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Asomándose al desfiladero del Diablo

Asomándose al desfiladero del Diablo

EL BIERZO IR

Ubicación de la ruta de senderismo ‘Asomándose al desfiladero del Diablo’, en Google Earth. Ampliar imagen Ubicación de la ruta de senderismo ‘Asomándose al desfiladero del Diablo’, en Google Earth.
Francisco A. Ferrero | 01/04/2018 A A
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Asomándose al desfiladero del Diablo
Rutas de Nueve a Una Por el desfiladero de cerca de 9 kilómetros de longitud y 180 metros de desnivel vertical, circula el orgulloso río Ancares, que se hace patente con su sonoro discurrir empujado por la fuerte pendiente y un lecho pedregoso
Esta ruta inicia su andadura en el Puerto de Lumeras, a 1048 m snm. El puerto, conocido también como Alto de la Cruz, es la puerta de entrada desde la depresión de Vega de Espinareda al remoto Valle de Ancares.

Desde él se observa un amplio afloramiento de roca de edad ordovícico superior, conocido geológicamente como la ‘Cuarcita de Vega’, que se extiende oblicuamente desde la cresta del Amatua (también conocida como el “Castelo”), en la confluencia del arroyo de Lumeras con el río Ancares, hasta los alrededores del encuentro del río Ancares con el Cúa. Un afloramiento kilométrico que separa físicamente las cuencas de los ríos Ancares y Cúa y que presenta una gran majestuosidad en el puerto de Lumeras, conformando el Desfiladero de Diablo y Peña Piñera, donde las rocas se presentan perfilando un profundo escalón rocoso entre los localidades de Sésamo y Vega de Espinareda, que además contiene el mayor conjunto pictórico esquemático de arte rupestre de la provincia de León, con una antigüedad en torno a los 4000 años.

El camino va trazado sobre pistas forestales observándose, desde la altura, la parte final de valle glacial de Ancares antes de que el río se precipite en dirección sur, discurriendo por un profundo desfiladero limitado entre el monte Amatua y la localidad de San Martín de Moreda. Con cerca de 9 km de longitud y 180 metros de desnivel vertical, el orgulloso rio Ancares se hace patente con su sonoro discurrir empujado por la fuerte pendiente y un lecho pedregoso, convirtiendo al encajonado valle en un gran altavoz que emite el murmullo del agua. Durante el recorrido observaremos permanentemente sobre nuestro horizonte el caserío de Villarbón, e intuiremos la ubicación de la Bustarga, separados por tan solo 2 km en línea recta. Villarbón (Buen Villar), que aún tenía unos 150 habitantes en 1950, pasó a despoblarse en 1986. De igual manera, el cercano pueblo de La Bustarga, que contaba con 46 habitantes en 1950, ya no contaba con ninguno en 1981. En término La Bustarga, parece estar relacionada con ‘bustum’=rebaño, o con ‘bostar’= establo, significaría, por tanto, lugar propio para el ganado. La Bustarga se visitó con motivo de la realización del Catastro del Marqués de la Ensenada en abril del año 1753. Se indicaba que el pueblo pertenecía al Señorío de la Abadia del Real Monasterio de San Andrés de Espinareda, teniendo en aquellas fechas 40 casas habitables y 19 vecinos (incluyendo 2 viudas y 3 solteros).

Sobre Villarbón (situado a la cota 1100 m snm) se expresa el diccionario Madoz en 1845 en los siguientes términos: «Su clima es frío, y se padecen inflamaciones, dolores de costado y pulmonías. Tiene 30 casas y escuela de primeras letras dotada con 130 reales ; iglesia anejo de Lumeras (Santa Bárbara), y buenas aguas potables. El terreno es de ínfima calidad y de secano. Se construyen cestos y la población es de 26 vecinos y 130 almas».De la misma manera, sobre La Bustarga se escribe lo siguiente: «Su clima es bastante templado (a pesar de estar situado a la cota 900 m snm) , no padeciéndose otras enfermedades que fiebres gástricas y pulmonías. Tiene sobre 10 casas y una población de 10 vecinos y 48 almas. La industria y el comercio se reduce a dos molinos harineros suficientes para el consumo del pueblo, y a la venta de bellota en los años en que la cosecha lo permite, que compran los ancareses y demás pueblos limítrofes para la manutención del ganado de cerda».

