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Volar, volar, lo que se dice volar, no vuelo

Volar, volar, lo que se dice volar, no vuelo

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Pablo Pineda y El Langui en el programa ‘Donde comen dos’. Ampliar imagen Pablo Pineda y El Langui en el programa ‘Donde comen dos’.
| 20/05/2019 A A
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Volar, volar, lo que se dice volar, no vuelo
Lo pequeño es hermoso Por Valentín Carrera
Es una canción hermosa: «Volar, lo que se dice volar, volar… no vuelo. Pero desde que cambié el palacio por el callejón, desde que rompí todas las hojas del guion, si quieres buscarme mira para el cielo». La letra es un poema de El Kanka, que también toca los acordes a la guitarra, y si canta la voz mágica de Rozalén, entonces, vuelas. ¿Probamos a tararearla juntos?
En esta campaña electoral, aturdidos por abrazafarolas y vendedores de crecepelo, necesitamos alzar el vuelo, sentir juntos, mirar lejos; necesitamos llorarnos y abrazarnos de verdad, sin miedo. ¿Para cuándo en los programas municipales una Escuela de Abrazos?

Una tarde de verano, mi hija Sandra comentó:

—Este fin de semana voy a participar en el movimiento «abrazos gratis». Salimos por las calles en grupo y damos abrazos a desconocidos, solo para regalar afecto, que la gente está muy necesitada.

Aquella semana, Sandra ingresó en el hospital con leucemia. El sábado a mediodía encontré a su pandilla de abrazadores en la plaza del Obradoiro: quince o veinte adolescentes sonrientes, llenos de vida, con un cartel: «Damos abrazos gratis».
—Sandra tendría que estar hoy aquí con vosotras —les dije, y me eché a llorar sin acertar a explicarles por qué no estaba. No hizo falta explicar nada: me rodearon y me abrazaron todas a una, y aún siento la fuerza de su tacto y la energía de sus besos cargando mis pilas agotadas.

Nos abrazamos y nos tocamos poco y mal. Una larga condena de represión y castigo religioso ha convertido la piel en territorio prohibido. La mujer-eva es el origen de todos los males y el sexo fuente de todos los pecados. Prohibido: no te comas la manzana. No se menciona, no se habla. No se toca. No se mira. No se piensa: en la catequesis nos enseñaban a auto-acusarnos de los malos pensamientos. ¡Qué perversidad! ¡Qué delirio!

La prohibición del cuerpo ha causado estragos emocionales a la humanidad. Nos han adiestrado para rechazar el cuerpo humano y su desnudez, algo tan sencillo y natural. La belleza del cuerpo desnudo no está en las arrugas y verrugas, en las pieles flácidas o las tetas caídas, sino en la naturalidad, en la aceptación: el deforme Quasimodo era hermoso a los ojos de la hermosa Esmeralda.

Con los niños practicamos esta naturalidad y esta aceptación, ¡qué bonito besar un culete de bebé!, pero luego todo van siendo tapujos y trampantojos, velos y nikabs. Pero no quiero hablar hoy de sexo, sino de la gramática emocional de la piel, del código de circulación de los besos y de los abrazos: dirección única, carril doble, bese a la derecha, roce a la izquierda, cruce peatonal, sonrisa disuasoria, abrazos gratis.

Me pregunto por la pobreza emocional en que viven esas personas a las que sus creencias o su educación o la dictadura clerical de su país les han negado la seda del tacto, la caricia del beso, la dulzura de la piel, la energía de las palmadas resonando sobre las costillas como alegres tambores, como los claros clarines de Rubén Darío, una batería de poros que se abren y se ofrecen y se regalan.

¡Qué poco y qué mal nos abrazamos! Pesan más los prejuicios, las represiones, los miedos, la frialdad, las distancias, la gélida distancia corporal de la fingida buena educación: el beso de mentirijillas, el apretón de manos grimoso (leve; si es un estrujón cojonudo, empieza a ser pecado).

Para mí quiero el beso en los morros de Carmena y Errejón, y los achuchones que nos dábamos en la Antártida cada dos minutos entre soldados, científicas y marineros; eso sí que es circulación emocional que abre los poros, desatasca los chacras y nos hace «Volar, lo que se dice volar».

No se lo tomen a risa: es una cuestión de higiene nacional, pues está demostrado que abrazarse, reír mucho y hacer el amor todo lo que se pueda son las actividades más sanas para el cuerpo y el alma. Nos vendría bien que el sexo y los abrazos entrasen en las recetas de la Seguridad Social: «Va usted a follar a diario; si es posible, gozando». «Se toma un par de abrazos en ayunas, y unos besos antes de cada comida». «Este medicamento puede estar al alcance de los niños».
En fin, ahora que Pedro Sánchez va a presidir un Gobierno de Pecadores, le sugiero que cree el Ministerio de los Abrazos y nombre ministro a Pablo Pineda, que es uno de los seres más achuchables del país. Ya va siendo hora de que una personalidad con síndrome de Down entre en el Consejo de Ministros, y lo digo en serio: en las últimas décadas hemos sufrido ministros que ya quisieran tener la altura moral y emocional de Pablo Pineda.

Ver a Pablo con El Langui en el programa «Donde comen dos», de TVE, es un lujo, un regalo para el corazón y los sentidos, una catarsis de sencillez. Personas que hablan a personas, que saben abrazar y llorar cada vez que hace falta, casi siempre de alegría o por solidaridad. Andan por la vida sin reprimir las emociones naturales de la bondad y la empatía, sobre todo la empatía con los que sufren o con los más débiles.

¡Vaya que si necesitamos una Escuela de Abrazos! Nada más ecológico y natural que dar «Abrazos Gratis», como los de Pablo y El Langui, como los de Sandra y sus amigas. «Solté todo lo que tenía y fui feliz, solté las riendas y dejé pasar. No me ata nada aquí, no hay nada que guardar, así que cojo impulso y a volar…».
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