Nació en Cabo Verde, pero desde 1976 hasta 2019 respiró el aire del Bierzo. Aureliano Mendes hizo primero de Fabero su casa, donde trabajó en la mina, se casó por primera vez y tuvo tres hijos. Más tarde, en 1998, ya prejubilado, residió en Ponferrada hasta que se mudó a la Comunidad Valenciana. El pasado mes de enero vivió la que seguramente fue la aventura más extrema de su vida. Salió con un velero desde Gandía hasta Guardamar del Segura en lo que iba a ser un viaje de un día que, finalmente, se convirtió en doce, hasta tal punto que lo dieron por muerto. Su hijo, Samuel, puso palabras hace unos días a la desesperanza que sufrieron sus seres queridos cuando Salvamento Marítimo suspendió su búsqueda por el mar Mediterráneo, pero en esta ocasión es él mismo quien narra su historia en primera persona. Ya con las fuerzas recuperadas, Aureliano Mendes Furtado relata cómo fueron sus casi dos semanas a la deriva, sin radio ni apenas alimentos.
- Lo que iba a ser un viaje breve se convirtió en un ejercicio de supervivencia…
- Pues sí. Yo salí de Gandía hacia Guardamar del Segura el día 15 de enero, pero me alejé mucho hacia Ibiza. Tenía un croquis mental, pero me fui demasiado a la izquierda y me pilló la tormenta cerca de Ibiza cuando pensaba que estaba cerca de Alicante. Seguí tirando, sin saberlo, en dirección a Argelia. El temporal cada vez era más fuerte y así empezó la cosa. Cuando me di cuenta, vi que la radio tenía la antena cortada. No sé en qué momento se cortó, si quedó aplastada con una puerta o qué. Las olas eran muy fuertes, de unos cinco metros, y el viento, de 130 kilómetros por hora, era bestial. Y claro, yo estaba cada vez más desorientado.
- El primer día hizo una llamada de auxilio, pero no pudo contactar más con nadie.
- Sí, mi móvil tenía ya un 5 % de batería y luego se agotó. Había llevado varios cables para el teléfono, pero lo que valía para el teléfono no valía para el USB del barco y cargarlo ahí. Intenté hacer una chapuza cortando parte del cable, pero no se podía empalmar, así que no pude hacer nada. Quedé incomunicado.

- Con ese oleaje y viento que me comenta, mantener el velero erguido tuvo que ser una dificultad constante…
- El sufrimiento era continuo. A la cubierta no podía salir mucho porque te tiraba al mar, y para orientarme tenía que salir a la bañera y hacer un cálculo mental, pero todo era desesperación porque, por más que avanzaba, nunca veía tierra. Entonces giraba e intentaba hacia otro lado. Según mi croquis, creía que estaba aún cerca de Alicante, pero cada vez me alejaba más hacia África. Estuve así más de un día hasta que dije: «Esto no puede seguir así».
- ¿No vio nada durante esos días?
- Apenas alguna embarcación mercante pasando muy lejos. Yo hacía señales, desesperado, pero era muy difícil que me vieran. Para verme tendrían que estar con unos prismáticos muy precisos, y es muy raro que estén así.
"Si se me hubiera inflamado la columna por los golpes del mar las veces que me tiraron, o me encontraban por sus propios medios o me hubiera ido muriendo poco a poco"
- Ante tal situación desesperada, ¿cómo fue aguantando psicológicamente tantos días?
- Yo soy muy optimista y no me dejo invadir por los nervios. Lo que más me desesperaba eran los golpes del mar, que eran tan fuertes que podían volcar el barco en cualquier momento. Era como si un camión arrollara a un coche pequeño. El velero tiene su balanceo y es difícil que se hunda, pero el golpe es tan impactante que te tira de un lado para otro. Muchas veces se me soltaban las manos pese a mis intentos. Estoy en forma y pude ir aguantando, pero, por ejemplo, las palmas de las manos las tengo peladas; me quemaba de tanto agarrarme.
- ¿Mantuvo la esperanza de ser encontrado hasta el final?
- Los primeros tres o cuatro días sí, pero no ver ni aviones ni apenas embarcaciones me fue haciendo perderla. Pensaba que en cualquier momento podría llegar un golpe mortal. De hecho, caí dos veces de culo y la columna me empezó a molestar bastante, pero mantuve movilidad para seguir resistiendo los golpes. Si se me hubiera inflamado, o me encontraban por sus propios medios o me hubiera ido muriendo poco a poco. El golpe del mar y del viento tan fuerte en cualquier momento podía causar un daño en el mástil y hasta en el casco del barco, entonces se hundiría. Yo tenía bien claro que eso podía pasar.
- Y todo esto lo aguantó sin casi provisiones…
- No tenía mucho, no. Llevaba más o menos comida para tres días y la fui repartiendo. Agua tampoco tenía mucha, solo cuatro botellas de litro y medio. Fui sobreviviendo con eso once días a base de administrarlo, pero claro, comiendo un bocadito, no comiendo de verdad. Si no me hubieran rescatado, las fuerzas las iba perdiendo.

