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Un mapa coloreado de sueños: De Colinas del Campo a Campo

Un mapa coloreado de sueños: De Colinas del Campo a Campo

PROPóN LEóN IR

Campo de Santiago. | MANUEL CUENYA Ampliar imagen Campo de Santiago. | MANUEL CUENYA
Manuel Cuenya | 04/07/2022 A A
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Un mapa coloreado de sueños: De Colinas del Campo a Campo
Propón León Una propuesta de Manuel Cuenya
Tras las colinas se intuye un mundo fabuloso, poblado por duendes y trasgos, sierpes y hechiceras capaces de leer el pasado como se leen los recuerdos en los posos de un café. Tras las colinas, perfiladas con la textura de la miel de brezo, se percibe un mapa coloreado de sueños.

En este mundo de fábula, los duendes y los trasgos, cual habilidosos artistas, pueden pintar los sueños con lápices de colores. Incluso pueden escribirlos con la tinta de la sangre, esa sangre milenaria de los robles, negrillos y castaños.

Tras las colinas, aromatizadas con la savia de los sauces, se avistan urogallos, que lucen vistosos prestos para una gala, cual si fueran novios enamorados.

Tras las colinas, con regusto a zumo de arándano, corre la sangre-vida por el río Boeza, que se abre como un acordeón en una danza sensual. Bailemos pues en este espacio tejido en la rueca de los afectos.

Después de este baile-festín, el viajero y la viajera se dejan arrullar por el agua, que discurre como un verbo bíblico por su cauce. De repente, sienten el mundo bajo un firmamento tachonado de estrellas, cuyos guiños luminosos les acarician la mirada.

Trepan las colinas en busca del campo de Santiago, de donde brota la lírica del río Boeza. Campo, con su ermita, los deja hipnotizados, inyectándoles la historia en las venas. En estos instantes, se despliega una panorámica glacial. Una belleza redonda.

La sonoridad de Colinas del Campo de Martín Moro Toledano, un nombre con solera primigenia, los lleva de la mano por entre un bosque tupido hacia un Bierzo alto, remoto, agreste, donde los osos también danzan a ritmo de flauta y tamboril como fantasmas de un tiempo que fue.

Colinas, con sus casas antiguas y sus tejados y chimeneas de pizarra, con sus calles empedradas, les devuelve a una infancia de cuento. Y la belleza de su entorno les hace fantasear con el pico Catoute, que se revela como un singular balcón a la comarca del Bierzo.

Colinas como punto de partida

Colinas del Campo de Martín Moro Toledano, con uno de los nombres más largos que puede tener un pueblo en España, se muestra como espacio afectivo, un lugar como de otro tiempo, que el viajero ha visitado en varias ocasiones. Y hasta recuerda que este escenario, declarado Conjunto Histórico Artístico, figura en uno de sus relatos, en concreto en Duende leonés, que forma parte de su libro Trasmundo.

El viajero, en compañía de una amiga viajera, decide treparse a Campo de Santiago, donde comienza la película El filandón, de Chema Sarmiento. Una obra maestra del cine leonés que ha calado hondo en el subconsciente fílmico del viajero.

Esta es la tercera vez –en realidad la cuarta– que el viajero excursiona desde Colinas a Campo, porque en una de las subidas al pico Catoute, por el lado de Colinas, descendió luego hasta Campo, como le llaman los lugareños, no sin antes visitar las lagunas de la Rebeza. Por cierto, la Rebeza, qué curioso nombre, era una señora del pueblo natal del viajero. Aquella subida al Catoute se le antojó brutal bajo un sol de justicia en pleno verano. En compañía de amigos y paisanos del útero de Gistredo, el viajero tendría unos veinte años, algo que le confirma su amigo Javi, que también da fe de aquella caminata infinita.

Transcurridos algunos años, el viajero encaró, esta vez en compañía de familiares –en concreto de dos de sus hermanas y uno de sus cuñados–, el pico Catoute por la senda que parte de Salentinos, otra bella aldea berciana. Una experiencia inolvidable coronar este pico emblemático con vistas al universo, al menos con vistas al Bierzo, el Alto Sil, Omaña, Babia... Con panorámicas también a otros picos como el Valdeiglesias, el Tambarón y el Nevadín. Un mirador de lujo el Catoute, con sus más de dos mil cien metros de altitud.

Aparte de esa bajada desde el Catoute a Campo, la primera vez que el viajero recuerda caminar desde Colinas a ese espacio donde se hallan los manantiales del río Boeza fue hace unos veinticinco años con una tropa de aguerridos y jóvenes caminantes, que subieron como un tiro.

La segunda subida a Campo fue hace diez años, en compañía de una antigua amigovia. Al viajero a veces le baila la memoria, tal vez un meneíto, aunque plasmar por escrito lo que se camina y se siente ordena en cierto sentido la memoria, con lo cual el viajero tiene el convencimiento de que habría que escribirlo todo, con el fin de dar cuenta de lo que sucede, aunque la vida no sea exactamente lo que ocurre sino cómo se recuerda, a sabiendas de que la memoria es selectiva.

