Como no puede ser de otra forma, concluiremos con el trabajo postrero y tal vez más bizarro: Hércules hubo de visitar el Hades y capturar a Cerbero, el perro de múltiples cabezas que guardaba las lúgubres puertas de la nación de los muertos. No obstante, no se trata de una aventura inédita: todo héroe que se precie ha debido o debe descender a los infiernos y volver de allí renovado. Vencer a la muerte y a la oscuridad, atravesar el país del olvido, resurgir. De Gilgamesh, Orfeo, Ulises, Eneas o Jesucristo al Travis de ‘Taxi Driver’ o el Jack de ‘El club de la lucha’… Tantos han procurado este ‘descensus ad inferos’ que la literatura, el cine o la vida están atiborrados de sus ejemplaridades. Estas llamadas catábasis (y sus correspondiente anábasis) caracterizan a quienes se dan como vencedores del lado oscuro. Solo ellos superaron barreras que para otros están vedadas.
Así nuestro héroe cotidiano de hoy, con el que acabamos estos descansos hercúleos del estío. Nuestro protagonista ha estado donde otros no estuvieron, ha triunfado donde otros abandonaron, afrontando los rigores y las sombras. Hablamos, por supuesto, del no-veraneante, del épico trabajador agosteño, de aquel que desprecia, por su voluntad o por causa ajena, los atractivos del mes de agosto y afronta sus trabajos y sus días como si tal cosa. Ha atravesado impávido o sofocado las aguas del Leteo, pues nadie se acordó de él, superando bochornos de diarios infiernos, sumando al esfuerzo de sus trajines el anhelo de la holganza. Ha aguantado al jefe mientas nos tumbábamos en la playa, ha sudado la gota gorda mientras nos congelábamos en cualquier avión, ha recogido mesas y barrido suelos mientras nos arrellanábamos en terrazas y veladores… Ha tocado fondo y resurge ahora de sus cenizas, en el postrer de sus trabajos y el último descanso de los demás. Suyo es el reino de los vuelos, suyo el poder y la gloria, pues ahora, en septiembre (o en octubre, o en noviembre…) este ciudadano singular quizás se marcha de vacaciones. Y los demás, recién regresados de ese esquivo empíreo, no tienen otra ocurrencia que decirle «qué suerte tienes».
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