En ocasiones, la naturaleza es caprichosa y demuestra que poco vale la mano del hombre. Son contadas ocasiones, como las de este caluroso verano, en la que deja que nuestras miradas vean aquello que lleva más de seis décadas anegado bajo las aguas del pantano de Luna. Grandes piedras, losas, y muros entre los que se intuyen casas, calles, lindes de aquellos pueblos que fueron devorados por el embalse. Troncos de árboles que salen por fin a la superficie dejando entrever casi los restos de un macabro naufragio, de unos pueblos y tierras que hacen años que no existen.
La sequía es más que evidente, dibuja en el suelo un cuarteado mosaico, duro, áspero y seco. Caminos polvorientos en los que se marcan las huellas de caballos y yeguas, las pisadas del algún perro mastín. La naturaleza y la vida siguen su curso, y así pueden apreciarse tímidos brotes verdes, hierbas y plantas que salen a la luz en lo que, años atrás, no eran más que lodos anegados.
Hace más de seis décadas se ponía en funcionamiento este embalse, siendo inaugurado por el propio Franco, en 1956. El objetivo no era otro que garantizar el regadío en el páramo leonés. Bajo sus aguas quedaron anegados 16 pueblos, algunos parcialmente: Arrévalo, Campo de Luna, La Canela, Casasola, Cosera, Lagüelles, Láncara de Luna, Miñera, Mirantes de Luna, El Molinón, Oblanca, San Pedro de Luna, Santa Eulalia de las Manzanas, Trabanco, Truva y Ventas de Mallo. Años después, el embalse de Luna afronta uno de sus peores años, y es que muy pocos recuerdan otro verano como este.
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