En todo caso, de un modo inevitable, el viajero tiende a reconstruir aquello que se queda oscurecido por el paso del tiempo. El paso del tiempo, ay. Tema poderoso. Pues el tiempo lo es todo. ¿Acaso el tiempo no es la vida, la sangre? El tiempo y la memoria. El tiempo y el olvido. La dialéctica de la memoria y el olvido.

Tomando Colinas del Campo de Martín Moro Toledano como punto de partida, el viajero, que no es ningún montañero, se atreve esta tercera vez a hacer el recorrido hasta Campo en compañía de su amiga Raquel.

Cree el viajero que un nombre tan largo para un pueblo le da glamur y cierto exotismo. Además, ese apellido de Moro invita a soñar con la morería y las mil y una noches al sereno de un firmamento refulgente de estrellas.

No recordaba el viajero que la senda estuviera tan pedregosa, de modo que se le hizo complicada, más que la subida, el regreso a Colinas, porque esta aldea -enclavada en la Sierra de Gistredo- se halla a mil metros sobre el nivel del mar, y Campo está a unos mil quinientos metros, con lo cual existe un considerable desnivel de quinientos metros.

Embebido en sus pensamientos, al viajero le da por recordar que próxima a Colinas está la aldea de los Montes de la Ermita, donde el cineasta Chema Sarmiento rodara el mediometraje Los Montes, impregnado de realismo mágico, a medio camino entre el documental y la ficción.

Para un montañero, la ruta de Colinas a Campo resulta fácil, pero quien no está habituado a estos trotes (el viajero ya había dicho que él no es montañero), hacer casi ocho kilómetros de subida y estos mismos de bajada, la cosa no pinta tan sencilla, sobre todo si a éste le pilla la lluvia, incluso el granizo y encima no va preparado para combatir ni uno ni otra. Sí, a la montaña hay que ir preparado, qué nunca se sabe. Pero si amanece un día radiante de sol, no resulta fácil creer que luego vaya a torcerse de tal modo. Más vale prevenir que lamentar, reza el saber popular.

De repente, la mente del viajero ha sobrevolado toda esta distancia como un pájaro ansioso de libertad. Aunque sabe que ha de retomar el punto de partida, cruzar el arco de la ermita de Colinas, y dirigirse hacia la senda que le llevará a Campo. Que al inicio es suavecita, con muchos manantiales en los que poder saciar la sed o bien hidratarse.

Después de caminar durante algún tiempo, el viajero se encuentra con un hombre -tras él vienen unas mujeres, familiares suyas-, que se muestra amable con los excursionistas. Charlan un rato amigablemente. El hombre tiene un aspecto saludable, incluso juvenil, cara de buena gente. El viajero se sorprende cuando habla de su edad. Y la viajera también se queda flipada. «Tengo ochenta años», les dice. ¿Pero qué pacto ha hecho este señor con el elixir o santo Grial de la vida?, se pregunta el viajero.

Este buen hombre nació en Colinas, pero se fue joven de su aldea para emigrar a Uruguay, donde ha transcurrido su vida, “el país del gran Pepe Mujica”, piensa el viajero, que se sensibiliza cuando le cuenta que su mujer no goza de buena salud. Cuando habla de ella, se emociona profundamente. Las mujeres saludan, con su característico acento sudamericano, cuando pasan a la altura de los viajeros.

El viajero comienza el camino con buen tino porque la naturaleza lo acaricia con su verdor. El cielo está despejado. Luce el sol. De repente, los viajeros se encuentran con una chica que va en dirección a Colinas en compañía de sus perros. En realidad, son los ladridos de los perros los que alertan a los viajeros, convencidos de que van a tener que plantarles cara si no quieren que se les echen encima y acaben dándoles algunos mordiscos. Es más habitual de lo que podría creerse –piensa el viajero– que alguien caminando por el monte se encuentre con un perrazo suelto, que está guardando el ganado, y tenga que armarse de valor, echarle arrestos y encarar con energía al chucho que, agresivo, intenta abalanzarse sobre el caminante. Por fortuna, la dueña calma a sus perros. Y los excursionistas se sienten a salvo, aunque la viajera ha quedado impresionada. En estos casos, lo mejor, cree el viajero, es ir provisto de un palo o cachava, que así suele hacer el paisanaje entrenado en andar por los montes y los bosques.

Curiosamente, la chica de los perros conoce a la excursionista. Y entablan charleta. Hace tiempo que no se veían. Muchos años, tal vez desde la época de la universidad en Oviedo. «Hola, Camino», le dice la viajera. ¡Camino!, exclama pensativo el viajero, convencido de que también la conoce. Entonces, ella se dirige al viajero, al que llama por su nombre. Claro, es Camino, la que estuviera hace un tiempo en la casa leonesa de Madrid. Al final, resulta que el mundo es un pañuelo, “en este caso sin mocos”, apostilla el viajero.

