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Aprender a vivir con la incertidumbre

Aprender a vivir con la incertidumbre

EL BIERZO IR

Incertidumbre, ilustración original de Raiss el Fenni, Tánger, 2006. Ampliar imagen Incertidumbre, ilustración original de Raiss el Fenni, Tánger, 2006.
Valentín Carrera | 20/04/2020 A A
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Aprender a vivir con la incertidumbre
Lo pequeño es hermoso [Opinión] ¿Cómo hicieron nuestros abuelos? Quizás -practicaban la ley del quizás, eran previsores y guardaban la cosecha, dosificaban, no eran sedentarios, comían sano, no dilapidaban los bienes de la Naturaleza
Se lo escuché por primera vez a Pepe Álvarez de Paz. Tuvimos conversaciones inolvidables revisando las galeradas de su libro Nombres propios. Cuando digo «conversaciones» quiero decir que yo preguntaba tal duda, y él, con su grave enfermedad a cuestas y su infinita paciencia, charlaba mediante largas notas escritas a mano en papeles al azar, al dorso de un folio o en mi libreta. Bendita conversación.

Un día le visité en el hospital, recién operado, ¡otra vez!, y no solo sonreía contento, sino que me dio ánimos a mí, que no me duele nada: «Hay que aprender a convivir con la incertidumbre», me dijo. Desde entonces he meditado muchas veces esta lección de vida de Pepe (y Teresina, porque es cosa de dos), y me parece oportuno recordarla ahora, en tiempos de pandemia.

El tótem mágico del siglo XXI es «seguridad». Queremos que nuestras casas tengan alarma conectada 24h al Pentágono; que las calles y los centros comerciales sean seguros, multiplicando policía y guardaespaldas. Anhelamos tener siempre a mano el botón del pánico, por si acaso.

Seguridad y confianza ciega: si tal porquería está en el super -por ejemplo, una vistosa fruta tratada con pesticidas o un jamón de macro granja, de cerdos cebados con más antibióticos que pienso-, despreocúpate, lo puedes comer con seguridad y mucha fe. Si el médico te lo receta, ándale, ándale; no leas el prospecto, no preguntes los efectos secundarios, no vayas a joder el negocio de las multinacionales farmacéuticas.

Y por supuesto, está la Seguridad Social, el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Somos la primera generación que disfruta de sanidad y pensión; no es gratis, pues ha sido cotizada, pero sí es novedosa: nuestros abuelos y abuelas, y la humanidad entera, solo conocieron lo incierto ante la enfermedad, el dolor, el hambre o la muerte y ante el día de mañana. Convivían con la incertidumbre, equilibristas sin red en el alambre de la vida.

Pero, en pocos años, nos hemos instalado en lo que Brené Brown llama la zona de confort. Un lugar donde creemos tener algún control. Mi casa es mi castillo, mi país es la ciudad amurallada de Schengen; y vengan rayos y truenos, o caigan los inmigrantes en el foso mediterráneo, que estamos a salvo, con la nevera llena y calentitos, amén de la wifi y Netflix. Antes de que el coronavirus nos confinara, nosotros mismos nos habíamos confinado en fortalezas indestructibles: puertas blindadas, rejas, alarmas, seguro de vida, seguro de muerte, seguro a todo riesgo. ¡A todo riesgo! Hasta el nombre es mentira. Ninguna compañía asegura el miedo.

Fue necesaria esta pandemia para que el teatrillo de la falsa seguridad se derrumbe y nos coloque frente al incómodo espejo: la única certeza que tenemos es la incertidumbre, «esperar lo inesperado» en expresión de Allison Carmen, autora de La ley del quizás.

El modo Quizás -que Allison define como un lugar, una filosofía, una semilla, un elixir mágico- invita a vivir la vida como una permanente oportunidad de crecimiento personal. ¿Incluso en cuarentena? ¡Precisamente en cuarentena!

No podemos pretender que el Estado sea nuestra niñera: no me refiero a la necesaria protección social de los más débiles, sino a la irresponsabilidad de confiar nuestras vidas en manos ajenas, sean las del Banco, las de Google o las del Estado, a cambio de acunarnos en su zona de confort.

La distopía del Cuerno de la Abundancia nos vende con lazo y celofán, y a crédito, una seguridad de cartón piedra, todos sanos y con sonrisa profidén, hasta que viene un maldito bicho, abre con la llave de su proteína S la cerradura de nuestra proteína ACE2, obliga a las células de nuestro cuerpo a fabricar millones y millones de copias del virus mediante la síntesis de su ARN, colapsa nuestro sistema inmunológico; y en pocas horas, a tomar por saco Disneylandia. Todos calvos e inseguros.

¿Cómo aprender a vivir con esta inseguridad, tal vez sin trabajo o sin sueldo? ¿Cómo hicieron nuestros abuelos? Quizás -practicaban la ley del quizás- eran previsores y guardaban la cosecha, dosificaban, no eran sedentarios, comían sano, no dilapidaban los bienes de la Naturaleza; y conocieron la palabra ahorro, que se nos ha caído del vocabulario. Aceptaban el destino incierto, la vida y la muerte, con naturalidad y compasión.

La respuesta a esta pandemia -y a las que vendrán, porque vendrán más- es el consejo de Álvarez de Paz: «Aprende a vivir con la incertidumbre», como hicieron nuestros abuelos, y como han hecho él, mi hija Sandra y miles de luchadoras como ella. El cáncer o la leucemia les han enseñado a convivir con la incertidumbre, con la ley del quizás; y ahora, cuando nos creíamos tan seguros en el castillo de Schengen, tan a salvo de ébolas y pestes, nos toca a todos los demás recorrer ese camino desconocido sin red. La vida es cambio y cuando el cambio llama a la puerta no hay botón del pánico que valga. Que no nos sigan mintiendo los vendedores de miedo: la seguridad no existe. Tendremos que salir de la zona de confort y aprender a vivir con la incertidumbre. La primavera avanza.
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