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Vidas e historias ‘low cost’ de papel y tinta

14/02/2019
 Actualizado a 19/09/2019
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Aunque no lo sepamos ya vivimos en una sociedad ‘low cost’. Quizás el origen más castizo de esta moda que ha dejado de serlo para convertirse ya en una característica tatuada a fuego en nuestra vida diaria fueron esos míticos ‘Todo a 100’, donde con esa moneda decorada con el joven perfil del hoy ya viejo y emérito rey Don Juan Carlos se podían comprar multitud de cosas. Esos ‘Todo a 100’ fueron quedando atrás para dar paso a los ‘Chinos’, donde se puede encontrar de todo, a cualquier hora y a un precio que en ocasiones roza lo ridículo, aunque luego la relación calidad-precio no llegue a los mínimos exigibles, pero ‘la pela es la pela’.Y así sin darnos cuenta hemos llegado al punto de poder llevar una vida ‘low cost’. Tienes compañías aéreas, hoteles, peluquerías, lavanderías, bares... todas ellas apellidadas ‘low cost’ o de ‘bajo coste’, como prefieran llamarlas los puristas de nuestra lengua. La proliferación de empresas ‘low cost’ tiene inherente la reducción de la calidad asociada a dichos servicios, aspecto que hemos situado en segundo plano dando prioridad al aspecto meramente monetario.

Pero cuidado, la llegada de las ‘low cost’ también nos regala sorpresas positivas y que sin duda suponen un avance para nuestra sociedad, aunque no todo el mundo quiera ni esté dispuesto a aprovecharse de ellos. Recientemente me topé con una de esas excepciones que te hacen esbozar una sonrisa, que poco a poco se va mutando en una mueca irónica cuando te viene a la memoria una noticia leída recientemente y que decía que más del 32% de los españoles no leía libros nunca. Estar frente al escaparate de una librería ‘low cost’ de segunda mano en la que puedes comprar un libro por tres euros o cinco libros por diez euros es el mayor exponente de la democratización cultural. Una evolución exponencial a lo que suponen las ya existentes bibliotecas públicas, donde cualquier ciudadano tiene a su disposición miles de volúmenes esperando a ser abiertos por dos manos para que los ojos del ávido lector puedan comenzar a convertir trazos negros de tinta en historias reales o imaginarias. Los que se quejaban de las incomodidades de una biblioteca como el plazo limitado para leer el libro elegido, ahora ya no tienen coartada a la que acogerse para no leer algo más que las actualizaciones de Facebook, los graznidos de Twitter o los nuevos mensajes de ese icono verde que tenemos en el móvil y que dice llamarse Whatsapp.

Huelga decir que la apuesta por la lectura es opcional más allá de la enseñanza obligatoria, pero sin duda si queremos tener una sociedad crítica esto debe pasar irremediablemente porque dediquemos algo de tiempo a leer y a cultivar nuestro intelecto. No hace tantos siglos la lectura y los libros estaban reservados para las élites, donde los monjes copistas eran fotocopiadoras de carne y hueso. Por suerte y tras intensas luchas de nuestros antepasados la cultura también se fue compartiendo con la plebe, por lo que no quiero pensar lo que opinarán aquellos que se dejaron la vida en esta lucha cuando vean, desde donde estén, que treinta de cada cien personas en España han dado la espalda a la lectura. Parece ser que esos primeros encuentros que tuvimos todos con nuestros primeros tebeos y libros no tuvieron la misma fuerza e intensidad en todos los casos.

No sé ustedes, pero en la vitrina de la memoria de ‘mi primer’, además del espacio para el primer beso, el primer amor, el primer pantalón de marca, el primer cigarro… también hay un espacio reservado para ‘mis primeros tebeos y libros’. Y cuando abres esa vitrina es imposible no sentir ciertos impulsos de nostalgia, adornados por los buenos recuerdos infantiles de aquella época. En mi caso viajo a la máquina del tiempo hasta finales de los ochenta y principios de los noventa para reencontrarme con Tintín y Lucky Luke. Dos personajes de ficción que me enseñaron nuevos mundos y con los que viví miles de aventuras, una función que en la actualidad por desgracia ha sido usurpada en muchos casos por los youtubers de turno. Esas fueron las primeras lecturas elegidas, pero incluso de las obligadas de más adelante también tengo gratos recuerdos. Quién puede olvidar El Camino de Miguel Delibes, Luna de lobos y Lluvia Amarilla de Julio Llamazares, el Cantar del Mío Cid o no me digan porqué, a un servidor le dejó una marca especial Las inquietudes de Shanti Andía de Pío Baroja.

Sería un cínico si dijera que con todos ellos disfruté como cuando me sumergía en los tebeos de X-Men, pero al final sin quererlo esos libros quedaron marcados en mi memoria y permanecerán allí hasta el final de mis días. Luego también viene tu primer best seller, que es como tu primer amor de verano y que por lo tanto tiene una ubicación privilegiada en tus recuerdos. El mío fue Los pilares de la tierra, el primer libro que me creó una adicción a la lectura y que por suerte luego me ha ocurrido con otros. Esa sensación de querer comer rápido o llegar a casa para poder seguir pasando páginas y vivir otras vidas e historias gracias a tu imaginación y sobre todo a la del padre o madre de esos personajes que a pesar de estar hechos de papel y tinta provocan en ti miedo, felicidad, angustia, intriga... Y así puedes ir añadiendo libros que por unas u otras razones te han acompañado en algunos momentos de tu vida y que ya son también parte de ti.

Y ahora ya con las librerías ‘low cost’ no hay excusa para seguir llenando las estanterías de nuestras casas de libros tras haber disfrutado con el paso de cada una de sus páginas.
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