese retorno lo que convierte su historia en algo especialmente valioso?
– Creo que Serapio no es consciente de lo que significa ser el mejor injertador del mundo. En Chapala vive una comunidad muy importante de jubilados norteamericanos y canadienses. Entre ellos estaba Eddie Osterland, el primer Master Sommelier no europeo de la historia, a quien también yo conocía y con quien celebré muchas catas de vino inolvidables. Cuando le mostré a Eddie el rancho de Serapio, me confesó que nunca había visto nada así. La tenacidad y la generosidad de Serapio han permitido a la gente de su pueblo tener una expectativa de futuro que él no tenía cuando emigró a Estados Unidos.
"Los migrantes son una riqueza, no una carga. Ningún migrante, y mucho menos ningún exiliado, quiere dejar su hogar"
– ¿Ha encontrado paralelismos entre la historia de Serapio y la de sus padres y abuelos, que también tuvieron que alejarse del Bierzo para construir una nueva vida en México?
– Serapio tuvo la fortuna de poder regresar a su pueblo con Lupita, su esposa, pero sus hijos y nietos están todos en California, dando continuidad a su labor como injertador. Mi padre me ha dicho que no sabe bien dónde deberíamos enterrarlo, si en Valtuille, donde está su madre; en Ciudad de México, donde está su padre; o en Guadalajara, donde estamos sus hijos. Hay un guiño precioso al Día de Muertos en la película y creo que a Serapio y Lupita les pasa un poco lo mismo que a mi padre. No saben bien quién les llevará flores al cementerio.
– ‘Wildland’ llega en un momento en el que la inmigración vuelve a ocupar el centro del debate político, especialmente en Estados Unidos. ¿Pretende el documental combatir la frialdad de las cifras poniendo rostro y vida a quienes cruzan una frontera?
– En Estados Unidos hay más de treinta millones de inmigrantes mexicanos. Casi todos ellos entraron al país de forma ilegal, pero viven respetando las reglas, trabajan incansablemente, han criado allí a sus familias y son parte importantísima del progreso de ese país. ¿Y viene ahora Trump a decirnos que los inmigrantes son todos criminales y personas no gratas, que comen gatos y perros y que no merecen vivir allí? ¡Por favor! Me imagino a Serapio sonriendo en silencio mientras ve por televisión un brindis en la Casa Blanca y piensa: «Las uvas que hicieron ese gran vino, antes de ser uvas y de ser vino, eran una planta que yo injerté».
– Este cortometraje forma parte de una trilogía sobre las grandes rutas migratorias del planeta. ¿Qué relación habrá entre las tres historias y qué reflexión común quieren trasladar al espectador?
– La xenofobia y el rechazo al que viene de fuera no es un problema exclusivo de Estados Unidos. Políticos de derechas de todos los países, tristemente también en Europa, están justificando las crisis de sus economías y los problemas de inseguridad con la entrada de inmigrantes. El caso de España es especialmente triste. En un país que solo en el siglo XX forzó a seis millones de personas a buscarse un futuro en otro lugar, tanto por motivos políticos como económicos, y que se siente orgulloso de sus indianos y de las historias de éxito que muchos de esos emigrantes tuvieron en ultramar, hoy se habla de expulsión de inmigrantes, incluso de menores. Un país que presumía de haber sido la casa común de cristianos, judíos y musulmanes, el hogar de íberos, celtas, godos, romanos y fenicios; un país que sacaba pecho con el mestizaje en América Latina y Filipinas, un país solidario y de valores, no puede seguir permitiendo ese discurso de odio y culpabilización. Ningún migrante, y mucho menos ningún exiliado, quiere dejar su hogar. Es más, casi siempre anhelan poder volver a él, como Serapio. La gente que asume el riesgo de dejar su casa en un país empobrecido o con represión y busca una oportunidad en un lugar extraño es, en su mayoría, gente muy trabajadora, que aporta mucho, pide poco y agradece infinitamente las nuevas oportunidades recibidas. Los migrantes son una riqueza, no una carga. En nuestra trilogía abordaremos la migración de Latinoamérica a Estados Unidos a través de la historia de Serapio. También la migración desde África, en concreto desde Guinea-Bisáu, a Europa y, por último, una ruta menos conocida, que parte de la extrema pobreza en el Himalaya y lleva a miles de nepalíes a buscar una nueva vida en Hong Kong, Taiwán o Singapur.
– ¿Qué supone para usted presentar ‘Wildland’ en la Seminci, regresar con este trabajo a Castilla y León y poder compartirlo tan cerca de la tierra de sus padres y abuelos?
– Es muy especial para mí, pues parte de ‘Wildland’ se grabó en El Bierzo y en la Ribera del Duero, un lugar en el que Serapio trabajó muchas veces para las más prestigiosas bodegas de vino. Y es doblemente especial porque Roberto Lozano y su esposa, Marta Arranz, viven en Valladolid. Me atrevo a decir que ‘Wildland’ y los otros dos documentales de la trilogía se han planeado en largas tardes de afectos entre Chapala, Valladolid y El Bierzo.
– Después de esta experiencia, ¿le gustaría producir algún proyecto cinematográfico centrado directamente en El Bierzo, en su emigración o en la memoria de quienes tuvieron que marcharse?
– Hay muchas historias, y muy duras, de la emigración y el exilio desde El Bierzo. ‘La maleta de Helios’ intenta contar una, la de mi abuelo y mi padre, y también la mía y la de mis hermanos. Es, afortunadamente, una historia de ida y vuelta, pero no puedo perder de vista que El Bierzo daba muy pocas oportunidades a quienes nacían allí. Viendo la correspondencia de mi abuelo, hay varias cartas que recibió de personas que merecerían cada una una película. Tan solo en nuestra familia tenemos gente que emigró a Argentina, Brasil, Venezuela, Cuba, México, Estados Unidos, Francia, Alemania o Suiza. De algunos no sabemos ni siquiera dónde murieron y de otros conocemos a algunos de sus hijos y nietos, que hoy todavía viven en los países que acogieron a sus padres y abuelos. No sé si podríamos rodar pronto otra película en El Bierzo, pero sí me gustaría hacer una pequeña serie con ‘La maleta de Helios’ en la que pudiéramos entrelazar esas historias paralelas. Descendientes de emigrantes nostálgicos que viven en Buenos Aires, La Habana o Caracas, atrapados en sus propias crisis económicas, quizás peores que las que expulsaron a sus abuelos, que no han podido viajar nunca a España, pero que han idealizado El Bierzo y pronuncian las palabras «Valtuille» o «Villafranca» como si fuera esa Tierra Prometida a Abraham a la que Moisés guio a su pueblo elegido.

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