Un anillo amarrado a su dedo desde hace más de cuarenta años y dos cochecitos de juguete —el de su nieto Yeray y uno en miniatura, con el que jugaba con él— comparten sitio en el corazón de bolsillo que guarda Juan Manuel Garrido. Han pasado diez años desde la muerte del pequeño de Santa Marina de Torre, que se convirtió en el ahijado de todo El Bierzo cuando un cáncer mortal se cruzó en su pequeña vida, en ciernes, y decidió llevárselo con tan solo cinco años.
Pero aquella lucha berciana, que veía la cara del pequeño Yeray pidiendo ayuda en cada farola, que ponía nombre a cada evento solidario para conseguir costear un tratamiento que pudiera salvarlo y que logró arañar algunos meses más de vida, se quedó para siempre tatuada en Garrido, en su familia y en toda la comarca.
Una década que Garrido ha soportado entre el dolor y la escritura: primero con rabia, recuerda; ahora con gratitud y, en su último libro, con un amor profundo a la persona con la que ha compartido cuarenta años de vida: Eloína, ella. Juntos pasaron el nudo en la garganta de no conseguir que la vida de Yeray se quedara entre las manos. Se iba, y juntos tuvieron que verle marchar.
Antes, Garrido ya se había enamorado de la fortaleza de Eloína, de sus silencios “que lo dicen todo” y de lo que le hace sentir que no quiere que pase el tiempo, porque no sabe dónde irá ese amor que les une cuando desaparezcan. “No puede ser que no nos encontremos, que no haya forma de volver a estar juntos; sé que habrá un camino en la oscuridad”, dice convencido un Garrido que ha querido saldar una deuda que no consigue sofocar con su último libro.
En Ella responde a una declaración de amor que le hizo Eloína desde una cama de hospital. Enferma, al verle entrar por la puerta, lo presentó como “la persona que más quiero sobre la tierra”. Garrido no pudo reprimir las lágrimas. Y fue entonces cuando supo que solo entre las páginas podía darle respuesta.
Lleva escribiendo diez años, los mismos que la muerte le separó de su nieto. Lo hizo como terapia, porque no soportaba tanto dolor ni los porqués sin respuesta. Los niños olvidados de Dios hablaban de todos los Yeray que sus abuelos han tenido que ver marchar. El silencio del otro lado seguía esa estela, o La alargada sombra de tu sonrisa. Latidos, más tarde, llegó con el aliento de los amigos, con la nostalgia.
Pero faltaba retratarla a ella como una rosa que se entrega a un petirrojo. Eloína formó siempre parte de Juan Manuel. Solo les separaba un reguero en Santa Marina de Torre. Eran vecinos y no sabían que había algo más. Él se fue a Zaragoza a estudiar ingeniería. Ella se casó y enviudó. La mina no perdonaba. Se quedó con un niño de un añito, Toño, mientras Juan Manuel hacía vida lejos.
En unas vacaciones regresó, y la nieve no le permitió volver. La casualidad hizo que encontrara un empleo y que se quedara en casa. Y ahí, el barranco oscuro hizo lo suyo: en él se encontraba con Eloína. Escondidos del qué dirán, de una viuda y madre, “pero nos mantuvimos firmes en los deseos”, recuerda Garrido, al que aún se le iluminan los ojos cuando habla del silencio de su familia cuando dijo, casi susurrando, que se casaría con Eloína. Aquel silencio fue grito de enamorado que ahora empapa cada página de su nuevo libro.
Al pequeño Toño se unió David, su otro hijo y padre de Yeray. Y juntos han sido la familia que Garrido nunca pudo dibujar en sueños, porque la realidad superó cualquier pretensión.
Garrido presenta Ella como un canto a la vida y a la entrega a los demás: “Ha sido fundamental para construir las paredes de nuestro entendimiento. Me lo ha dado todo”, sentencia. Ella, que no ha leído ningún libro, ahora se acerca tímida a este, porque sabe que en él es protagonista, aunque le cueste ocupar ese lugar. “Es un homenaje a todas ellas, a su madre, a la mía”, dice Garrido, a las que marcaron un discurso de esperanza y solidaridad que, considera que “puede salvar el mundo”.
Él ha sentido ambas cosas desde que Yeray despertó esa corriente solidaria, también a través de la asociación ASION, con la que colabora destinando la recaudación de sus libros. La Asociación Infantil Oncológica de Madrid les dio apoyo cuando más lo necesitaban, y Garrido considera que esa ayuda es casi un milagro que nace desde dentro, en una sociedad que conserva un espíritu solidario “que mata las ideologías”.
Ahora avanza —sin considerarse escritor, subraya—, pero escribiendo “con respeto y sentimiento”. Tanto, que llegó a pensar que Ella era demasiado íntimo como para llegar a publicarse. “Ahora veo que es la forma de canalizar lo que otros no dicen pero sienten”, reconoce.
Mientras, mantiene su temor al paso del tiempo, a no saber dónde colocar todo lo que siente. Tanto, que un solo Ella no es suficiente para seguir diciéndole a Eloína cada mañana: “compartamos este día”.
En esa emoción constante, Garrido prepara ya dos presentaciones de su libro: la primera en Torre, el 23 de mayo, de la mano de la Asociación Cultural La Morana, y otra en julio en Santa Cruz. También se presentará en el Cara B de Sorbeda, en este caso en julio, el día 17, sobre las 18:30 horas. Al mismo tiempo, continúa escribiendo su siguiente obra, centrada en los testimonios de vida tras el cáncer.
