Es un "¿Te acuerdas de…?" el que encabeza los reencuentros que cada año protagonizan los Amigos del Barrio. Es un hilo que les une y les lleva directamente a una calle, a un negocio, a una familia...que conocieron en los años 50. «Siempre encadenamos unas cosas con otras y salen a relucir todos los recuerdos», explica Jaime de Vega, uno de aquellos chavales que crecieron en el entorno de las calles que por aquel entonces se llamaban General Moscardó, General Sanjurjo (ahora calle Diego Antonio González y avenida Valdés) y Ramón y Cajal y que, desde hace 23 años, se empeña en que aquella Ponferrada no desaparezca del todo.
Este 24 de octubre, los Amigos del Barrio volverán a sentarse juntos en el Ponferrada Plaza para celebrar su comida anual. Hay 42 apuntados, aunque en otras ocasiones han llegado a reunirse alrededor de medio centenar. El más joven supera los 75 años y el mayor, Lolo, hijo de La Cubana, tiene 94. Llegarán desde Gijón, A Coruña, el País Vasco, Madrid, Algeciras o desde sus propias casas de Ponferrada. Algunos regresan expresamente para la cita. Y volverán a hacer lo que hacen siempre: comer, reírse y recordar. A la pregunta Jaime recuerda con una visión clara. ve todavía la tienda de ultramarinos que su padre abrió en 1948, junto al bar Turón, en General Moscardó. «Famoso por el marisco por aquel entonces», apunta.
La familia había llegado a Ponferrada desde un pequeño pueblo de Zamora después de que dos primos de su padre le hablaran de las posibilidades que ofrecía Endesa. Era una familia de cinco hijos y aquella tienda acabó convirtiéndose también en un punto de encuentro para los muchachos del barrio.
Su padre había conocido la emigración. Con 18 años, en 1923, se marchó a La Habana para buscarse la vida antes de regresar años después. «Tenía una historia y, como todos, me lamento de lo poco que hemos hablado con nuestros padres», reconoce Jaime.
Ahora comprende mejor todo lo que había detrás de aquella vida. Su padre llevaba un libro en el que anotaba las actividades y trabajos que realizaba para sacar adelante a la familia. Una historia familiar que Jaime conserva en la memoria y que, de alguna manera, también forma parte de la historia de aquel barrio.
En las conversaciones sobre recuerdos, nombres propios como el de Jesús Martínez, «Chinita», propietario del concesionario Ford. Jaime lo recuerda como un hombre adelantado a su tiempo. «Tuvo la primera grúa telescópica de Ponferrada, que se la hicieron a él en un taller de Mieres». La máquina se averió y aquel emprendedor llegó a reclamar incluso en los tribunales para conseguir su reparación. Son historias que sobreviven precisamente porque alguien las recuerda y porque, cuando vuelven a juntarse, alguien pregunta por ellas.
O los hijos del Patatero, que tenían un taller y transportaban carbón. O los dos hermanos vascos cuya familia llegó al Bierzo en los años cincuenta para trabajar en la construcción de la presa de Bárcena. Muy religiosos, sobre todo de parte de madre, que cantaba con los jesuítas, vivían en Gómez Núñez y se marcharon de Ponferrada cuando apenas tenían 13 años. Pero siguen regresando a la ciudad para encontrarse con aquellos compañeros.
Jaime trabajó en Endesa y ha dedicado buena parte de su vida a una compañía que también marcó la de muchas familias del barrio. Pero cuando habla de aquella época, acaba regresando a quienes estaban detrás de aquellos muchachos. Recuerda que había familias con una posición más acomodada, como los Bodelón, los Tahoces o los Mariano Arias, y otras mucho más humildes que consiguieron sacar adelante a sus hijos y verlos progresar. «Los padres tenían mucha influencia en nosotros», reconoce. Quizá porque aquellos chavales crecieron viendo cómo sus padres peleaban cada día para salir adelante. Y esa pelea, considera Jaime, acabó teniendo también una influencia sobre ellos. «Las familias más humildes fueron las que tuvieron una descendencia mejor colocada», sostiene. Y entre recuerdo y recuerdo, lo que más duele son las despedidas.
La comida anual conserva la alegría del reencuentro, pero también tiene algo de inventario del tiempo. Porque algunos amigos ya no están y otros empiezan a faltar a la cita. Amancio y Susi Reimúndez no estarán este año. Sus nombres, sin embargo, aparecerán.
Como aparecen otros nombres cuando alguien pregunta «¿te acuerdas de…?».
Jaime dice que le han hecho saber que tiene que «mantener la llama». Y eso es exactamente lo que hace. Hace 23 años decidió volver a juntar a aquellos chavales que un día compartieron calle, juegos y adolescencia. Desde entonces, cada otoño, la llama vuelve a encenderse. Ya no juegan al fútbol en la calle ni corretean por aquella Ponferrada de los años cincuenta. Ahora llegan con el pelo canoso, las arrugas y una vida entera detrás. Porque la memoria, cuando se comparte, tiene una curiosa capacidad para borrar el tiempo. Y en esa mesa del Ponferrada Plaza, el día 24 de octubre, volverán a comprobarlo.
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