Arturo Nogueira

Nació en el Ponferrada de 1943, Desde niño mostró una mirada diferente, curiosa e inquieta, que con los años acabaría encontrando en la escultura la forma de convertir esa manera de mirar el mundo en arte

Ramón Cela
04/10/2026
 Actualizado a 04/10/2026
El escultor con alguna de sus piezas.  | Ramón Cela
El escultor con alguna de sus piezas. | Ramón Cela

Finalizaba octubre de aquel año de 1943. Las oscuras calles del barrio del Paraisín de Ponferrada se iban cubriendo de hojas que el aire indómito arremolinaba en aquellos rincones, donde las viejas casas del barrio se guarnecían unas a otras de aquellas inclemencias del invierno, que nunca tuvo piedad con aquellas familias trabajadoras que sobrevivían gracias al milagro de la honradez y el duro trabajo, que acuñaban los carnets de identidad de aquellos ponferradinos, que, como todos en el país, miraban al cielo, agradeciendo el seguir vivos y suplicando que el próximo invierno fuera más benévolo que el anterior y no hiciera tanto frío, porque este recorría las entrañas de aquellos que habían sido testigos de una maldita guerra, que solo pensar en ella hacía helar la sangre también por dentro, que naturalmente no tenía otro abrigo que el de la resignación.

Así, mientras el aullar del viento golpeaba las ventanas de la mejor habitación de la casa, a la espera de un gran acontecimiento, como era el aumento de la familia, nacía un ponferradino más, del que se dice que, desde su nacimiento, sus ojos inquietos apenas se cerraban para dormir, porque solo quería ver y observar la luz.

El autor con una visita a su estudio.| Ramón Cela.
El autor con una visita a su estudio. | Ramón Cela.

Lástima que no hubiera nacido antes, así podría ser empleado en La Térmica o en La Minero, así podría ayudar con su trabajo a mantener una casa, que como todas en el país, había muchas bocas que mantener y el trabajo de uno solo era extenuante, por lo que nunca el cielo se vio tan saturado de miradas como en aquellos años cuarenta.

Pronto Arturín, como así se llamaba el recién nacido, comenzó a destacar por sus ligeras travesuras, que hacían que fueran casi siempre fuera de la casa, porque era una forma de no tenerlo preguntando continuamente el porqué de las cosas.

Y mucho menos cuando quería, desde muy niño, mover con una escoba la bombilla de la cocina, para observar los cambios de luz en los platos o las ollas, la cocina de carbón que servía tanto para hacer las comidas como para calentar las casas.

Arturo no era un chico normal, apenas sabía dar patadas a los balones, que eran de cuero con una boca enorme, que si tenías la mala fortuna de darle con la cabeza te podía dejar una brecha difícil de curar en poco tiempo, por lo que bajaba a las cercanías del río Sil y jugaba con el barro que había en algunos remansos. Haciendo muñecos de barro cada vez más grandes y con el espejo que había forjado con una tapa muy brillante de lata, daba vueltas a su alrededor, buscando y observando las sombras y la luz.

Ya pasada la primera comunión, las orillas del Sil eran su lugar de preferencia, mientras que sus amigos no podían comprender el porqué se entretenía en hacer muñecos de barro, cuando era más interesante y bonito tirar piedras o losas al río.

Ya en una edad adulta, se imponía pensar en un oficio, profesión o estudios, que en aquella época eran para los más afortunados que tenían unos padres acaudalados y que, para desgracia de todos, no eran muchos.

Se dice que en Madrid, haciendo el Servicio Militar en Artillería, se pasaba los días libres en recorrer lugares donde hubiera alguna muestra artística, bien edificios, bien estatuas, o simplemente haciendo dibujos sobre papeles o cartones, que llenaban la taquilla metálica de color verde oliva.

Pronto tuvo oportunidad de ir a California, Estados Unidos, pero tenía que acompasar el trabajo con lo que él quería hacer, por lo que, sin pensarlo mucho, volvió a España y se dedicó a hacer trabajos de escayolista, que le permitieron tomar aquel tren infernal que, una vez más, le alejaba del Bierzo y puso rumbo a París.

Aquello era otra cosa, pero no era fácil transitar entre la vida bohemia y el cosquilleo del estómago, por lo que volvió a Ponferrada, donde era un destacado escayolista y se hizo un asiduo visitante de Villafranca, donde el arte se hace vida, y así encontró el amor, que llenó por completo sus ansias de exteriorizar todos los sentimientos que dentro de sí albergaba, porque la villafranquina le admiraba al tiempo que le amaba.

No tardó en tener un taller, donde soltar aquella inquietud artística, que le acompañaba desde su infancia, por lo que el darse a conocer no fue difícil. Sus manos exteriorizaban aquella fuente inagotable de buen gusto y belleza. Sus obras están adornando espacios en muchos lugares del Bierzo y países bastante lejanos.

En cada momento de su vida, en su cabeza bulle sin cesar alguna idea, donde la escultura tiene siempre un lugar prominente, que sin duda le acompañará el resto de sus días. Así es ARTURO NOGUEIRA.

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