- Durante la deriva seguro que también pensaba continuamente en lo que estarían pasando sus seres queridos sin saber nada de usted…
- Constantemente. Según se iban ampliando los días, yo pensaba que mis familiares, con tantas tempestades día tras día, creerían que habría muerto y casi con total seguridad suspenderían la búsqueda porque dirían que era imposible que estuviera a flote. Yo pensaba qué pena que estuvieran sufriendo, porque yo estaba bien, luchando y sabiendo que en cualquier momento un golpe podría hundirme, pero bien. En cada golpe yo pensaba que llegaría hasta ahí, que iba a romper, pero no rompió. Algunas veces me puse el chaleco para estar preparado para salir si veía entrar agua, pero no pasó. Entonces no me quedaba otra que seguir luchando. Y, como tú mismo has dicho, las fuerzas se me iban agotando. Me fallaban las rodillas al salir a la cubierta y me tenía que agarrar para no resbalar. Si me resbalo, al mar.
"Cuando se acabó la comida pensé: o me encuentran o es mi final. Cada golpe de las olas me iba matando"
- El desgaste tuvo que ser tremendo por estar alerta todo el rato porque se podía hundir…
- Mucho desgaste, mucho. Y claro, para hacer maniobra tienes que salir a la cubierta. Si no llovía mucho, yo navegaba desde la bañera y pude ingeniármelas para poner una cuerda con la que pudiera mover el timón desde la cabina, a modo de piloto automático, sobre todo de noche, para que quedara girando como dando vueltas en circuito y que no me empujara por si de repente aparecían rocas y chocaba contra ellas. Y al día siguiente me levantaba, trataba de guiar el barco por donde me parecía que era la dirección correcta, pero no fui capaz de acertar.
- No sé si al contar la historia se da cuenta de que prácticamente fue un milagro…
- Bueno, varios días así, imagínate. Sobre todo cuando oscurecía, el vendaval era cada vez más fuerte. Cada vez que llegaba la noche sentía que al día siguiente no estaría vivo. El golpe del mar era continuo, continuo, continuo. Si fuese una persona asustadiza, no sé qué hubiera hecho. Yo decía que si muero, pues me he muerto, pero trataba de luchar para sobrevivir. Sabía que seguramente iba a morir, pero tenía que luchar. Sobre todo cuando se acabó la comida pensaba a ver cuántos días más podría aguantar así. Ahí ya, sin fuerzas, pensaba que o me encontraban o sería mi final. Cada golpe de las olas era un golpe contra tu cuerpo, te van matando. Solo podía entrar en la cabina y protegerme lo posible en una esquina. Con fuerza, al menos podía agarrarme en algunas esquinas o protegerme más, pero ya sin ella era como meter una caja dentro de una habitación y tirarla continuamente contra las paredes. Claro, la caja se destroza.

- ¿Cómo fue el momento en que, esta vez sí, se dio cuenta de que le vieron e iban a rescatarlo?
- Una avioneta militar estaba haciendo servicios; era portuguesa. Si no fuera por ellos, igual no hubiera tenido otra oportunidad. Esa avioneta se acercó mientras yo hacía señales. Por lo visto me vieron y dieron tres vueltas al velero, cada vez más bajo. La última casi me dio con el mástil, llegúe a temer que me impactara y nos muriéramos ahí todos. Pasaron unos cinco minutos y volvieron otra vez a dar una vuelta, luego se marcharon y volvieron una vez más para que yo viera que me tenían controlado. Después pasaron alrededor de tres horas y vino un buque mercante porque ellos ya habían avisado. Según Salvamento Marítimo de Valencia, trataron de coordinarse con el de Argelia, pero ni siquiera les cogieron la llamada. Eso sí, mi velero no lo he recuperado. El buque mercante que me rescató lo soltó a la deriva en las aguas de Argelia, y según Salvamento Marítimo, si por allí ven algo de valor en el mar lo desvalijan. Si alguien lo rescata no va a anunciar nada, lo va a hacer propiedad suya y todo lo que tiene. Para mí es una gran pérdida y por ahora me es imposible adquirir otro nuevo.
- Cuando suceden experiencias tan extremas de este tipo hay dos opciones: o no quieres tocar más el mar o más pronto que tarde volverás a estar en él. ¿Cuál de las dos opciones le dice su mente?
- No he perdido el deseo de navegar, no he quedado traumatizado. Es cierto que algunos, la mayoría, no se atreverían a volver ni a ver el mar, pero sigo con el deseo. Lo peor que pudo pasar no pasó, pero historias como esta dejan claro que hay que tener respeto al mar y estar preparado con medios adecuados. Esa es la lección que se puede sacar.