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Vigilar en París, viajar a Boston

Vigilar en París, viajar a Boston

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Rubén G. Robles | 05/08/2020 A A
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Vigilar en París, viajar a Boston
La corona de Heinrich (VIII) Un mercenario a sueldo vigilará a Jean Louis, quien viajará a Boston buscando respuestas sobre el escritor romántico español
A Lavigne le atraía la idea de que no fuera demasiado complicado. Su trabajo, habitualmente, consistía en arriesgar el pellejo más de la cuenta y en llegar hasta las últimas consecuencias. Y la cantidad que le proponía Hermann representaba un año de trabajo fuera de casa, sin contar lo de Nigeria.  Tan solo era una cifra, no iba destinada a pagar una hipoteca, los estudios de una hija que no tenía o a mantener una vida desordenada. Pues Louis Lavigne era un hombre meticuloso, metódico, su cuerpo era resultado del tiempo y esfuerzo que le dedicaba en el gimnasio. No era el resultado de la química, era el cuerpo de un atleta, de un deportista convencido de la necesidad de cuidar su cuerpo a través del ejercicio físico y la dieta. Y aquel dinero fácil le daría la libertad que siempre había deseado para apartarse durante una buena temporada de aquella actividad.

–Será en la Sorbona, en la Biblioteca de Saint Jacques, ¿la conoce?
Lavigne asintió sin decir nada.
–Le dejaremos el dinero a la entrada, en una de las estanterías de la Biblioteca, podrá retirarlo al salir, después de realizar el trabajo.
–¿La biblioteca de Saint Jacques?
–Sí.
–Será difícil salir del centro. Tengo que pensarlo -le respondió Lavigne a Hermann.
–¿Y si fueran 150?
Louis Lavigne alargó el silencio, acarició la taza del café, mirando en su interior, tratando de buscar en los bordes de la taza y en sus posos una respuesta.
–No me gusta trabajar en Francia, pero acepto. Acepto, sí.
–Mañana vuelva al Café la Paix, le daré instrucciones.
–Olvídese. Nuestro próximo encuentro será en otro sitio –le dijo Lavigne.
–De acuerdo. Recuerde una cosa, M. Lavigne,  no habrá daños, ¿lo ha entendido? –dijo Hermann levantándose y cogiendo el abrigo.
–Sí.
–Se lo vuelvo a decir, no estamos en África.
–Sin embargo puede haber accidentes.
Hermann se volvió a sentar.
–M. Lavigne, no se trata de agredir a ninguna persona inocente, no lo olvide, podría arrepentirse.

Lavigne se levantó, recogió sus cosas y se despidió de Hermann. En apenas unos segundos había desaparecido, digerido en la espesura ruidosa y humana de la plaza de la Ópera.
Hermann se había vuelto a sentar y contemplaba desde la mesa del café el edificio, su arquitectura llena de movimientos, una combinación afortunada de giros, de líneas curvas y rectas, un diseño de formas  inquietas, con sus remates de figuras aladas, que parecían quererse llevar con la imaginación todo aquel descomunal artificio en piedra.

Miró la pantalla de su teléfono y marcó un número. Al otro lado respondieron.
–Dime Hermann.
–Sí, ha aceptado.
–De acuerdo.
–No ha sido muy difícil.
–¿Es la persona adecuada? –preguntó el compositor al otro lado de la línea.
–Sí, por supuesto, es el mejor para esta tarea.
–¿Para quién ha trabajado? –preguntó.
–Para los Servicios de Información –respondió Hermann- aunque sin pertenecer a la agencia.
–¿Te lo recomendó alguien de confianza?
–Sí.
–¿El viejo Luc? –insistió Christ.
– Él fue.
–Sabía que acudirías a ese viejo zorro. ¿Y entonces?
–Ha dicho que lo hará.
–¿Dónde ha trabajado?
–Ha estado en Nigeria.
–¿Y?
–No le fue mal.
–Esto no es África –le dijo Christ Halff.
–Sí, le ha quedado claro, sólo debe asustar al profesor.
–Está bien. ¿Le has visto?
–Le vi en París.
–¿Qué te ha parecido?
-Es ambicioso. En el futuro eso le traerá problemas, pero ahora nos será útil.
–¿Puso algún problema?
–Tardó en decidirse señor Halff –le dijo Hermann-, pero el dinero…
–Sabíamos que el dinero iba a marcar la diferencia. ¿Qué dijo?
–Le ha parecido suficiente la segunda cantidad.
–Mejor así –dijo Christ.
–No creo que se convierta en un problema, aunque…
–¿Qué? –preguntó Christ.
–Pertenece al clan de los gaboneses .
–¿Aún mantienen en pie esa vieja estructura?
–Dijo Luc que habían sobrevivido por su cuenta.
–Lo dejo en tus manos, Hermann – se le oía apesadumbrado.
–Señor, ¿ocurre algo? ¿Su esposa?
Hubo un silencio.
–La han ingresado… -dijo el compositor al otro lado.
Hermann se mantuvo en silencio.
–Los médicos… me han dicho que es cuestión de semanas.
–Seguro que no es nada.
–Esta vez, Hermann… creo que esta vez… nos dejará.
–Estará bien en unos días, no se preocupe –trataba así de animarle.
–Han sido muchos años juntos.
–No es su hora.
–Sólo el cielo lo sabe.
–Señor Halff… -Hermann no sabía cómo despedirse- salude a Marita de mi parte, estoy seguro de que nos veremos pronto.
–No estés tan seguro…
Se mantuvo la línea en silencio unos instantes.
–Sí, de acuerdo… gracias Hermann.

