Hay lugares que parecen haber descubierto algo que el resto del mundo ha olvidado. Está en el frescor de la huerta después de la lluvia, en el paseo hasta la plaza, en una conversación sin prisa, en el vino servido en una bodega o en una receta heredada. Bierzo in Blue quiere ser una pequeña rapsodia de este territorio, como aquella Rhapsody in Blue con la que Gershwin mezcló tradición clásica y jazz, convirtiendo el azul en música, ritmo y melancolía.
En El Bierzo, el azul nace del paisaje, de la memoria y de una forma de vivir. Una forma de vida que ahora se estudia a la luz de las zonas azules (blue zones), territorios con una concentración excepcional de personas longevas y hábitos asociados a un envejecimiento saludable, un concepto nacido de los trabajos de Gianni Pes y Michel Poulain. El Bierzo aspira así a aportar su propia respuesta a una pregunta universal: cómo vivir más años, pero también cómo vivirlos mejor.
Cerdeña (Italia), Okinawa (Japón), Nicoya (Costa Rica), Icaria (Grecia) y Loma Linda (Estados Unidos) se han convertido en las cinco referencias más conocidas. Son lugares muy diferentes entre sí, pero en todos aparecen algunos rasgos comunes: actividad física integrada en la vida cotidiana, alimentación tradicional, relaciones familiares y comunitarias, contacto con la naturaleza, descanso y sentido de propósito. Ahora, El Bierzo quiere averiguar si puede existir aquí una historia semejante.
El proyecto Territorio Azul. Bierzo 2030, impulsado por el Consejo Comarcal, parte de un dato extraordinario: en 21 de los 38 municipios bercianos viven personas centenarias. La investigación pretende estudiar a personas mayores de 90 años, especialmente centenarias, para conocer sus historias, sus hábitos, su alimentación, su actividad cotidiana, sus relaciones y su manera de afrontar el paso del tiempo. Pero quizá la pregunta más interesante no sea por qué algunos bercianos llegan a los cien años. La verdadera pregunta es otra: ¿qué clase de territorio permite vivir una vida larga sin que la vida pierda su sentido?
En el mundo entero estamos entrando en una nueva época. La medicina ha conseguido prolongar la existencia hasta edades que hace un siglo parecían extraordinarias. Pero vivir más no significa necesariamente vivir mejor. El gran desafío consiste ahora en conseguir que los años añadidos sean años de autonomía, movimiento, conversación, memoria, curiosidad y participación. Y ahí El Bierzo tiene algo que decir.
Durante mucho tiempo hemos pensado que la salud era, principalmente, una cuestión individual. Dieta, gimnasio, medicamentos, revisiones, relojes inteligentes que cuentan los pasos. Cada persona convertida en una pequeña empresa dedicada a prolongar su propio organismo. Sin embargo, la longevidad de determinadas comunidades parece contar otra historia. Una persona no vive dentro de un cuerpo aislado: vive dentro de un paisaje. Come lo que produce la tierra. Tiene cerca un monte, una viña, un río, una huerta o un camino. Tiene una historia familiar. Tiene vecinos que saben quién es. Tiene una tarea que realizar. Quizá ahí se encuentre una parte del secreto.
El Bierzo pertenece a ese noroeste español que durante décadas fue contemplado desde las grandes ciudades con una mezcla de nostalgia y condescendencia. Y es que en el noroeste todavía sobreviven algunas cosas que la modernidad urbana ha convertido en bienes escasos: el tiempo, la proximidad, la naturaleza, la conversación, los alimentos reconocibles y la comunidad. No se trata de idealizar la vida rural. El campo también conoce la soledad, la despoblación, la falta de servicios y el abandono. Envejecer en un pueblo puede ser una experiencia extraordinaria cuando existe comunidad, pero puede convertirse en una dificultad cuando esa comunidad desaparece.
Por eso, Territorio Azul resulta interesante si no se entiende como una búsqueda de la fórmula mágica para llegar a los cien años. No hay una fórmula mágica. Hay una combinación. Comer alimentos cercanos y poco procesados. Caminar. Trabajar con las manos. Salir al campo. Mantener vínculos. Tener responsabilidades. Cuidar a alguien. Sentirse necesario. Dormir. Reírse. Saber afrontar las desgracias. Continuar aprendiendo. Mantener una relación cotidiana con el paisaje. Nada de esto parece revolucionario. Precisamente por eso resulta revolucionario.
Quizá un centenario berciano no sepa definir qué es el propósito vital, pero probablemente pueda explicar perfectamente para qué se levantaba cada mañana. Y esa puede ser una de las grandes diferencias entre vivir mucho y vivir bien. Por eso, el gran patrimonio del Bierzo quizá no esté solamente en sus montañas, sus viñedos, sus bosques, sus ríos, sus pueblos o su gastronomía. Está también en la posibilidad de seguir siendo una comunidad.
El paisaje del noroeste tiene, además, una condición que el mundo contemporáneo empieza a valorar de nuevo, la escala humana. Aquí las distancias todavía pueden medirse en paseos. La naturaleza no es únicamente un decorado de fin de semana. La comida puede tener nombre de pueblo. Una conversación puede comenzar en la calle y terminar una hora después sin que nadie haya mirado el reloj. Eso también es calidad de vida. Y quizá sea una forma de riqueza que todavía no sabemos contabilizar.
Durante décadas hemos medido el progreso con carreteras, viviendas, renta, consumo y velocidad. Tal vez el futuro nos obligue a incorporar otros indicadores como cuántas personas mayores pueden seguir viviendo en su casa, cuántos vecinos conocen a sus vecinos, cuánto caminamos, cuánta naturaleza tenemos cerca, cuántas generaciones conviven y cuántas razones tenemos para salir de casa.
El Bierzo tiene ahora la oportunidad de convertir una peculiaridad demográfica en una conversación universal. No se trata de demostrar que aquí está escondido el elixir de la eterna juventud. Sería demasiado poco. Se trata de averiguar si una manera de vivir que parecía antigua contiene respuestas para un mundo que se está haciendo viejo. Porque el planeta va a necesitar pueblos y ciudades donde las personas puedan vivir muchos años sin convertirse en espectadores de su propia existencia. Y quizá la respuesta esté menos lejos de lo que pensamos.
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