Barrio de Santas Martas y San Antonio

Gregorio Esteban Lobato
21/09/2026
 Actualizado a 21/09/2026
Barrio de Santas Martas en Ponferrada.
Barrio de Santas Martas en Ponferrada.

De mi niñez recuerdo cómo se celebraban Las Ferias y Fiestas de San Antonio, en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, en el «Campo de la Cruz» de Ponferrada, hoy patio del Colegio ídem. En esa misma explanada se plantaban también idénticas atracciones para las Fiestas de La Encina. Fuegos artificiales, desfile de carrozas, gigantes y cabezudos eran la gran diferencia entre ambos festejos.

Caballitos, cadenas, circo, coches eléctricos, orquestas ─Azul, Stairs─, templete, bar, bailes y verbenas, cucañas, concursos, carrera de sacos, rifas, cohetes, Reina y Damas de Honor ─Sarita, Marga, Isa─, procesión, barcas, tómbolas de tiro, de premio: Hermanos Moura… Era lo que había tanto para conmemorar a la Patrona de El Bierzo como a El Santo. El Club Deportivo Santa Marta, con José Antonio como Presidente ─felicidades─, se encargaba de organizar la diversión acostumbrada en el barrio. Numerosa juventud trabajadora en la década prodigiosa, que voluntariamente tiraba de carretillo para rellenar de arena los charcos, ya que los aguaceros, a mediados de junio, formaban parte de la tradición. Mis hermanos mayores Rafa y Simón pertenecieron a la Junta Directiva de tan valiosa asociación.

Por otra parte, en ese mismo emplazamiento se instalaban también los cercados de madera que separaban a las distintas especies, en las fenomenales Ferias de Ganado. Cerdos, vacas, mulas, ovejas, conejos, caballos, gallinas… cambiaban de dueño/a, mediante el trato hecho con un apretón de manos. Recuerdo aquella romana gigante, en la que estaba una hermosa cerda levantada con correas por la panza, y en el lado del contrapeso, un puñado de feriantes tirando a la vez. Las familias muy numerosas abundaban en las nuevecitas Casas Sindicales o Amarillas del Barrio de San Antonio y Santas Martas de Ponferrada, situadas en la periferia de la Calle Ancha, junto al antiguo Campo de Fútbol “Santas Martas” de la Ponferradina. Eran unos resplandecientes edificios modernos, comparados con el entorno medio rústico y sencillo que los rodeaba en aquella época.

Conviene aclarar que en Ponferrada es correcto decir “Santas Martas”, ya que en nuestra Diócesis tenemos a Santa Marta de Betania, la que apaciguó a La Tarasca, y a Santa Marta Patrona de Astorga, cuyos sobrinos fueron los Santos Justo y Pastor. De aquella, casi todo se vendía a granel. Un caldero de chapa bastaba para echar a la basura las cenizas de la lumbre. A los hijos pequeños nos tocaba hacer bastantes los recados, qué menos que sisar una ‘perrina’ para chicle. Según lo que fueras a comprar, había que llevar capazo, cesta de mimbre, bolsa de redecilla o similar, aceitera, huevera, botella para el vino de cosecha, qué menos que un traguín por el camino... Hasta la llegada del primer supermercado, CENCO, tuvimos tiendas de ultramarinos con mucha personalidad. A la vuelta del Bar Candelas estaba la de Váncheles, que luego atendieron Enrique y Paulina. A su lado, Foto Moncho. A continuación, La Casa del Jazz era el colmado de Lita, su marido Antonio y sus hijas Tinita, Chefi y María Jesús. Ya en la esquina estaban Chon y su hermana Encarna, donde despachaban una mistela riquísima.

Cruzando quedaba la carnicería de Gelina y Agustín, que después traspasaron a Tere y Antonio. Un poco más adelante, el local de Picos, Juan el carbonero, Manceñido y Foto Fariñas. Los bares por antonomasia eran El Feo ─en el exterior tenía la rana, la llave y la piedra de los bolos bercianos─, El Candelas y El Parra. Además, Tono, Magel y Salvador completaban las rondas de chatos. Más personas conocidas y lugares habituales de mi universo infantil: droguería Perfecto, quioscos de Pureza y Guti, casquería, peluquería, gasolinera de émbolo y manivela, parada del bus, barquillero, churrería Vara, Casa Barrera, Marqués, heladería La Moderna, cine Bérgidum, consulta del doctor Mato, Sardi permanencias, don Baldomero, farmacia Miranda-Santines...

