Eran ya pasados los primeros años del siglo XVI cuando un labriego de Villafranca traía una piedra azul que se moldeaba con cierta facilidad y dejaba un color azul verdoso que la hacía muy agradable a la vista.
El señor, al que de alguna manera servía en la recogida de las cosechas, le pidió que le trajera algunas más en la caballería que tenía para desplazarse hasta Villafranca y que todavía no había terminado de pagar por los altos costes de los réditos que entrañaba el préstamo que le había otorgado el señor a quien servía y de alguna manera adoraba, dado que le daba a ganar muchos jornales y pequeñas prebendas.
Manuel, que así se llamaba el vecino del pueblo de Villagroy, próximo a Villafranca, cargó en las alforjas de su asno algunas piedras más que florecían a flor de tierra y se las llevó solícito a su benefactor, llamado don Gerardo, quien, al verlas, trató de recortarlas él mismo con un martillo y observó que era muy fácil conseguir domesticar aquellas piedras. Por lo que pensó que podría mandar hacer alguna floritura en su jardín, situado al final de la casa y donde florecían las rosas arrogantes que, sin más testigos que el sol y la luna, hacían que este fuera la admiración de aquellos muchos nobles que visitaban su casa, situada en la calle que más tarde se llamaría del Agua, debido a que sobre esta discurrían las aguas de toda la población.
También en esta calle, plagada con más de cuarenta escudos de la nobleza villafranquina, era preciso, casi obligado, tener algunos signos de distinción, por lo que pensó que, después de haber observado que estas piedras se endurecían al contacto con el aire, se podrían hacer muros de fachadas para algunas casas, dando a estas cierto aire de distinción que, en definitiva, hacían a estos inmuebles dignos de sus habitantes.
Pronto se hizo patente que aquella piedra traída del pueblo de Villagroy daba un aire muy señorial a las casas que a continuación se iban construyendo por las gentes más pudientes de la villa, en la que se construía con rapidez y donde algunos edificios eclesiásticos estaban en construcción o a punto de ser terminados.
Algunas órdenes religiosas construían con la misericordia de algunos nobles que, en cierto modo, competían en hacer donaciones a la Iglesia o buscaban la manera de diferenciarse, por lo que, poco a poco, las piedras azul verdosas de Villagroy fueron protagonistas de aquellas edificaciones que, tras de sí, llevaban el sello inconfundible de la nobleza del momento.
No podemos olvidar que, en la edificación de la Colegiata, se utilizó esta piedra, con la que, junto a las gruesas piedras de granito de la comarca de la Somoza Villafranquina que se bajaban en carros de bueyes, se construían tanto los escudos blasonados como los ábacos de puertas y ventanas, que, en ocasiones, también venían de Ponferrada, del llamado Montearenas.
No podemos ignorar tampoco que estas piedras azules o verdosas, como algunos las llamaban, se podían conseguir en lo que ahora se llama las montañas del Malvís, que, a través del barrio de Puente de Rey, bajaban a Villafranca.
Así competían, de alguna manera, las canteras de Villagroy y las del Malvís, sin que ello supusiera una mejora en la calidad de la piedra, que fueron abandonadas y quedaron fuera de uso ya en el siglo XIX, lo que motivó la construcción de las edificaciones con otros tipos de materiales menos costosos y, por consiguiente, mucho menos interesantes.
La fachada principal del Palacio de la familia Álvarez de Toledo y el campanario de la Colegiata son una muestra muy interesante de la construcción a partir del siglo XVI.
En la actualidad, estas piedras azul verdosas nos recuerdan que hubo otros tiempos, otras miras, en las que la identidad también se daba a conocer por las piedras.
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