Hay un instante, en algún lugar de la Cordillera Cantábrica, en que el bosque parece contener la respiración. La niebla se demora entre las hayas, el agua desciende por las raíces de los robles y una presencia invisible atraviesa el silencio. Puede que sea un lobo. Puede que solo sea su recuerdo. En estas montañas, ambas cosas se confunden desde hace miles de años, porque el lobo pertenece al paisaje tanto como la nieve a las cumbres o el musgo a las piedras. Antes de que existieran los pueblos, las lindes y las administraciones, ya estaba allí, recorriendo los mismos valles donde nuestros antepasados aprendieron a encender el fuego.
El lobo es nuestro antiguo compañero de intemperie. Un alter ego de lo humano, una criatura que también conoce la familia, la cooperación, el miedo, el hambre y la necesidad de proteger a los suyos. Quizá por eso hemos mantenido con él una relación tan contradictoria. Lo hemos admirado y perseguido, convertido en leyenda y condenado como alimaña. Nos fascina su libertad, pero nos incomoda que la ejerza. Y en esa contradicción se revela nuestra dificultad para aceptar que el mundo no nos pertenece por entero.
Este mes de octubre, la Junta de Castilla y León anuncia su intención de recuperar los llamados «controles poblacionales» del lobo. Bajo esa expresión administrativa, aparentemente aséptica, se esconde una realidad más sencilla, ¡matar lobos! El lenguaje burocrático convierte así la muerte de un animal salvaje en una operación de gestión, como si se tratara de corregir una cifra en un inventario. Pero un lobo no es una cifra que sobra en el paisaje, sino una pieza viva de una compleja trama de relaciones ecológicas construida durante milenios. Su presencia no es un adorno de nuestras montañas, sino parte de su equilibrio natural.
Quizá la primera condición para conservarlo sea aprender nuevamente a mirarlo. Eso es lo que hace Gerardo González. En Colinas del Campo, un pequeño pueblo de la montaña berciana donde vive desde 1995, Gerardo ha cultivado una forma de conocimiento que no se obtiene en los despachos. Carpintero de profesión, naturalista por vocación y heredero de las enseñanzas de su padre, ha aprendido a reconocer los tiempos del monte, sus silencios y sus habitantes.
La madera y la montaña comparten en sus manos una misma enseñanza. Ambas exigen paciencia, atención y respeto por aquello que no puede forzarse sin destruirlo. Sus fotografías no parecen nacidas del deseo de conquistar una imagen, sino del privilegio de haber asistido a un encuentro. Un corzo, un oso, un lobo, un pechiazul sobre las ramas. Cada criatura se revela en su verdadera esencia, viviendo al margen de nuestras expectativas. Gerardo no necesita convertir la naturaleza en espectáculo. Le basta con permitir que se manifieste.
La Plataforma para la Defensa de la Cordillera Cantábrica ha encontrado en esa mirada una manera especialmente hermosa de defender el territorio. Su iniciativa expositiva “Entre malezas, alimañas, hierbajos y bichos. Biodiversidad» que, gracias a la organización de ATUDEBIAL, puede disfrutarse hasta el próximo 2 de noviembre en la Casa de las Culturas de Bembibre. La exposición reúne fotografías cedidas altruistamente por su autor. Y es una invitación a detenerse ante la belleza de lo salvaje y reconocer el valor de tantas vidas que transcurren ajenas a nuestros ojos. Un proyecto de sensibilización que tiene algo de manifiesto, aunque prescinda de las proclamas. Porque hay imágenes que argumentan sin levantar la voz y miradas capaces de cuestionar toda una política de conservación.
El propio título encierra una pequeña rebelión. Malezas, alimañas, hierbajos y bichos son palabras con las que hemos despreciado durante siglos aquello que no comprendíamos o no encontrábamos útil. Hemos dividido el mundo natural entre lo productivo y lo prescindible, entre las especies que merecen protección y las que pueden eliminarse. Pero la biodiversidad desconoce esas categorías. Un escarabajo bajo la corteza, un liquen aferrado a la roca o un lobo cruzando la divisoria de dos valles participan, de maneras distintas, de la misma comunidad de vida.
Esa es la verdadera dimensión de las montañas donde habita el lobo. No son un simple escenario para la fauna, sino una inmensa arquitectura de relaciones. El hayedo recibe la humedad del Atlántico, los pastizales sostienen herbívoros silvestres y domésticos, los arroyos comunican las laderas y los descomponedores devuelven al suelo la materia de los organismos muertos. Todo se encuentra vinculado, aunque nuestros ojos solo alcancen a distinguir una pequeña parte.
Las fotografías de Gerardo nos permiten intuir esa profundidad. En una imagen cabe una historia ecológica de millones de años, una evolución compartida, una forma irrepetible de estar en el mundo. Contemplar al lobo en su medio natural es asomarse a una memoria anterior a nuestra civilización. Por eso resulta tan pobre enfrentar su conservación con la ganadería extensiva, también arraigada en estas montañas. Los daños de la depredación son reales y exigen prevención, apoyo e indemnizaciones justas. Defender al lobo y proteger al ganadero no deberían ser causas enfrentadas. Lo inquietante es la facilidad con la que la muerte vuelve a presentarse como solución política. Y la escasa imaginación que demuestra una administración cuando responde a un conflicto complejo con el recurso más antiguo, expeditivo e irreversible.
Frente a todo esto, como hemos afirmado, las fotografías de Gerardo ofrecen otra forma de entender el territorio. No presentan una naturaleza domesticada ni subordinada a nuestros intereses. Nos devuelven la experiencia de lo indómito, aquello que todavía existe sin pedirnos permiso. Nos recuerdan que proteger la biodiversidad no consiste únicamente en impedir que las especies desaparezcan, sino en preservar las condiciones que les permiten seguir siendo salvajes. Tal vez ahí resida la importancia más profunda de la labor de la Plataforma para la Defensa de la Cordillera Cantábrica, en comprender que ninguna montaña puede defenderse por fragmentos, separando sus bosques de sus animales, sus aguas de sus cumbres o su belleza de los procesos ecológicos que la sostienen. Defender el territorio exige reconocer su integridad y su derecho a permanecer fuera de nuestra voluntad de dominio.
Cuando nuestros antepasados paleolíticos pintaban animales en las paredes de las cavernas, no estaban elaborando inventarios de recursos naturales. Dejaban constancia de un mundo que los sobrepasaba, del misterio de otras criaturas con las que compartían la existencia. Miles de años después, una cámara fotográfica puede cumplir una función semejante, deteniendo el instante para recordarnos que la vida no comenzó con nosotros y que tampoco debería terminar por nuestra arrogancia.
En algún lugar de las montañas cantábricas, mientras se redactan resoluciones y se calculan cupos, un lobo atraviesa ahora un bosque. Ignora las discusiones sobre su existencia. Reconoce el olor de la tierra húmeda, el viento que desciende de las cumbres y las señales de su manada. Continúa ejerciendo el antiguo oficio de vivir. Gerardo nos invita a contemplarlo sin apropiarnos de él. Y acaso sea esa la forma más noble de la conservación. Con Gerardo aprendemos a mirar con suficiente amor y humildad como para comprender que hay vidas cuya mayor belleza consiste, precisamente, en que no nos pertenecen. Porque allí donde habitan los lobos, el mundo conserva todavía un rincón de libertad.
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