La mañana se acompañaba con el alegre gorjear de las aves que colgadas de los árboles de la plaza veían con agrado el dulce y manso ajetreo de los turistas, jóvenes y jubilados, que atestaban aquel rincón de la ciudad.

Hermann salió por la puerta del café, apareció la opulencia de la arquitectura de Garnier, la magnificencia de sus columnas corintias, la suntuosidad de los balcones y pilastras, la riqueza de sus cromados en oro que arrojaban al aire la banal y hueca sonrisa de la burguesía Belle Époque, insana y contraria a naturaleza, pero que resultaba tan bella.

Las agradables proporciones del edificio y su disposición visual se imponían como si fuera una reivindicación a las bellezas del pasado acompañadas de la idea de dominio y el concepto de desigualdad. Y Hermann caminaba pensando en esas cosas mientras regresaba camino a su casa de Neuilly sur Seine en la zona más tranquila y exclusiva de la ciudad de París, otro mundo en medio de una ciudad que en apariencia carecía de fronteras.

–Jean Louis -dijo la voz de Hermann al otro lado del teléfono.
–¿Sí?
–Buenos días, ¿se encuentra bien?
–Sí, por supuesto -la voz de Jean Louis sonó fatigada.
–¿Qué ha decidido?
–He leído las cartas. No es la primera vez que escucho hablar de la ampolla de cristal. Me gustaría saber más sobre la figura del médico alemán Alfred Ingemar Berndt -añadió Jean Louis-  y saber si existen más cartas de Lu que puedan confirmar la existencia de la botella de cristal y saber si existen otros documentos que se refieran al objeto.
–Lo que le entregamos ayer es cuanto tenemos… por el momento.
Jean Louis permaneció en silencio.
–¿Seguro? –dijo después.
–Lo cierto… es que varias personas dicen haber tenido la misma suerte de experiencias y dicen haber poseído el recipiente del que hablan las cartas de Rommel y el relato de su escritor.
–Lo sabía –dijo Jean Louis.
–¿Iría a Estados Unidos a comprobar una nueva referencia sobre la ampolla de vidrio que aparece en un diario?
–Sí –lo dijo sin dudas.
–De acuerdo.
–Veo que poseen medios y capacidades para adquirir información. Quizás también para elaborarla.
Hermann sonrió al otro lado de la línea.
–Nuestra Organización posee especialistas en muchas cosas. Pero nos falta alguien como usted. Esta tarde se acercará alguien hasta su apartamento para llevarle los billetes de avión a Boston.  
–¿A Boston? ¿Qué tiene que ver Estados Unidos con nuestra búsqueda?
–Pronto lo sabrá. Les esperarán en  la terminal del Logan International Airport de la ciudad.
–¿Les?
–Sí ha oído bien, no irá solo. Les acercarán hasta el Dorchester Heights National Historical Park y allí contactarán con Cinthia Allister, pertenece a la Institución norteamericana, ha conseguido en una subasta un escritorio del siglo XVIII. Se trata en concreto del escritorio de campo de Ethan Allen, un oficial estadounidense perteneciente a los Green Mountain Boys que junto a los milicianos voluntarios norteamericanos conquistaron la plaza y los cañones de Ticonderoga.
Hermann dejó de hablar al otro lado de la línea.
–El resto se lo dirán en Boston -añadió.
–De acuerdo.

