Magdalena la de Mansilla, mujer rural, repostera, artesana y madre

Activa a los 89 años, bromea con que cuando le pusieron su nombre ya la encaminaron a la repostería, pero primero se dedicó a la fruta, después a atender a sus 10 hijos y a la Cafetería Alonso que abrió con su marido

18/10/2026
 Actualizado a 18/10/2026
Magdalena Martínez Díez acude cada tarde al piso superior de la cafetería y disfruta realizando sus trabajos de artesanía. | FULGENCIO FERNÁNDEZ
Magdalena Martínez Díez acude cada tarde al piso superior de la cafetería y disfruta realizando sus trabajos de artesanía. | FULGENCIO FERNÁNDEZ

Es feliz circunstancia de fechas. Que el día de la Mujer Rural coincida en la semana que llega a estas páginas Magdalena Martínez Díez abunda en la oportunidad de su presencia, pero es evidente que su biografía, sus muchos años de trabajo y la vida activa con la que se acerca a los noventa años (tiene 89) hacen que Magdalena sea una de esas biografías, tal vez demasiado anónimas, que se hace imprescindible contar.  

Si empezamos por el final, que muchas veces es muy esclarecedor, si llegas a la Cafetería Confitería Alonso por la tarde te contarán que «Magdalena está arriba». Arriba es una especie de desván mágico del tiempo en el que esta mujer de 89 años esta a los mandos de una máquina de coser, remata sus obras de artesanía con aguja y dedal, en las paredes están muchas de sus obras de patchwork, más máquinas de coser, telas, cuadros y una placa que recuerda el homenaje que recibió de sus compañeras del taller de patchwork. 

Pero, cuenta Magdalena, esta afición artesana solo es un entretenimiento de jubilada, desde hace 24 años, porque «no me gusta estar de más».

Y tanto «no le gusta» estar quieta que muchas mañana va hasta el obrador de repostería de la Confitería Cafetería Alonso, en Mansilla, «seguramente solo para enredar y darles guerra; pero si me dicen que haga algo para entretenerme pues ayudo y me siento bien. Ahora, también te digo que lo que hago... lo hago bien, que me gusta ser muy perfeccionista, desde siempre». Y para demostrarlo muestra uno de sus trabajos más recientes y te reta: «Mira las puntas, y todo, bien rematadas, perfectas».

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Magdalena, de 89 años, rodeada de sus trabajos, en la pared uno de los que más le gusta, y también de varias máquinas de coser, planchas... | FULGENCIO FERNÁNDEZ

Y lo está. «Ya son muchos años los que tengo para cambiar ahora».

- ¿Cuántos años?
- Cerca de 90, concretamente 89.

- ¿Eres de Mansilla?
- No, para aquí me trajo el marido, que sí era de este pueblo que ahora también es el mío. 

Magdalena —«parece que me pusieron el nombre sabiendo que iba a ser repostera», bromea—nació en Santovenia de la Valdoncina, en una familia muy numerosa, y antes de ‘desembarcar’ en Mansilla también vivió con sus padres en Palanquinos.

- ¿Cómo fue lo de ennoviar en Mansilla?
- No es porque yo sea de allí, pero las de Santovenia éramos las más guapas; dice con una mírada socarrona por encima de las gafas y sin dejar de coser.

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Magdalena Martínez Díez, realizando sus trabajos de artesanía. | FULGENCIO FERNÁNDEZ

Se casó, se fue a Mansilla y pronto «empezó a crecer la familia, que tuvimos diez hijos y todos bastante seguidos. Mi marido se dedicaba a la fruta pero lo tuvimos que dejar porque si marchaba con el camión yo ya no me arreglaba con la casa y los niños que iban naciendo; y ya ni te cuento si era yo la que salía. Que criar a diez hijos no es cualquier cosa, es el trabajo más duro, pero también el más bonito, lo haría las veces que fuera necesario».

Y fue entonces, en 1979, cuando decidieron abrir la Cafetería Confitería Alonso, un clásico del comercio en Mansilla, donde sigue abierta, ahora en manos de sus hijos... y son su ayuda.

- Además de la intuición de tus padres de llamarte Magdalena, ¿se te daba bien la repostería?
- Sí se me daba bien, pero no para dedicarme de manera profesional. Pero ya te he dicho que soy muy perfeccionista, que me gustan las cosas bien hechas, e hice muchos cursos para formarme. Sobre todo, fui a clase a León con Santiago  Pérez, en la Academia Saper, que eso es algo que tuvimos en León y yo creo que no supimos valorar, era buenísimo Santiago. Yo aprendí mucho». 

Y lo saben bien los clientes de ‘la casa, que ha sido uno de los referentes de la repostería y lo sigue siendo, ahora en manos de sus hijos. Al hablar de ellos se le nota cómo la embarga esa pena de las madres que tienen que enterrar a un hijo. A Magdalena le ha ocurrido con uno, Ángel, «que tuvo en Mansilla La taberna de Gelo, era un chaval encantador, nadie te hablará mal de él».   Yya en la jubilación, desde 2001, encontró el hobby en el patchwork, en el que también es una perfeccionista.

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Magdalena con sus diez hijos, uno de ellos, Ángel, ya fallecido. | ARCHIVO FAMILIAR

- ¿Lo habías hecho antes?
- Tenía más cosas que hacer y no conocía ni la palabra. Pero sí es cierto que desde niña siempre me gustó la costura, pero encaminada a hacer prendas de ropa o atreguaras. Pero a partir de encontrar en un antiguo baúl unas almazuelas que habían hecho mías abuelas me di cuenta de que la costura podía ser menos práctica y más creativa y así me fui introduciendo en este mundo del patchwork. Y para seguir, que no me gusta estar de más.  

 

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