Camino subió temprano a Campo y, ya a esta hora, está bastante cerca de Colinas. Es lo que tiene madrugar. A quien madruga, ya se sabe... Por cierto, ella es oriunda de esta hechizante aldea. Pero los viajeros aún tienen un largo trayecto por delante. Y la mañana avanza imparable. La senda parece cada vez más pedregosa, tal vez a resultas de los deshielos, que van arrastrando la tierra. Y también de la dejadez de la misma. El viajero tiene la impresión de que no es una ruta muy transitada en los últimos tiempos. Por fortuna, los saltos de agua en el río Boeza y algún puentecito de madera saludan a los caminantes. De repente, el viajero cree que está haciendo la ruta de las fuentes medicinales en Noceda del Bierzo. ¡Es tal su parecido! O esa es al menos su percepción.

La senda se empina. No da mucha tregua. Y la subida cuesta cada vez más. Los viajeros se preguntan si no será hora de echar un bocado y un trago para reponer fuerzas. El cielo se encapota y comienza a orvallar. Incluso cae granizo. Aunque por fortuna sea solo un momento.

Con humedad en la ropa, el viajero decide quitarse una camiseta y camisa, que están empapadas. Y quedarse sólo y por fortuna con una sudadera, que hasta ese momento llevaba atada a la cintura. La excursionista, por su parte, se muestra ágil y desenvuelta como una experta montañera.

Al fin, después de mucho caminar, los viajeros llegan a su destino, que se abre como una alucinación brumosa. A lo lejos se divisa la ermita de Santiago, donde otrora se reunieran los filandoneros Merino, Mateo Díez y Pereira, además del santero, a contar sus cuentos al santo. A la cita no puede acudir el gran Julio Llamazares, al que vemos también al inicio (aunque no en Campo) y al final de la película, en el último capítulo, recitando su poema Entre las truchas muertas y la herrumbre, fresas...

Los viajeros llegan empapados a Campo, donde se encuentran con Tino y María José, que han viajado desde Bembibre a Fasgar (ya en Omaña) y desde aquí a Campo por un camino sin asfalto, que en tiempos hiciera andando el viajero. Son cerca de cien kilómetros desde Bembibre a Campo de Santiago, según Tino, con quien coincidiera el viajero dos días antes en la presentación de Primavera extremeña de Llamazares en Santa Marina de Torre. Qué coincidencias. Aunque al principio no se reconocen, tal vez porque la lluvia nubla sus vistas. El tiempo, no sólo el meteorológico, se echa encima. Por fortuna, Tino y María José, verdaderamente hospitalarios, les ofrecen unos impermeables a los viajeros, algo que agradecen mucho. Aún queda una larga caminata hasta Colinas. Aunque ahora la mayor parte será en bajada, algo que no consuela al viajero, habida cuenta de que bajar por esa senda llena de piedras será toda una odisea y un rompesuelas y rompepiernas.

Los viajeros emprenden el regreso con la idea de descender en menos tiempo que el empleado en la subida. Pero, a medida que transcurre la caminata, parece que el destino es cuasi inalcanzable. Pesa el cansancio y la lluvia continua cayendo. Está todo tan mojado que tampoco hay muchos recunchos en los que los viajeros puedan sentarse a tomar un respiro. No queda más remedio que seguir caminando. De repente, como si se tratara de una aparición reveladora, se muestra un bichín en la senda. Es un tritón o una salamandra, con su vivaz colorido, indicativo de que el entorno es de gran pureza.

A lo largo de la trocha los viajeros se encuentran piedras de cuarzo, o algo similar, lo que les llama la atención. La vegetación, aun siendo primavera, no ha explosionado en todo su esplendor. El camino parece no tener fin. Aunque, después de más de tres horas caminando, acaso a los viajeros los esté esperando Colinas con los brazos abiertos y las puertas de sus casas de par en par. A su izquierda, ven a una chica y dos chicos con un potente teleobjetivo.

-¿Qué tal, avistando quizá osos? –les pregunta el viajero.
-Eso mismo -contesta la chica sonriente, con acento sureño.
-¿No sois de por aquí, verdad?
-Venimos de Granada -responden casi al unísono la chavala y el chaval que está a su lado.

El viajero piensa que tiene mucho mérito que gente granadina visite el Bierzo, aunque el motivo, o tal vez por eso mismo, sea el de avistar osos. Le ilusiona incluso fantasear con que Granada y el Bierzo pudieran hermanarse. Pues el viajero recuerda que alguna vez llegó a escribir que Granada, una ciudad con mucha belleza sensual, arábiga –con su Alhambra y su Albaicín, y aun con sus Sierra Nevada-, es norte y sur de España.

Ya queda poco trayecto para arribar a Colinas, que al viajero se le antoja el Macondo del Bierzo. No ha dejado de orvallar durante todo el recorrido de regreso a Martín Moro Toledano, que recibe a los viajeros con un abrazo mistérico cual si fuera una diosa nutricia.
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