Hay una máxima que tristemente he comprobado que se cumple siempre, para una madre que entierra a un hijo también se acaba su vida, aunque sigan viviendo y para ello se aferran a algún acicate para levantarse cada día. En el caso de Toñi —la madre de uno de los seis muertos en el accidente de la Hullera Vasco Leonesa en 2013—hay dos alicientes fundamentales, su nieta, la niña que tenía 40 días cuando murió su padre y la esperanza de que un día se haga justicia con Manolín y los otros cinco fallecidos en Tabliza.
«La niña ya va al instituto», dice Toñi, que se le encienden los ojos cuando habla de ella. Lo de la justicia es una injusticia cruel, que apaga el brillo de sus ojos. Doce años esperando desde el accidente; dos años y siete meses desde que quedó visto para sentencia... «y lo peor es que no vemos la salida».
Aquel 28 de octubre de 2013 se truncó la vida de Manolín Moure, su hijo, y la de Toñi, que estaba feliz con su vida, su familia, el buen puerto hacia el que la llevaba el camino de esta mujer nacida en Almagro. «Mi padre era pastor y allí no había futuro. Así vino para trabajar en la Renfe en Villamanín, con el tiempo le acompañamos. El siguiente destino era Ciñera, allí conoció a Manolo Moure, su marido, siempre a su lado, que la llama Toñita... «Él estuvo 35 años en la mina y no queríamos que Manolín fuera minero. Él entró en el Ejército, le gustaban esa vida pero cuando la guerra de Bosnia le pedimos que no fuera y vino para casa; después aprobó para la Guardia Real, pero sin plaza... y dijo: Voy a la Vasco, no queríamos pero...».
Y se nota en su rostro cómo Toñi va pasando la película de los recuerdos... «Manolín era la alegría de la casa; los tres hijos son buenos, pero él era pura alegría; llegaba a casa, me abrazaba, me sacaba por el aire; nos contaba, lo feliz que era con aquella niña y...».
Y... llega al 28 de octubre de 2013. Al dolor de la pérdida se suma la rabia por ese juicio al que Borges haría un hueco en su ‘Historia Universal de la infamia’.
