Hay nombres que no necesitan apellidos para ser recordados. Y luego están los que, aun teniéndolos, se pronuncian con un respeto especial porque evocan algo más que una persona. José Luis Gómez García pertenece a esa segunda categoría: la de quienes dejan una huella profunda, silenciosa y duradera.
Nacido en Porqueros de Cepeda, José Luis fue, ante todo, un leonés de pura cepa. De los que no necesitan grandes discursos para explicar quiénes son. De los que llevan la tierra en la forma de mirar, en la manera de trabajar y en el modo de relacionarse con los demás. Un paisano sencillo, como su propio nombre indica.
Quienes le conocieron no hablan de cifras ni de logros empresariales en primer lugar. Hablan de su forma de ser. «José Luis es el personaje más fácil de definir de esta tierra: es un hombre bueno», repiten sus amigos. Y en esa frase cabe todo. Porque en tiempos donde abundan los matices y las dobles lecturas, ser un hombre bueno es quizá la definición más rotunda y más difícil de alcanzar.
Casado con Victorina Pérez García, extraordinaria mujer que trabajó junto a él y siempre fue un pilar consistente en los momentos de dificultad. Juntos construyeron no solo una familia, sino un modo de entender la vida. Y lo hacían sin aspavientos, sin necesidad de demostrar nada, simplemente estando.
Era discreto. De los que escuchan más que hablan. Amigo de sus amigos, de los de verdad, de los que están cuando hace falta. Su imagen por fuera representaba exactamente lo que era por dentro: cercanía, nobleza, autenticidad. José Luis era un hombre generoso de los de verdad y, por eso, disfrutaba abriendo su casa a los demás.
Y, sin embargo, ese hombre sencillo fue también el fundador de Patatas Hijolusa, una empresa que hoy lleva el nombre de León por todos los hogares. Porque hablar de patatas en el mercado nacional e internacional es, inevitablemente, hablar de Hi-jo-lu-sa. Cuatro sílabas que encierran décadas de trabajo, esfuerzo y visión.
José Luis Gómez fue un empresario de los de antes, de los que creían en la palabra dada. Para él, el mejor contrato era un apretón de manos. Hombre de principios, luchador incansable, trabajador sin descanso, supo ver en la patata no solo un producto, sino una oportunidad para generar riqueza, empleo y futuro.
España ha dado grandes referentes empresariales como Amancio Ortega o Isidoro Álvarez, figuras admiradas y reconocidas, pero José Luis representa otro tipo de liderazgo, igual de valioso y quizás más cercano: el del empresario industrial ligado al territorio, el que crea valor desde lo local, el que genera impacto directo en su gente, en su entorno, en su tierra.
Hoy, más de 1.100 familias viven gracias a ese camino que él comenzó. Y ese es, probablemente, su mayor legado. Porque levantar una empresa es importante, pero hacerlo de tal forma que ofrezca un proyecto de vida a tantas personas es algo que trasciende lo empresarial y entra en lo humano. En un tiempo en el que a muchos empresarios se les imagina trajeados, distantes, incluso presumidos, José Luis no era de esos. No necesitaba aparentar. No necesitaba elevar la voz. Su autoridad nacía de su coherencia, de su ejemplo diario.
Disfrutaba y sufría a partes iguales con la Cultural y Deportiva Leonesa y con el Real Madrid, como tantos leoneses que viven el fútbol desde el corazón. Porque, al final, eso también le definía: era uno más. Nunca dejó de serlo.
Con la celebración del Premio José Luis Gómez al Compromiso, que se entrega este viernes en el Hostal de San Marcos, León no solo recuerda a un empresario: recuerda a una forma de ser, a un hombre que hizo del trabajo una virtud, de la humildad una bandera y de la bondad su mayor seña de identidad. León está en deuda con este hombre bueno. Y quizás la mejor manera de saldarla no sea solo recordarle, sino intentar parecerse todos un poco más a él.