El profesor no sabía muy bien qué más responder, se encontraba aturdido por el exceso de información, aunque sin poder evitarlo, atraído por el posible conocimiento y lleno de emoción. El profesor trataba de asimilar todo cuanto estaba escuchando y aunque le pareciera que el relato se estaba desviando de la figura de Enrique Gil y Carrasco y de sus objetos de arte expoliados, confiaba en que las dudas se irían despejando poco a poco.

–Irá acompañado de Marie Hereuse, de la Universidad Marc Bloch de Estrasburgo, se encargará de hacernos una copia y de investigar si pertenece verdaderamente a Ethan Allen.
–¿Y qué se supone que obtengo yo a cambio?
–A su regreso tendrá la lista de objetos que se llevó a Prusia su escritor.
–De acuerdo.
–Me alegro de que se una a nosotros en este viaje de conocimiento. Piense en Enrique Gil y Carrasco, él no renunció a esa experiencia cuando se embarcó en su aventura prusiana.
Feder había conseguido lo que se proponía al prometer aquella lista de objetos de arte. Le atraía también a Jean Louis la emoción del viaje y la posibilidad de conocer qué objetos habían desaparecido del museo de León.

Charles De Gaulle Aeropuerto Internacional, el antiguo Aeropuerto del Norte, era siempre un ancho pasillo destinado a ser pasarela en Francia del lujo y del glamour. A la vanguardia en el diseño, CDG era un edificio central de diez plantas con siete edificios satélites rodeándolo y cada uno de ellos con seis puertas, imitando la silueta de un octopus. En la longitud infinita del pasillo central, las tiendas, fragantes y aromáticas, ofrecían a la vista de los viajeros, todo cuanto pudieran imaginarse a través de sus amplios escaparates de cristal.

Su vuelo saldría de la terminal S4, con capacidad para mover a unos ocho millones de pasajeros al año.  En aquellos momentos unas precipitaciones erráticas comenzaron a golpear los cristales de la sala de espera. Se encontraría allí con la mujer encargada de realizar la copia del diario de Allen, Marie Hereuse. Pensaba Jean Louis sería alguna eminencia de las artes caligráficas que habría terminado ya su vida académica, una mujer grávida con dificultades de movilidad.

Subió Marie Hereuse por una de las escaleras. Parecía superar ligeramente los cuarenta años. Vestía ropa elegante, un traje de lana en cuadros escoceses que dejaba al aire las piernas.

–¿Jean Louis Lecomte? -preguntó la mujer.
El profesor asintió y ofreció la mano.
–¿Marie Hereuse?
–Sí –respondió la mujer y le besó.
Comenzaron a caminar en dirección a la puerta de embarque. Marie se conducía ligera por entre los pasillos de la terminal. La lluvia golpeaba en ráfagas intermitentes la estructura acristalada del edificio. Siguieron caminando en silencio e intercambiaban de vez en cuando la intensidad de alguna mirada penetrante, mágica y llena de cierta curiosidad.
–¿A qué se dedica en la Organización? –quiso saber Jean Louis.
–Podría realizar la tasación de un documento a través del aroma.
–Curioso.
–Como usted sabrá el papel y la tinta se degradan. Durante el proceso de degradación desprende unos aromas que a algunos les puede recordar a la vainilla. En mi caso, yo soy capaz de diferenciar dieciséis matices diferentes de ese aroma. En cuanto a la tinta, podría determinar si procede de un animal, de un vegetal, o de la mezcla de ambos. Con ello puedo establecer la datación de un documento con la precisión de unas décadas.

Escucharon la llamada de embarque y comenzaron a recoger sus cosas. Él tenía la mirada dirigida a los grandes ventanales de las salas de embarque que seguían azotados por las ráfagas incesantes de la lluvia. En aquel momento  la figura de un Airbus A-380 trató de elevarse como obra de un inmenso milagro técnico, sin apenas ruido, como una marsopa tratando de esconderse azotada por la lluvia en las tripas compactas de las nubes.

Cuando el aparato en el que viajaban se posó sobre las primeras tierras que surgían al lado occidental del Atlántico, eran casi las dos de la tarde en Boston, demasiadas horas de viaje para una breve estancia pensó Jean Louis. El mediodía se había evaporado.

En la entrega de mañana se le proporcionará al profesor francés documentación sobre la Guerra de la Independencia  estadounidense y una botella de cristal con un aleph en su interior.
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