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Un demonio inolvidable

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El bajo uruguayo Erwin Schrott en su caracterización de Mefistófeles en la ópera ‘Fausto’ que este martes exhibe los cines Van Gogh. | L.N.C. Ampliar imagen El bajo uruguayo Erwin Schrott en su caracterización de Mefistófeles en la ópera ‘Fausto’ que este martes exhibe los cines Van Gogh. | L.N.C.
Javier Heras | 30/04/2019 A A
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Un demonio inolvidable
Ópera El bajo uruguayo Erwin Schrott encarna a Mefistófeles en la espectacular producción de ‘Fausto’ que este martes exhibe Cines Van Gogh
Durante medio siglo, ‘Fausto’ fue la ópera más popular del mundo. El viejo Metropolitan neoyorquino se inauguró con ella en 1883, y la siguió reponiendo año tras año. París superó las 2.000 funciones ya en la primera década del siglo XX. Sin embargo, tras la II Guerra Mundial perdió fuelle, no por su calidad sino por los costes que supone montarla. Si se hace, tiene que ser a lo grande: con coro, ballet y un reparto de categoría.

La Royal Opera House cumple todas las expectativas en la producción de David McVicar. El director de escena escocés, un habitual de Londres (allí son referencia su ‘Traviata’ y su ‘Andrea Chénier’), siempre elegante, clásico y visualmente espectacular, sitúa la acción no en el medievo, sino en el último tercio del siglo XIX, cuando la escribió el francés Charles Gounod. Así traza un paralelismo entre el conflicto interior del protagonista y el del compositor, siempre indeciso entre la fe y el teatro: en su juventud en Roma se volcó en la música religiosa e incluso consideró el sacerdocio.

Es la quinta ocasión desde 2004 que se recupera este montaje, cuyos lujosos decorados reflejan la variedad de la partitura, de un colorista Cabaret d’Enfer a un ballet que comienza como ‘Giselle’ y degenera en una bacanal en la cual las bailarinas se tornan en brujas. La soprano, Margarita, lleva el vestido negro de la camarera de ‘Un bar aux Folies Bergère’, el cuadro de Manet. En cuanto al reparto, el estadounidense Michael Fabiano convence por su técnica y sensibilidad, como ya hiciera en ‘La bohème’ y ‘Rigoletto’. Pero la palma se la lleva el mediático bajo barítono uruguayo Erwin Schrott: Mefistófeles es su rol de cabecera gracias a su sentido del sarcasmo y timbre oscuro. En la primera noche, causaron baja la primera soprano (Diana Damrau, por una hernia) y la segunda (la rusa Irina Lungu, por una infección); su relevo, Mandy Fredrich, aterrizó desde Alemania con dos horas de margen y sin ensayos. Al frente de la orquesta, el israelí Dan Ettinger, titular en Tokio y Mannheim y protegido de Barenboim. La ópera podrá verse en directo este martes a las 19:45 horas en Cines Van Gogh.

No esperemos complejidad, pero sí un texto hábil, con cuadros variados y momentos de intensa emoción Pocos personajes de la literatura universal han tenido el alcance del Fausto de Goethe. Ha dado lugar a nada menos que 39 óperas, entre ellas las de Berlioz, Boito o Busoni. Ninguna tan célebre como la versión del romántico Gounod (1818-1893). Sus libretistas, Barbier y Carré (autores de ‘Los cuentos de Hoffmann’, de Offenbach), partieron del poema épico del autor alemán, que había tomado una antigua leyenda sobre un filósofo desencantado que, en su vejez, duda de la ciencia, de la religión y de la vida. En busca de respuestas, vende su alma al diablo. En el original, lo que anhelaba no era la juventud, sino el conocimiento. En cambio, la ópera es un melodrama que centra su interés en el amor de una joven. No esperemos complejidad, pero sí un texto hábil, con cuadros variados y momentos de intensa emoción.

Al compositor le atrajo la vertiente mística del texto, la lucha de Margarita y la victoria de la virtud frente a la tentación. Llenó la partitura de líneas vocales memorables, imaginativas, de gran lirismo, su mayor don. Aquí tiñen todo el discurso, no solo las piezas de los solistas (como la famosa aria de las joyas de la soprano, preferida de la Castafiore en ‘Tintín’), sino también los recitativos, los coros (el de soldados) y las intervenciones de secundarios como Valentín.
El color instrumental es otra de sus señas de identidad, con detalles sutiles y efectos contundentes como el órgano de la escena de la iglesia. Gounod dominaba la orquesta sin imitar a Wagner –más denso– ni a Verdi —menos sentimental—. Como buen romántico francés, siempre aspiraba a la claridad y el refinamiento.

‘Fausto’ pasó sin pena ni gloria en su primera temporada en el Théâtre-Lyrique en 1859. Resultó "demasiado alemana"; no en vano, su éxito se fraguó en una gira que llegó precisamente a Alemania (con el título de Margarethe), Italia o Inglaterra. Diez años después, el compositor la revisó para ajustarse a los esquemas de la Ópera Garnier francesa. Sustituyó los diálogos hablados (propios de las comedias) por recitativos, e incorporó un requisito esencial: un pasaje de ballet. Esa tercera versión se convirtió en un clásico.
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