El gran Unamuno ha fracasado de éxito en nuestro país, un intelectual muy completo, impensable en su época, que hemos archivado como plomizo. En realidad podemos ver hoy buena parte de él como una frivolidad a contracorriente: Siendo de Bilbao prefería Castilla a las provincias vascas, encontraba metafísica su planicie y un poco ridículo el paisaje recargado de peñas, bosquecillos y arroyuelos del norte, como de belén navideño algo cursi.
Ya no se le lee apenas en las escuelas ni institutos y seguramente lo han olvidado en las universidades, que ya pintan poco en la literatura devaluada a subgénero del entretenimiento; pero ahí está disponible para quien quiera prolongar el maniqueísmo en torno a las dos españas recordando su enfrentamiento a Millán Astray, en el que al parecer, le tuvo que defender la señora de Franco frente al exaltado manco, tuerto, legionario mutilado, Millán Astray, enfrebrecido con su «viva a la muerte» y «muera la inteligencia». Bien es cierto que se equivocaba mucho Unamuno. Contestó entonces como experto en paradojas —y algo en rimas— «venceréis pero no convenceréis», que era como no decir nada, porque para quienes tenían ya a la voluntad y a la fuerza por encima de todo lo demás convencer no era necesario. Y eso sin comentar su apoyo inicial a los sublevados, que hasta lo enterraron como a uno de los suyos. Pocos se habrán equivocado tanto llegando tan alto, recordemos aquel mítico: «Que inventen ellos».En León Unamuno encontró un «paisaje aquietador» y aunque sus calles se modernizaban el paso del tiempo estaba también impreso en ellas hasta el punto de hacer al viandante «secular». El empuje de la minería le hizo creer hace casi un siglo que la industria y los servicios irían en aumento en los cien años posteriores; la realidad fue tan distinta que hasta esa minería desaparecería, los tres grandes valles de su montaña, habitados desde hace milenios, dejarían de existir bajo gigantescos embalses que no reportarían al territorio beneficio y la despoblación ha sido su destino.