Una vez vi a Luis Enrique en un corro de chapas. Fue mucho antes de que el gijonés fuera nombrado seleccionador español de fútbol, antes de convertirse en esa mezcla perfecta de Guardiola y Mourinho, con todo lo bueno y todo lo malo de cada uno de ellos, que es hoy. Estaba entonces brotándole el antimadridismo que ha convertido en su seña de identidad, que tantos amigos y enemigos le ha procurado, pues acababa de ser repudiado por el Real Madrid, donde no fue más que un lateral derecho con ínfulas, y aún no era oficial, aunque sí más o menos público, su fichaje por el F.C. Barcelona, donde acabó convertido en una de las principales estrellas del equipo. En los dos clubes se besaba el escudo con idéntico sentimiento, aunque terminó odiando visceralmente a uno de ellos y siendo bendecido por el otro como heredero de un estilo de los que dicen que no han inventado el fútbol pero con la boca pequeña, porque en realidad creen que sí. Aquella primavera de su punto de inflexión, Luis Enrique entró al corro escoltado por un grupo de charoleros, especialmente henchidos para la ocasión, haciendo lo que mejor sabe: intentar pasar inadvertido de esa peculiar forma, tan asturiana, que termina consiguiendo llamar aún más la atención, la misma que ejerce ahora en los banquillos. El ambiente era el típico de los corros de chapas de antes, a finales del siglo pasado, cuando no eran del todo legales, la trapa medio bajada, en la puerta un tipo te miraba de arriba a abajo antes de dejarte pasar, un silencio roto solo por las perras al caer sobre el mármol y la sensación de que allí dentro estaba prohibido no fumar: renombrados médicos, adinerados constructores y banqueros engominados se jugaban los cuartos con la quincalla llegada de los barrios bajos no sólo de León, sino todas las provincias limítrofes. El baratero estaba simpático y, al darle las monedas, le espetó: «¿El nuevo fichaje del F.C. Barcelona va a tirar a caras o a cruces?». Sonrió en la medida que se lo permitió su mandíbula y, al poco, entró la policía para suspender el corro y disolver a aquel personal tan variopinto, mezclado pero no agitado. Luis Enrique se cubrió con una capucha y salía a la calle supongo que temeroso de protagonizar un escándalo, aunque la verdad es que los policías ni se fijaron en él y se centraron en intentar salir del paso y de la conversación, a buen seguro incómoda, que mantuvieron con unos de sus superiores, al que acababan de cortar la racha.
Hay muchos personajes fascinantes en la Semana Santa leonesa (Fulgencio Fernández ha entrevistado a algunos de ellos en la magistral sección ‘Cristos para una Cruz’) y hay también famoseo por las procesiones, los bares y los corros de chapas. Los rostros conocidos están ciertamente confiados con el uso de las mascarillas, aunque en León, con este elevado índice de jubilados por metro cuadrado, no es precisamente fácil pasar inadvertido. Que se lo digan a Matilde de Bélgica, que el pasado Jueves Santo debía suponer que aquí nadie la reconocería y menos aún oculta tras su pañuelo y su mascarilla. Pero el andar de reina, al parecer, se diferencia del caminar plebeyo, y su presencia en la procesión de María del Dulce Nombre empezó a llamar tanto la atención que los guardaespaldas la tuvieron que sacar de allí para que siguiera con su real peregrinación.
Otro de los famosos que nos ha visitado esta Semana Santa ha sido el mismísimo presidente del Gobierno. Viendo cómo estaban las calles y los bares, la verdad es que resulta perdonable que no se diera cuenta de que estaba en la ciudad en la que más se ha disparado la inflación de toda España. Otro liderato trágico. Siempre es de agradecer que Pedro Sánchez venga a León, aunque lo haga para dar mítines durante las campañas electorales, para protagonizar aventuras mediáticas o para disfrutar de la gastronomía. Será su forma de trazar en torno a la extrema derecha un cordón sanitario de estrella Michelín. Será su forma de descentralizar, esa palabra convertida en promesa que ya nace fracasada porque sólo puede terminar descentrando a quien se la crea. Será la manera que tiene de mostrar su apoyo a esta tierra, ya que en los Presupuestos Generales del Estado no terminamos de ver del todo claro el cansino «cuando el PSOE gobierna a León le va bien».
No sólo lamento no habérmelo encontrado por poder entrevistarle, por hacernos un selfie de postureo para las redes sociales, por hacerle un repaso de los proyectos que tiene pendientes con esta provincia (y de los goles que nos ha colado), por pedirle que me explicara lo que aquí se entiende por socialismo o para poder recomendarle restaurantes con más solera y menos glamour. Lo que siento de verdad, lo que me hubiera gustado, es acompañarle a un corro de chapas. Es un juego muy sencillo y él es una persona muy inteligente, así que no hubiera tardado nada en entender las reglas. Vistos sus antecedentes, la larga lista de sus víctimas, su forma de salir completamente ileso de las situaciones más complejas, cuando se me acercara el baratero para saber si me jugaba el dinero a caras o a cruces, le hubiera respondido: «¿Yo? A lo mismo que se lo juegue aquel punto tan alto y guapo».
Aquel punto tan alto y guapo
17/04/2022
Actualizado a
17/04/2022
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