Cotidianamente, los panaderos Hermanos Facundo, desde su furgoneta DKW azul, nos abastecían de crujientes hogazas. Las lecheras llegaban en carro y repartían a domicilio. Mi madre recibía periódicamente la visita de la señora de Molina con fruta, Gelita con ropa, Isabel con joyas, un viajante de sábanas y manteles, otro con cuadros del Ángel de la Guarda, que tenían los marcos lobulados, la cobradora de Santa Lucía... El camión del gasiosero, con el hielo para las neveras, venía una vez a la semana. Mielero, afilador, hojalatero, cartero, carbonero, butanero… pregonaban a voces su presencia. Para pagar el pan, la leche o determinados productos, lo normal era anotar en una libretina el gasto diario y luego, a final de mes, saldar el importe. A veces tocaban el timbre mendigos que pedían un plato de comida caliente…

Debajo de nuestros balcones, sin fecha determinada, actuaban artistas que tocaban la trompeta a tope, mientras una cabra escalaba por una escalera de tijera. Dominguín era el más entrañable de los ambulantes pintorescos: cantaba mal ─voz cascada─, a la bandurria le faltaban cuerdas, cojitranco, gafas oscuras como el traje, cancionero bocabajo sobre el atril…

Cuántos/as amigos/as de infancia, inolvidables, jugando entre los jardines: al escondite, al cinto, almendruño alzalpuño, uno dos y tres paso al rey, gallinita quién te ha picado, atrancar la calle, tres navíos en el mar, cuatro esquinas, a la una anda la mula, a recorrer el mundo, fútbol, balón tiro, aro, corro, calderón, los santos, insignias, pitos, peón, clavo, comba, semana, avión, carta, en el fondo del mar matarile, frontón… Cuánta imaginación, cuánta alegría, cuánta vida, qué bien lo pasábamos en aquel ensanche sin asfaltar todavía. En verano, cuando anochecía, algunas vecinas solían sentarse para charlar a la fresca.

Cerca de los dorados inmuebles construidos por Morgazo, disponíamos de unos gallineros, con esencias del pueblín, donde se podía hacer astillas, criar conejos, pavos, gallinas, asar pimientos, hacer la matanza, crear nuestros propios tiradores, tarusas, arcos y flechas, cerbatanas, trampas para pájaros y ratones, patinetes de tablas y rodamientos de acero… Había locales particulares que tenían gatera. Los perros andaban sueltos por la calle.

La diversidad de ocupaciones y procedencia del vecindario enriquecía la convivencia: gallegos, castellanos, asturianos, andaluces, bercianos… teníamos vivienda, trabajo, economatos, escuela, parroquia propia desde 1964, con don Francisco Beltrán al frente. En los portales se aparcaban las bicis en las que los padres iban a trabajar. En cada puerta de casa, el Sagrado Corazón de Jesús, la placa con el nombre de los/as propietarios/as, la mirilla y un asa. La capilla portátil de la Sagrada Familia visitaba todos los domicilios una vez al mes. Eran ‘corros’ de treinta amas de ‘sus labores’, una de las cuales era la encargada de que ‘La Santa’ pasara la noche en un hogar distinto cada día, iluminada por una lamparilla.

“Usted siga bien” y “servidor/a de usted” eran expresiones de respeto para las personas mayores. La Radio ─Nacional o Juventud de Ponferrada─ a través de receptores con ojo mágico y voltímetro al lado, el diario Pueblo, tebeos, Hazañas Bélicas, El Capitán Trueno, La Codorniz, novelas de Corín Tellado y de Marcial Lafuente Estefanía… Se leía mucho en aquellos tiempos. El intercambio de tebeos y cromos se practicaba en las sesiones dobles del Cine Edesa. Las novelas las cambiaba, a peseta, la mujer de Cacharrón, en El Rañadero.

Patrimonio inmaterial de estas viviendas septuagenarias fueron los apodos: rigüelas, agonías, fasios/as, chilindrines, Rula, Gaitera, Cebona, Minuto, Zarabeta, Mochilón, raposos, Muñeco, negrucinas, cariocas, maragato, Polín, chamochines, Campanini ─le abrió la cabeza una campana de La Encina─, Cebona, Leonés, Chato, Manchina, Mangana, Mastodonte, Pelos, Rabioso, Ricardo el Corto y el Largo, patateras, Cachonda, bisbalas, Goliaz… En definitiva, ciudadanos/as de la capital del Bierzo, con una historia de superación personal detrás. Hombres y mujeres de provecho, como se decía entonces, que, salvo excepciones de fuerza mayor, unieron su propio desarrollo ─tiempo, energía, ilusión y esfuerzo─ al progreso de la pujante Ciudad del Dólar.

Años después el barrio fue creciendo en todas direcciones: primero, tras El Plantío, corazón verde de la Zona Alta, de camino al Campus, donde estuvo La Renault, por ejemplo. Después hasta la carretera Molina, con el nuevo Colegio de San Antonio y sus alrededores. Seguidamente hacia la Avenida del Castillo, con la nueva iglesia de San Antonio y los edificios de la calle San Fructuoso y travesías adyacentes… Tierras de cebada, alfalfa, viñas y almendros dejaron paso a excavadoras, grúas y andamios… Se remodeló casi por completo el paseo San Antonio, la calle Campo de la Cruz, General Vives... Otros viales afianzaron su trazado, como San Genadio, Saturnino Cachón y Nicolás de Brujas, frondoso bulevar forestal. Gracias a las generaciones pioneras y a las que se incorporaron después, actualmente disfrutamos de un barrio vivo, despierto, activo, participativo, solidario, alegre y atractivo, que invita a mirar al futuro con optimismo.

Gregorio Esteban Lobato, maestro jubilado y escritor. Ponferrada,

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