Nunca más volverá a sonar el teléfono con un saludo muy de Paco: “¿Señor Fernández? Aquí Alonso, de los Alonso de Viego”. Ha fallecido.
Era su forma de estar en el mundo. Tratando de llevar alegría alrededor, sembrar buen humor, recoger amistad… Y en la lucha leonesa encontró el caldo de cultivo ideal, su presencia en la grada se adivinaba fácil, allí dónde había comentarios jocosos, se conocía todos los detalles de los luchadores, se bromeaba. Era su forma de estar en el mundo. Y súmale la bondad de quien no quiere penas alrededor. Hace unos días estaba en el hospital: “Aquí ando a ver si me quitan de fumar”, expresión que significa mucho en quien había superado un cáncer. Pero un infarto le dobló, usando una expresión suya, que siempre se definía ‘por comparación’: “A Clemente le llaman El Junco porque es alto y delgado… a mí no; pero ninguno de los dos doblamos, eso nos une”.
Paco, de los Alonso de Viego, lo fue casi todo en la lucha menos luchador, “por no hacver daño a nadie”, argumentaba. Aficionado, árbitro, directivo, hermano del presidente del Colegio de Árbitros (Mundi), abuelo de luchador, el joven Fran,al que además de pasión por la lucha le inculcó su pasión en la pesca, que el chaval practica con maestría, y también es un luchador con gran futuro que ojalá mantenga la afición que su abuelo le quiso inculcar y hasta le habían buscado apodo de la tierra: El Roble Dorado de Viego., un chaval desolado hoy pues si Paco era bueno como amigo... n te cuento como abuelo.
Fue Paco, Pacorro para tantos amigos que deja, primero defensor de la rica historia luchística del Valle de Reyero, un lugar lleno de Alonsos y que siempre se hablaba de todos como colectivo, los de Reyero, ya fueran de Viego, Reyero o Pallide, con especial predilección por Baudilio, el domador de animales; Ramiro, el único que derrotó a Miguel en cinco años, o Eduardo, El Oso, por su nobleza.
Además de habitual en las gradas estuvo varios años ligado a la lucha como árbitro, campo en el que dejó su impronta de forma de hacer y de ser, de bondad. Sirva un ejemplo, en un recordado corro en Cistierna un luchador perdió los nervios y empujó a Paco, que cayó al suelo. Se esperaba un acta incendiaria, pero Paco prefirió dejarlo enfriar, esperar al día siguiente. En ese tiempo el luchador le pidió sincero perdón, habló con él, mostró su arrepentimiento y Paco redujo la caída al fruto de un resbalón: “Cualquiera tiene un calentón”.

Su anecdotario como árbitro, especialmente en los campeonatos de luchas celtas, daría casi para un libro, el más recordado lo cuenta muchas veces Barreñada, quien recuerda como Paco, que acudía como árbitro, enseñaba a las expediciones no españoles una expresión: “¡Árbitro, eres muy malo!”. Y remataba, “no hay como saber idiomas”.
Hay hoy un exluchador, en cualquier parte del mundo que esté, que lo estará pasando muy mal cuando se entere del fallecimiento de su amigo Pacorro: Es el africano Rowland Mountalá, que hizo una parada en su largo peregrinar en la comarca de Boñar, en Adrados, y encontró en Paco la amistad que tanto se necesita cuando te encuentras en tierras extrañas. El chaval, que atravesó el desierto de Libia a pie y falleció la mitad de la expedición, le habían atacado a punta de navaja en Marsella, siempre decía: “Pacorro es el mejor amigo del mundo”.
Y también buen cazador, buen pescador y mejor persona si escuchas lo que dice el corazón, aunque la boca cuente otra cosa.
Tenía razón ‘Roulan’ (como decía Paco), no era malo como amigo, ni mucho menos.
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