Me apena saber que ha muerto Gonzalo Suárez. Anabel, compañera de aquellos años de la Escuela de Cine de Ponferrada, me lo hizo saber. Después, como suele ocurrir con estas noticias, la muerte se extiende rápidamente por los medios y convierte en noticia pública lo que para quienes tuvimos la fortuna de tratarlo es, de pronto, una ausencia íntima.
Antes de que fuera director honorífico de la Escuela de Cine de Ponferrada ya conocía su nombre, sus películas y esa manera tan suya de entender el cine y la literatura, como si fueran territorios contiguos entre los que pudiera moverse con absoluta libertad.
Por eso quise que fuera él, precisamente él, quien ocupara aquel cargo honorífico. Y tuve la fortuna de compartir con Gonzalo algunos años de aquel proyecto que fue la Escuela: a veces sueño y a veces pesadilla, como suelen ser los sueños cuando intentan convertirse en realidad.
Ya había coincidido con él mucho antes, durante mi etapa universitaria. Recuerdo haberlo visto en Oviedo, quizá incluso en una charla en la que también participó el filósofo Gustavo Bueno, uno de mis maestros. Digo «quizá» porque la memoria no funciona como un archivo. Conserva escenas, rostros, voces, pero a veces mezcla las fechas y los lugares. Lo que sí recuerdo con absoluta claridad es mi fascinación por Remando al viento. Todavía la siento.
Hay películas que uno ve y olvida. Y hay otras que se quedan dentro. La de Gonzalo Suárez es de estas últimas. Allí estaba Hugh Grant, todavía lejos de la popularidad que alcanzaría después, interpretando a Lord Byron. Allí estaba Mary Shelley y su criatura, pero también estaban el paisaje, la literatura, los fantasmas, la creación artística y esa frontera incierta entre la realidad y el sueño que tanto parecía interesar a Gonzalo.
Y estaba la música. La Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis, de Vaughan Williams, acompañando aquellas imágenes y contribuyendo a crear una atmósfera que todavía recuerdo como envuelta en niebla.
También estaban Daniel Goldstein y Ricardo Steinberg en el sonido. A Ricardo tuve ocasión de conocerlo bien e incluso de invitarlo a aquellas Tardes de Cine que organizaba en Bembibre. Y estaba Wolfgang Burmann, Chinín para los amigos, director artístico de Remando al viento, un hombre entrañable y lúcido con quien tuve ocasión de hablar de cine y de muchas otras cosas. Entre ellas, de Almodóvar, con quien había trabajado en La flor de mi secreto.
Quizá ahí estaba una de las razones por las que aquella Escuela de Cine significó tanto para mí: permitía que quienes primero habían sido nombres vistos en una pantalla acabaran sentados frente a nosotros, hablando, contando historias, tomando un café o compartiendo una comida. Y Gonzalo fue uno de ellos.
Lo recuerdo en el hotel AC de Ponferrada, en restaurantes de la capital del Bierzo, en esos espacios donde los personajes públicos dejan de ser personajes y se convierten simplemente en personas. Allí aparecía su inteligencia, su ironía, su sentido del humor. Y aquella forma tan suya de mirar las cosas de lado, como si nunca terminara de aceptar las convenciones.
No volví a tener contacto con él después de que la Escuela llegara a su fin. Por eso su muerte tiene para mí una tristeza doble: desaparece un cineasta y escritor singular, pero desaparece también una parte de aquellos años en los que Ponferrada quiso ser una ciudad de cine.
Quedan sus películas. Don Juan en los infiernos, El portero, El detective y la muerte, Oviedo Express, Remando al viento... Una filmografía difícil de encerrar en una etiqueta: literaria, sombría, juguetona, extraña, libre.
En El detective y la muerte, basada en un cuento de Hans Christian Andersen, aparecía además Mapi Galán, actriz ponferradina vinculada también a aquella Escuela y a las Tardes de Cine. En Oviedo Express volvía a trabajar con Carmelo Gómez, actor leonés presente también en El portero y El detective y la muerte.
Gonzalo se llamaba a sí mismo «cineostia». Hasta eso tenía algo de declaración de principios: juego, ironía, libertad.
También admiraba a Sam Peckinpah, a quien llegó a conocer. No resulta extraño. Parecía sentirse atraído por aquellos creadores que caminaban por los márgenes y que no tenían demasiado interés en obedecer las reglas.
Quizá por eso resulta tan difícil despedirlo con una definición. ¿Cineasta? ¿Escritor? ¿Director? ¿Novelista? Fue todo eso y algo más difícil de nombrar: alguien que convirtió la creación en una forma personal de mirar el mundo.
Me gusta pensar que, para alguien que hizo del cine una manera de mirar, la muerte no tiene por qué ser necesariamente un final. Tal vez sea otro plano. Otro fundido. Otra imagen que desaparece lentamente de la pantalla mientras permanece, en algún lugar, la luz que la hizo posible.
También permanecen sus paisajes. Llanes, sobre todo. La costa, los acantilados, la niebla, el viento, el mar. Ese territorio asturiano que en sus películas parece pertenecer al mismo tiempo a la realidad y al sueño.
Llanes de cine. Y Ponferrada también fue ciudad de cine durante unos años.
Quizá por eso, cuando pienso ahora en Gonzalo Suárez, no lo recuerdo solamente dentro de una pantalla. Lo recuerdo sentado a una mesa, hablando, escuchando, haciendo alguna observación inesperada que dejaba flotando una sonrisa.
Lo recuerdo junto a Amenábar, Fernando Trueba, Fernando León de Aranoa y tantos otros, en aquellos años de la Escuela de Cine de Ponferrada. Años de proyectos, conversaciones, películas y amistades. Años que ya forman parte de la memoria.
Y quizá eso sea lo que verdaderamente permanece de las personas: no solamente sus obras, sino también los lugares donde las conocimos, las conversaciones que mantuvimos con ellas, las pequeñas escenas que quedaron fuera de cualquier película.
Se nos ha muerto un grande del cine y de la literatura. Pero hay muertos que siguen conversando con nosotros. Basta con volver a una película. Abrir un libro. Escuchar una música. O regresar, muchos años después, a aquella mesa de un restaurante de Ponferrada donde una vez hablamos de cine.
Entonces Gonzalo vuelve durante un instante. Como vuelve la luz cuando se enciende un proyector. Como vuelve la memoria cuando alguien pronuncia un nombre: Gonzalo Suárez.
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