El incendio que empezó en el Condado obliga a desalojar a más de 200 personas

El fuego, declarado en San Cipriano del Condado, ha obligado a desalojar Santa María del Condado, la urbanización Montesol, Castro del Condado y Barrillos de Curueño

30/07/2026
 Actualizado a 30/07/2026
Urbanización de Montesol, en Santa María del Condado. | F. OTERO
Urbanización de Montesol, en Santa María del Condado. | F. OTERO

Alrededor de 200 personas tuvieron que ser desalojadas oficialmente este miércoles como consecuencia del incendio forestal declarado en la zona del Condado. El Centro de Coordinación Operativa Integrado (CECOPI), tras la activación del nivel 2 de peligrosidad (IGR-2), ordenó primero la evacuación de la urbanización Montesol, en Santa María del Condado, con unas 130 personas trasladadas al colegio de Villaobispo; posteriormente fueron desalojados medio centenar de vecinos de Castro del Condado, acogidos en el polideportivo de Villanueva del Condado, y finalmente, los habitantes de Barrillos de Curueño, para quienes se habilitó el pabellón de La Vecilla. Son los datos oficiales. Pero cualquiera que conozca la realidad de estos pueblos sabe que dificilmente reflejan la verdadera dimensión de la tragedia humana. 

Porque el incendio no llegó un día cualquier. Llegó a finales de julio, cuando el Condado recupera buena parte de la población que pierde durante el invierno. Regresan hijos y nietos, se llenan las segundas residencias y las calles vuelven a tener el bullicio que caracteriza al verano. En estas fechas, cada vivienda alberga muchas más personas de las que figuran en el padrón. Por eso, detrás de esos 200 evacuados había, en realidad, cientos de familias pendientes del teléfono, preguntándose si podrían volver a casa esa misma noche o si el fuego les obligaría a contemplar desde la distancia cómo desaparecía el paisaje de toda una vida. 

Todo comenzó poco después de las dos de la tarde en la zona de Represa, en los alrededores de San Cipriano del Condado. Lo que inicialmente parecía un incendio forestal más cambió radicalmente cuando el viento empezó a empujar las llamas con una violencia extraordinaria. El frente avanzó rapidamente hacia el norte, alimentado por el combustible vegetal acumulado durante semanas de calor y sequía. Ni siquiera la carretera de Santander fue capaz de detener su avance. El fuego la cruzó con facilidad, obligando a ampliar un y otra vez el perímetro de seguridad y a ordenar nuevos desalojos conforme aumentaba el riesgo para las poblaciones cercanas. 

Las imágenes que dejó la tarde fueron propias de las jornadas más duras que se recuerdan en la provincia. Columnas de humo visibles a decenas de kilómetros, helicópteros descargando agua de manera ininterrumpida, carreteras cortadas, sirenas, vecinos sacando vehículos de los garajes y familias abandonando precipitadamente sus casas con apenas una mochila y la incertidumbre de no saber qué encontrarían cuando pudieran pasar. 

El momento más angustioso se vivió en Castro del Condado. Allí el fuego alcanzó el casco urbano. Los alrededores del pueblo quedaron arrasados y dos viviendas terminaron calcinadas. Durante horas, el viento cambió constantemente la dirección de las llamas, multiplicando la sensación de incertidumbre entre unos vecinos que observaban impotentes cómo el incendio se acercaba a sus casas. 

Pero si algo merece quedar grabado cuando el humo desaparezca será la respuesta de los propios habitantes del Condado. Mucho antes de que el operativo consiguiera estabilizar la situación, decenas de vecinos salieron espontáneamente con palas, desbrozadoras, motosierras, tractores y cubas de agua para intentar proteger sus pueblos. Nadie les pidió que lo hicieran. Simplemente entendieron que no podían quedarse mirando mientras ardía aquello que sienten como suyo. 

Es una escena que se repite generación tras generación en el medio rural leonés. Frente al fuego no hay discursos políticos ni ideologías. Solo personas defendiendo el lugar donde han nacido, donde crecieron sus padres y donde esperan que también puedan crecer sus hijos. El monte forma parte de esa identidad. No es únicamente un recurso forestal ni un espacio protegido. Es el escenario de miles de paseos, de jornadas de trabajo, de meriendas familiares, de rutas en bicicleta y de tardes de otoño buscando setas. Es una parte inseparable de la memoria colectiva del Condado. 

Por eso duele tanto verlo arder. Porque estos montes figuran entre los paisajes más hermosos de la provincia de León. Porque forman una transición priviligediada entre la ribera y la montaña, porque constituyen uno de los grandes pulmones verdes del centro de la provincia y porque representan un patrimonio natural que ha tardado décadas en crecer y que puede desaparecer en apenas unas horas. 

Cuando el incendio quede extinguido llegará el momento de calcular las hectáreas quemadas, evaluar daños materiales y depurar responsabilidades si las hubiera. Todo eso será necesario. Pero también convendría recordar la imagen que dejó este miércoles el Condado: la de un territorio entero movilizado para defenderse. La de vecinos ayudando a vecinos sin preguntar de quién era cada finca. La de quienes renunciaron a proteger únicamente su casa para intentar salvar también la del de al lado. Y la de la falta de medios. "Escribe David, escribe que vengan más medios. ¿Dónde está la UME?"

Porque, al final, los incendios no solo ponen a prueba la eficacia de los medios de extinción. También miden la fortaleza de una comunidad. Y el Condado, y el Curueño, volvieron a demostrar que, cuando las llamas amenazan su tierra, sigue respondiendo como siempre lo ha hecho: unido.  

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