Lo más destacable de esta ruta radica en la grandeza del paisaje y la superioridad de los rasgos geológicos. Caminamos por terrenos paleozoicos, por la fina línea que separa los periodos geológicos ordovícico y silúrico. El ordovícico está representado por un potente afloramiento de cuarcitas (la cuarcita de Vega) que corona el profundo valle por donde se descuelga el río Ancares. Adosado a ellas, el silúrico se manifiesta en forma de pizarras y esquistos negros y asalmonados, colonizados hoy con pino albar. El camino se desarrolla por un amplio pasillo abalconado de suelo rocoso, perfilado como cortafuegos, que separa el monte cubierto de brezo del pinar de repoblación. En los puntos señalados en el plano de la ruta aparecen sobre pizarras grises y asalmonadas una gran variedad de fósiles de graptolitos, los más característicos de las pizarras. Son de destacar la gran diversidad de especies juntas en una misma serie estratigráfica, así como su excelente estado de conservación. Ya se ha comunicado el descubrimiento al IGME y merece un estudio detallado.

El yacimiento está sobre el techo de las cuarcitas de Vega y en la zona de contacto con las pizarras adyacentes. También se localizan algunas zonas con pequeños braquiópodos. Todo ello viene a decir que estamos pisando unos terrenos que pertenecieron al sustrato de un remoto mar, hoy emergido y convertido en un hermoso paisaje. Aquí los esquistos y pizarras están también atravesados por diques de cuarzo con abundantes piritas. Los filoncillos de cuarzo que atraviesan los macizos cuarcíticos fueron objeto de investigación minera de oro, tanto en época romana, como en épocas posteriores, especialmente durante la primera década de los años cincuenta. Durante el recorrido veremos calicatas mineras recientes y restos fósiles de minería romana antigua. Terrenos lavados por la fuerza erosiva del agua al objeto de testear los terrenos blandos rojos en busca de oro, siguiendo los mismos patrones que otras muchas explotaciones mineras de época romana dispersas por todo el noroeste de la provincia de León.

A unos 3 km de iniciada la andadura, abandonamos el crestón rocoso que hasta el momento nos acompañaba y alcanzamos un pequeño collado donde se ubica una estrecha y alargada laguna de época romana. Tiene unos 200 m de longitud y se construyó adaptándola a la topografía del terreno, pudiendo llegar a almacenar entre 10-15 mil m3 de agua, con destino a desmontar y lavar los terrenos rojos adyacentes en busca de oro. Más adelante, el recorrido propuesto nos permitirá ver el desarrollo de los trabajos mineros. Se trata de labores antiguas realizadas durante el predominio del imperio romano consistentes en erosionar, con el uso del agua, los materiales de ladera o coluvión mediante procesos de zanjas-canal, recogiendo los metales pesados en canales de sedimentación, todo ello para testear la presencia de oro. Este metal noble procedía de las abundantes zonas de falla asociadas a las cuarcitas, donde se alojó el escaso oro por procesos hidrotermales. Se trata de un yacimiento con una génesis muy parecida al de las minas bercianas de oro de Castropodame y, por extensión, a la de toda la minería romana del Redondal.

Observando las fotografías aéreas de los vuelos americanos de los años 1945-1946 y 1956-1957, todavía se aprecia la existencia de un gran depósito circular de agua construido en los bordes de la explotación para alimentar los diferentes frentes de explotación, hoy ya desparecido como consecuencia de las repoblaciones forestales posteriores. Las nuevas pistas y cortafuegos también han desfigurado el canal de abastecimiento del depósito principal que, muy probablemente, se abastecía de fuentes cercanas. Durante la etapa final del itinerario haremos un recorrido perimetral por la antigua explotación minera de época romana.

Observaremos terrenos erosionados artificialmente por la acción el agua para hacer aflorar los frentes rocosos donde se alojaba el oro en su roca madre. También las zanjas y cárcavas producidas por la acción destructiva del agua al objeto de disgregar los sedimentos rojos que engloban los abundantes cantos de cuarzo, de diferentes tamaños, que podemos apreciar en los cortes verticales del terreno. Veremos desmontado todo un aluvión que se fue acumulando durante miles de años a favor de la pendiente hasta alcanzar los niveles estériles en oro, esto es, aquéllos en los que la tierra es homogénea y no presenta roca de ningún tipo. El camino de vuelta nos permite ver en la distancia gran parte de los núcleos mineros de Fabero, Otero de Naraguantes y la gran mina de carbón a cielo abierto conocida como La Gran Corta de Fabero. Desde la parte baja de los desmontes mineros ascendemos por un amplio cortafuegos hasta alcanzar la cabecera de la cuenca que desagua hacia el pueblo de Villar de Otero, oculto en el piedemonte.

La tierra descarnada de este camino en pendiente nos descubre el tipo de terreno que encontraron los técnicos romanos antes de emprender los trabajos mineros. La tierra roja, con abundantes piedras de cuarzo oqueroso, era señal de presencia de oro. Alcanzado el techo del empinado cortafuegos, a la cota 984 m snm, enlazamos con una amplia pista cubierta hoy de estériles de las minas de carbón. El negro camino nos dirige, entre antiguos pinares de repoblación, hacia el Puerto de Lumeras, inicio de este apasionante y solitario recorrido.
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