Un pastor muy luchador

Sergio López, La Saeta de Grandoso, es uno de los luchadores con más futuro y ya ganador de corros; estudiante de Veterinaria después de hacer Forestales, amante de la naturaleza, se sumó voluntario al rebaño de José Manuel con el que ayer entró en Prioro

21/06/2026
 Actualizado a 21/06/2026
Sergio López, La Saeta Rubia de Grandoso, con el rebaño trashumante de José Manuel acercándose a su parada en la fiesta de la trashumancia de Prioro.
Sergio López, La Saeta Rubia de Grandoso, con el rebaño trashumante de José Manuel acercándose a su parada en la fiesta de la trashumancia de Prioro.

Es uno de esos tipos que todo el mundo quiere en el circuito de la lucha leonesa, Sergio el de Grandoso; nieto de otro paisano al que todos admiran, Amable. Y, encima, buen luchador, siempre deportivo, que mira con ojos de listo para aprender, de los que dan espectáculo. Luchador revelación y el año pasado aspirante a ganar la Liga hasta que una lesión le mandó "al taller"...

Ese cariño, esa cercanía y el reconocimiento de la calidad se convirtieron en uno de esos apodos de tronío: La Saeta Rubia de Grandoso. Para los no futboleros o demasiado jóvenes este apodo lo llevó el gran Alfredo Di Stéfano

Habitual ganador de la carrera en madreñas de Boñar, de los que anda por el pueblo con ellas; amante de las tradiciones, de llevar el pendón, y de la naturaleza. Primero hizo Forestales en Ponferrada -la tradición familiar- y ahora estudia Veterinaria. Va a ser lo suyo... seguro. 

Ésa querencia a los animales le llevó el año pasado a preguntar ¿cómo se apuntaban los pastores voluntarios de los rebaños trashumantes? Este año se apuntó en el de José Manuel con el que entró feliz en Prioro, en la fiesta de la trashumancia. Y cuentan que José Manuel aún más feliz de incorporar a un ‘pastor’ como  Sergio en su cuadrilla.

Promesa de la lucha, ganador de carreras en madreñas, futuro veterinario... se sumó voluntario de pastor

Este sábado entraron todos juntos, eran los protagonistas de la fiesta de la trashumancia que ‘la saeta’ miraba con esos ojos enormes que parecen hablar. O, cuando menos, aprender y entender. 

 

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