Comencé paso a paso, despacio, piano piano, que diría mi madre. Es decir, intentando sentir todos los estiramientos, todas las contracciones musculares y articulaciones óseas que intervinieran en cada uno de ellos, los pasos, no los pianos. ¡Qué alegría la de las plantas de los pies al saberse reconocidas, sabidas! ¡Qué perfecta ingeniería los tobillos! ¿Y la de las rodillas? ¿Y la de las caderas? Sí, también tenía caderas. Y yo que pensaba que eran algo que aparecía con la edad y sólo para romperse. ¡Qué invento este del esqueleto! ¿Y nuestro sistema muscular? Eso sí que es un eficaz y eficiente servicio de inteligencia para que funcione toda la estructura de nuestro particular estado. ¿Y el cerebro? ¡Qué tesoro! ¿Y los sentidos? ¡Qué generosidad la suya, la de cada uno de ellos! ¡Ah cuerpo olvidado, explotado, descuidado! Cuánto das y que poco te cuidamos, te mimamos.
Hágame caso, es agosto y posiblemente esté de vacaciones o, cuando menos, dispondrá de algo más de propio tiempo y, aun ya los días menguantes, tendrá luz natural para ello. Eche el freno, viva más despacio. Procure ir avanzando pausadamente hacia la lentitud. Si sabemos el destino, para qué apurarnos. Vamos a llegar de todas formas. Y con nosotros se irá el mayor tesoro, nuestro cuerpo y nuestros sentidos. Todo lo demás, ¡todo!, quedará aquí. Vaya lento, sienta cuánto nos regalan los sentidos: huela, saboree, mire, escuche, acaricie. ¡Viva vívidamente! ¡Hágase un vividor!
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