Sí quedan los enigmáticos perdones, que se venden por toneladas en el pasillo del Santuario y que reciben como ofrenda las autoridades. Que aunque llegan en coche oficial, no hurtan el beso al manto de la Virgen del Camino, ni se resisten a tocar las narices al Santo, quién sabe con qué secretos deseos. Los de los ayuntamientos del Voto irán para la Sobarriba, fervorosa tierra que quizá sea la más orgullosa de esta fiesta y la de mayor sentir en el recogimiento de la misa, a la que no falta autoridad alguna, de ningún estamento. Cirio en mano, la devoción ordena en largas colas a los feligreses que no dejan la basílica sin presentar su ofrenda a la Virgen.
Y al salir de la basílica, miles de paisanos y paisanas, paisanines y paisaninas, de Sahagún a Villablino, de Priorio a La Baña, entran en franca liza Y al salir de la basílica, miles de paisanos y paisanas, paisanines y paisaninas, de Sahagún a Villablino, de Priorio a La Baña, entran en franca liza con sus telas de damascos y los malabares con los pendones, con las jotas y cantares, con las zapatetas y revueltas, con el chocar de los callados contra el firme, en resumen, con todo elemento de un cortejo que se plantó en la campa de la basílica presumiendo de colores y de buen humor.
Porque hecha la penitencia, solicitado el favor del santo, saludados los vecinos y cortejados los amores, la fiesta seguirá con sabor a pulpo a feira y ritmo de Camela, con compras en el mercadillo y al final de la tarde con la pena de que las tradiciones vayan de año en año. No queda otra salvo volver a casa a la luz del cigarro y si es posible con una flor en la mano.
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