La fábrica de la luz

Villafranca del Bierzo fue escenario de una de aquellas apuestas por el progreso que marcaron una época: la llegada del agua y la luz eléctrica

Ramón Cela
01/11/2026
 Actualizado a 01/11/2026
 La foto ha sido cedida para este uso por la asociación cultural villafranquina Cultura54.
La foto ha sido cedida para este uso por la asociación cultural villafranquina Cultura54.

Era una soleada mañana de domingo a comienzos de la primavera. Los negrillos ya comenzaban a cambiar de color, mientras que de la iglesia colegiata de Villafranca iban saliendo los fieles, que, como siempre, lo hacían primero los ciudadanos de la clase más humilde, porque la más pudiente siempre se quedaba rezagada para mostrar su venia a los sacerdotes que ese día habían oficiado la misa.

El órgano todavía sonaba unos minutos, para deleite de los señores que, de alguna manera, querían escuchar alguna obra de Johann Sebastian Bach. Y, como siempre, eran complacidos a expensas de unas limosnas con las que aquellos grandes aficionados a la música clásica pretendían estar pisando más el camino de la gloria.

Eran unos tiempos en que los grandes terratenientes del Bierzo venían a Villafranca, donde los cincuenta y cuatro escudos heráldicos les hacían sentirse como en casa, a pesar de solo tener uno muy visible en la fachada principal.

El paseo alrededor de la colegiata era una forma de entablar conversaciones en las que se podían pedir favores y entablar ciertos amoríos que, en ocasiones, fructificaban. Si no era así, por lo menos las damas se sentían halagadas y suspiraban profundamente, a la vez que los caballeros, muy corteses, siempre les decían: «Un suspiro viene siempre de un recuerdo». Algo que hacía ruborizarse a las señoritas casaderas, que tenían que mover con presteza el abanico.

Los grandes señores, a los que no voy a nombrar, mantenían conversaciones sobre los grandes adelantos de ciudades como París, Roma o Boston. No podemos consentir que nuestra Villafranca no sea conocida fuera de nuestras tierras leonesas y debemos hacer que muchas ciudades europeas nos vean con cierta envidia.

A uno de estos señores, al subir a la calesa, se le ocurrió la gran idea y, presto, bajó de la misma, a la vez que decía: «Tengamos agua corriente y luz eléctrica como en Boston. Yo partiré en breve a las Américas y voy a enterarme de cómo va eso. Y les aseguro que nuestra ciudad será la envidia de la nación. ¡Fuera ya farolas que se apagan con el viento! Seamos innovadores y, de esta manera, nadie podrá decir que nuestra capitalidad provincial no tiene la suficiente entidad como para quedarse atrás en el progreso».

Pronto los grandes señores hicieron suya la idea y difícilmente era posible que no se llevara a buen fin. Por lo que pasaron unos meses en los que las grandes cortinas de tela gruesa quitaban el sol en las puertas y ventanas de las casas señoriales, porque las damas debían tener el rostro blanco e inmaculado.

El ingeniero traído de Segovia tenía una gran cantidad de planos que habían sido enviados desde Boston, por lo que se comenzó a buscar la mejor solución para hacer que la ciudad tuviera su traída de agua de forma similar a la que tenía el Seminario de los Jesuitas, o el convento de las monjas de La Concepción, o la del castillo de los condes de Peña Ramiro. Por ello, había que ponerse manos a la obra y aportar ideas y el dinero necesario, porque el salto de agua tenía que ser muy elevado y tener mucha fuerza para que, al mismo tiempo, moviera unas paletas rotatorias que producirían la luz eléctrica, en cuya instalación tanto empeño habían puesto.

No se conocía ninguna ciudad en España que tuviera estas dos cosas, pero, según dicen algunos historiadores, no sería la primera ciudad, pero sí la segunda, y los planos coincidían en muchas cosas.

Comenzaron las obras desde el barrio de Puente de Rey, a tres kilómetros de la central que se construía y que más parecía un balneario que una fábrica de producir electricidad. Las cosas hay que hacerlas bien para que nuestros hijos y nietos se sientan orgullosos de nuestra generación.

La presa construida, de dos metros de anchura, traía gran cantidad de agua que, después de servir para aquello para lo que se había construido, se podría aprovechar para proveer de agua a los conventos de las Madres Agustinas y de las Clarisas. Esta obra tan inconmensurable tenía que ser publicada en todo el país, por lo que las imprentas y los periódicos de Villafranca y otros de la península se hicieron eco de la gran innovación en la conocida ciudad berciana.

A la inauguración acudieron más de doce calesas con las damas endomingadas, aparte de casi todos los clérigos, incluidos los de San Nicolás. También asistieron tres periodistas de Madrid y dos de León.

La electricidad, a ciento veinticinco voltios, dio luz a dos farolas de prueba que se plantaron frente a la fábrica. Para que no hubiera peligro, hicieron un aliviadero con una trampilla grande y rejas en la entrada de la toma de la fábrica. Esta tenía una pequeña caseta en la parte superior, que, según se decía, era para que allí estuviera un alguacil por si se producía alguna avería en la fábrica, abriera la compuerta del aliviadero y luego bajara para conocer lo que había pasado.

Tenemos que tener en cuenta que el tal ingeniero, don Ruperto Aguírre, había sido capaz de hacer que el agua de la presa, desde Puente de Rey, tuviera la pendiente necesaria para que bajara por su propio peso. Es digno de resaltar que lo que aconteció fue que, en la inauguración, en la que estaban la plana mayor de la corporación municipal y cientos de invitados, se sintieron inseguros a más de cien metros de la fábrica, porque aquella cantidad de agua, caída en cascada desde más de cincuenta metros de altura, hacía un ruido estremecedor que asustaba a los caballos que arrastraban las calesas, mientras que la banda de música de Villa, de Villafranca, entonaba músicas del momento. Y lo que todos reclamaban era que tenía que estar el rey Alfonso XII.

Los periódicos nacionales situaron a Villafranca como la cuna de la innovación, de la que más adelante hablaremos al tratar sobre el primer viaducto de hormigón armado en España. Este fue posterior, pero, como todo, se dirimía a la salida de la misa de doce en la colegiata.

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