Nada que ver. Donde aún viven los bolos también han muerto los viejos bolos. Nada que ver.
Cuando la mano es fija y a once metros, ¿qué queda de aquellos viejos zorros que estudiaban a todos los integrantes del equipo rival, sus edades y fuerzas, y llevaban la mano lejos o cerca según el resultado del estudio?
Cuando se pisa y repisa el castro, ¿qué queda de aquellos virtuosos que eran capaces de jugar no solo con el bolo del siete, también con las piedras esparcidas por el suelo que pueden ayudar o estorbar el camino hacia el 'ahorcao'?
Cuando cada jugador lleva sus propias bolas, ¿qué queda del rito de dejar escoger las más pesadas a los fuertes y dejar las bolas ligeras para los chavales que quieren dar sus primeros pasos en este juego?
Cuando se necesita una bolera cubierta, ¿qué queda de la tradición de esperar a la salida de misa para pinar y empezar?
Cuando miras las viejas estampas del juego y las actuales de los campeonatos solo hay una respuesta: nada que ver.