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Un parto, tu parto

Un parto, tu parto

LNC VERANO IR

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Alicia López Martínez | 30/08/2020 A A
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Un parto, tu parto
Relato La autora compone este desgarrador monólogo sobre una mujer maltratada, que está a punto de parir. Momentos de dolor, de angustia, que se clavan como arponazos en nuestras entrañas. Un relato portentoso, que nos mantiene en vilo desde la primera a la última palabra
No he dormido. Molestias. Contracciones. Antes de ayer el ginecólogo me dijo que las fuera cronometrando. Uso el móvil. Ojalá estuviera aquí mi madre, tendría que haberla llamado, pero puedo yo sola. Cada 16 minutos tengo una. Vaya nochecita que llevo. Y yo sola, como siempre. Contracción. Golpe en la puerta de casa. Y entró.

Entró, me empujó, naranja y alcohol, me tiró y de rodillas, la metió y después de un espasmo, la sacó. Y se marchó. Y yo con dolor, yo en el suelo. Y yo, sangre. Todo era rojo, muy rojo, rojo yo. No dije nada. Porque no pasó nada. Y entonces quedé embarazada. ¿Y si yo hubiera puesto alarma?, ¿y si yo hubiera gritado?, ¿y si antes yo me hubiera muerto? ¿Y si yo hubiera abortado? ¿Si yo me hubiera suicidado?

Suicidio sí, pero no. No tuviste fuerzas. Y quisiste vivir. Aborto, no aborto. No puedo, no pude. Él no tiene la culpa. Lucas no me hará daño. Has tomado una buena decisión, Alejandra. Sí, buena decisión, me dijo tras saberlo, mi madre. Contracciones y pinchazos en la barriga. ¿Qué es esto? ¿Me he hecho pis? No, tonta, has roto aguas. Has manchado la cama. Pequeña, como yo. Yo soy pequeña. Lucas, ten cuidado con esas patadas, que cada vez que me das una me dejas hecha polvo. Venga, tú, tranquilo, que muy pronto te acunaré, deja de protestar. ¿Y qué voy a hacer, qué tengo que hacer? ¿Mis pechos te darán de comer? No tendrá padre. ¿Y qué? Está tu madre; y tú y yo nos cuidaremos y no necesitaremos de nadie, ¿verdad, hijo? Bueno, sí, la abuela estará con nosotros una temporada.

