Del Samaín a la pesadilla de la Cultural

CONTRACRÓNICA | Ourense amaneció de resaca después de una multitudinaria celebración de Halloween, pero encontró motivos para la fiesta con un inesperado triunfo ante una Cultural que se hunde entre los gritos contra Jandro y la directiva

01/11/2026
 Actualizado a 01/11/2026
Los aficionados de la Cultural no fallaron a su cita con el equipo en el O Couto, aunque no terminó siendo la tarde más plácida.  DAVID RUBIO
Los aficionados de la Cultural no fallaron a su cita con el equipo en el O Couto, aunque no terminó siendo la tarde más plácida. DAVID RUBIO

Ourense era este domingo una ciudad de resaca. Y no precisamente por el fútbol. Su alcalde, el populista Gonzalo Pérez Jácome, parece haberse empeñado en que, si Vigo presume de tener las mejores luces de Navidad de España, Ourense tiene que presumir del mejor Samaín, que es como por estas tierras llaman al Halloween de toda la vida. Y hay que reconocerle que, al menos en lo que se refiere a movilizar a la ciudad, ha conseguido su propósito. El sábado por la noche las calles de Ourense fueron una fiesta multitudinaria, con disfraces, música y una participación ciudadana que ya quisieran para sí muchas otras celebraciones. El problema es que después de la fiesta siempre llega la resaca. Y este domingo se notaba.

La ciudad había amanecido con pocas ganas de juerga y todavía menos de fútbol. Aunque el tiempo parecía empeñado en llevar la contraria al calendario. Ourense tiene una importante comunidad de inmigrantes latinoamericanos y, a las cuatro y media de la tarde, cuando echó a rodar el balón, la temperatura era más propia del Caribe que de Galicia en pleno mes de noviembre. Un calor sorprendente que acompañó a los aproximadamente 300 aficionados desplazados desde León, que todavía confiaban en que su equipo les diera alguna alegría después de tantos disgustos.

Tampoco es que el ambiente futbolístico invitara al optimismo entre los locales. El Ourense llegaba al encuentro instalado en los últimos puestos de la clasificación, aunque sus aficionados se apresuraban a matizar que no eran exactamente el farolillo rojo porque estaban empatados a puntos con el Arenas. Un consuelo bastante pobre, pero consuelo al fin y al cabo. Los leoneses, por su parte, llegaban con la esperanza de que su Cultural reaccionara de una vez. Una esperanza que, visto lo visto, empieza a parecer más un acto de fe que otra cosa.

Porque el partido tuvo poca chicha. Muy poca. La Cultural, para no variar, tampoco jugó bien en Ourense. Ni fútbol, ni ocasiones, ni demasiadas razones para pensar que aquello pudiera terminar de otra manera que no fuera con un empate sin goles. Lo más interesante del encuentro no estaba precisamente sobre el césped, sino en la grada donde se encontraban los aficionados leoneses, cuyo malestar fue creciendo a medida que pasaban los minutos.

Más de 300 aficionados se desplazaron para terminar cantando el «¡Jandro, vete ya!» y el ¡Directiva, dimisión!

No había comenzado prácticamente la segunda parte cuando empezaron a escucharse los primeros gritos de «¡Jandro, vete ya!». El entrenador culturalista parece haber quemado su último cartucho y la paciencia de la afición se ha agotado. Pero lo verdaderamente significativo es que las protestas ya no se dirigían únicamente al banquillo. Al tradicional «¡Estamos hasta los huevos!», convertido desde hace tiempo en una especie de himno de la desesperación culturalista, se sumó otro cántico bastante más preocupante para quienes toman las decisiones en el club: «¡Directiva, dimisión!».

Y seguramente sea esto último lo que más inquiete en los despachos. Porque una cosa es que los aficionados pidan la cabeza del entrenador y otra muy distinta que empiecen a señalar directamente a quienes lo mantienen en el puesto. Jandro parece haber agotado su crédito y, si algo puede precipitar su salida, probablemente no sea tanto el fútbol que practica su equipo como el hecho de que el enfado de la grada haya empezado a subir un escalón en el organigrama.

Mientras tanto, sobre el terreno de juego seguía sin pasar prácticamente nada. El partido caminaba resignado hacia el 0-0, un resultado que tampoco habría servido para entusiasmar a nadie, pero que al menos habría evitado males mayores. Hasta que, en una de las escasas aproximaciones del Ourense, llegó la jugada que lo cambió todo. El árbitro señaló un penalti más que discutible, que terminó ratificando después de acudir al VAR, en una decisión que desató la indignación leonesa y en la que también pesó la presión ambiental de O Couto.

La pena máxima se transformó en gol en el tiempo de descuento y, de repente, todo cambió. El Ourense, que apenas había encontrado argumentos futbolísticos para soñar con la victoria, se vio celebrando un triunfo con el que seguramente ni sus propios aficionados contaban. Y la Cultural, que había viajado a Galicia buscando una reacción, regresaba con otro disgusto y con su entrenador más cuestionado que nunca. Los fantasmas resucitaron por la banda.

Así que Ourense volvió a estar de fiesta. No toda la ciudad, desde luego, porque la resaca del Samaín todavía duraba, pero sí al menos los aficionados que acudieron a O Couto y que encontraron en aquel penalti de última hora una excusa perfecta para prolongar la celebración del fin de semana. El sábado habían salido a la calle los fantasmas, las brujas y los muertos vivientes. El domingo, para los aficionados leoneses, el auténtico terror llegó a las seis y cuarto de la tarde. Y esta vez no había disfraz que valiera.

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo más leído