Abuela, contracción, auh, respira. Hijo, auhh, respira. Madre, auhhh, respira. Familia, auhhhh. No aguanto más. Vaya si aguantas. Contracción. Despacio, llama a urgencias, Alejandra, llama un taxi. Ya viene, ya está aquí. Dios, qué dolor. Espera, Lucas, espera, coño. El taxista me ayuda a sentarme pero prefiero tumbarme en la parte de atrás. Huele a ambientador de pino. ¿Quedará en mi melena? Parece nervioso. Yo no estoy nerviosa. ¿O sí? Creo que conduce muy rápido. Despacio, despacio, que me hago daño y puede dañarse el feto. Feto, ginecólogo. Feto, imágenes intrauterinas. Inspirar, espirar. Inspirar, espirar. Que me hago pis, necesito el baño. Ya lo veo. Estamos llegando. Hospital. Edificio gris. Y el cielo ¿está nublado? Estoy sudando, y es que casi no me puedo mover. Gotas. El taxista me acerca hasta la puerta. Un celador me sienta en una silla y me lleva a la secretaria. Doy mis datos. Mis datos. Me desgarro, me voy desgarrando. Me rompo por dentro. Soy Alejandra y voy a parir. Quiero gritar, joder, quiero gritar. Pero calla, Alejandra, calla, no montes broncas, que tú con esto puedes sola. Movimientos del feto. Hace siete meses y medio, el predictor dio positivo. Y lloré, tanto lloré que no supe qué hacer. Duele, quema, quema. Dios, ¿quiero realmente a este niño? No quiero. No quiero. Alejandra, recuerda que él no es responsable, que él es un regalo de Dios. Sí quiero, por supuesto que lo quiero. Ya lo estoy amando. Lucas, mi pequeño, estate quieto. Te abrazaré y te acunaré. ¡Mi madre! ¡No he llamado a mamá! El teléfono, ¿dónde está? Aquí. No te encuentro. ¡Mamá, te necesito a mi lado! Pero estás muy lejos y no llegarás a tiempo. Mamá. ¿Yo mamá? Contracción, contracción, contracción. Mi tripa está dura e hinchada. Antes me gustaba tocarla y percibir tus pataditas. Te acariciaba y tú me sonreías. ¿Estarías cómodo? Llevo dinero. ¿He pagado al taxista? Fue tan amable. ¿Mi bolsa para el hospital? La había preparado hacía unos días; por si acaso, como dijo mi madre. ¿Dónde la habré puesto? Contracción, contracción, contracción. Siento que me muero. ¿Acaso importa? Respira muy profundo, y sigue en silencio, Alejandra, respira, respira. Así, muy bien. Así, lo estás haciendo fenomenal. Al fin, sala de partos. La cama, grande; hay lámpara, monitores. Sí, allí está su cunita. La cunita de Lucas. ¿Estaré después muy gorda? Tú respira. Inspira y espira. Así, estupendo. No te muevas. Pinchazo en la barriga. Quiero hacer pis. No sé cuántas veces fui anoche al baño, ¿tres?, ¿cinco? No lo conté, porque conté las contracciones. Me levanto de la silla y me voy al baño, una vez más. Descanso. Ya está aquí la comadrona. Me he desnudado. Qué vergüenza. Vestido largo, caqui, ropa interior limpia. Esconderla. Esconderla. Bolsa. Sujetador. ¿Te acuerdas, ya usas dos tallas más? Camisón verde y tapo todo lo que puedo. Verde. ¿Me dará suerte? ¿Y soportaré esto? ¿Y podré verlo? ¿Y si se parece a él? Olvida eso, Alejandra. Tiene tus genes. Echada en la cama. La comadrona me habla y dice que esto es la correa del monitor, que esté serena y que me ponga cómoda porque todo irá muy bien. Yo me giro hacia la derecha, parece que pesa todo menos. ¿Lucas, estás así mejor? Contracción y gemido. Nada de epidural. Respiración, no retengas la respiración, que es mucho peor. Contracción y gemido. Mi cuello está ya dilatado. ¡Qué de colores en los monitores! Contracción y gemido. Lucas quiere salir. ¡Para, para, para, por favor! ¡Espera un momento, hijo! Mi comadrona me calma. Es alta, delgada. Mascarilla en la boca. Uniforme y gorro azul. A los tres meses, compré un gorrito de lana azul para Lucas. Lo vi. ¡Era tan bonito! No me resistí. Sus manos son muy suaves y yo las cojo, las aprieto. ¡Alivio! Me mira y yo la miro. Ojos miel. Me sonríe y me lo dice. Rodillas flexionadas. Su voz es cálida, cercana. Yo sigo mi ritmo, ella sujeta. Yo grito, ella, escucha los latidos del feto. Inspiro y espiro tres veces. Tres por tres, 6. No me gustan las matemáticas. Me gusta escribir y gemir. Necesito empujar. Empuja. Jadeo, jadeo, jadeo. Pánico. Me muero. ¡Epidural, por favor, epidural! No puedo respirar, no puedo. Mi corazón estalla, está loco. ¡Basta ya! Todo va demasiado rápido, demasiado rápido. Rápido, rápido, rápido. No veo nada. ¡Qué calor! Sudor, Sudas. Las gotas, por mi cara. La escucho desde lejos. Me limpia con delicadeza. Regreso. ¡Qué horror! Venga. Gotero. Cierro con fuerza mis ojos. ¡Qué sufrimiento! Mis puños; da un puñetazo, Ciérralos. Levanta la espalda. ¡Levántala ya! Empujo, empujo, empujo…Jadeo, jadeo, jadeo. Está. Lucas, ya está, ya saliste, sin epidural Se te oye llorar y yo lloro también. Y sonrío. ¿Sonríes? Algo de sangre. ¿Sangro? Aurora te coge. Tu carita está morada y arrugada. Te asea suavemente. ¿Sabré yo? Aurora te pone encima de mí, muy cerca del corazón. ¡Qué pequeñito eres! ¿Estás bien? Te acaricio el pelo, y la cara, la espalda, los brazos y las piernas, te acaricio entero, enterito. Delicado, tan delicado, piel, húmeda, muy, muy delicada. Te gusta, ¿eh? Por eso me agarras con tu manita derecha el dedo meñique de mi mano izquierda. Ya nada me duele. No me ha dolido nada. No recuerdo nada. Euforia. Solo te veo a ti y no, no te pareces a él, a nadie. ¡Suave, piel tan suave! Como un ángel. Mi ángel. Expulsión de la placenta. Lágrimas. ¿Habrá llegado mamá? ¡Mamá, ya soy mamá! Respiro por la nariz y espiro por la boca. Tanta placidez. Aurora se acerca y comienza a desinfectar la habitación. No hay nada sucio. Nada. Sucio fue lo que hizo él. Él, malo. Él, cabrón. Porque entró en mi salón y me gritó. Porque él me amenazó. Ese filo de navaja a veces roza mi cuello. Un respingo. Por eso yo no me moví, yo no respiré, yo no hablé pero sentí sus labios ásperos, rancios. Me asfixiaba el cojín y se ensució todo el suelo de mi casa y me ensucié yo. Arañazos, vacío, gruñidos, insultos y una punzada en mi corazón. Y se marchó y yo vomité. Hace nueve meses que lo denuncié. Contigo aquí, su asco se fue porque ahora solo pienso en ti. Mi mejilla en tu rostro. Te saboreo y percibo tu perfume, inconfundible. Te acerco a mi pecho izquierdo. Soy muy feliz. Alejandra, tomaste una sabia decisión. Aurora corta el cordón umbilical y me felicita por mi buen trabajo. Buen parto, mientras apoya su mano derecha en mi hombro izquierdo. Llamará al ginecólogo. Buen parto, abuela. Verás la sorpresa. Tú, Lucas, así, así, junto a mí. Con tus ojitos cerrados. Yo te acuno. Mimos, besos. Te beso tanto, te mimo y no paro. Tu olor inolvidable. Suspiro. No hagas nada, nana. Respirar, mamar, soñar. No hagas nada. «Este niño tiene sueño, tiene ganas de dormir, un ojín tiene cerrado y el otro no puede abrir».



Relato del Taller de composición que imparte Manuel Cuenya en la Universidad de León
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