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Un armario lleno de sombra

Un armario lleno de sombra

EL BIERZO IR

Antonio Gamoneda a los 8 años, en 1939, en la plaza de las Palomas de León. Ampliar imagen Antonio Gamoneda a los 8 años, en 1939, en la plaza de las Palomas de León.
Valentín Carrera | 30/11/2020 A A
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Un armario lleno de sombra
Lo pequeño es hermoso Un armario lleno de sombra”, memorias de infancia que Antonio Gamoneda escribe tras la muerte de su madre; “un libro que va a conmocionar”, en palabras de Luis Mateo Díez. ¡Y vaya si conmociona!
Mi memoria es frágil, pero el Notario Mayor de la Cultura Berciana, Miguel A. Varela, no me dejará mentir. El asunto ocurrió una tarde de verano: hacía mucho calor en Ponferrada y las huertas del Sacramento, a orillas del Sil, estaban desiertas a la hora en que se había anunciado un recital de poesía, con el poeta mismo de cuerpo presente. A la hora prevista, yo esperaba solitario ante la Casa de Cultura. ¿Me habré equivocado de día o será que juega la Deportiva? Eran las siete y media en punto de la tarde.

El poeta llegó, acompañado por Varela, y entramos los tres en un salón de actos que podría acoger sin agobios un congreso de tunas. Tras unos minutos de espera, el poeta nos dio una lección de vida que nunca he olvidado: «Ustedes han venido a escucharme, y yo he venido a recitar mis poemas; me merecen tanto respeto, aunque sean dos, como si fueran doscientas personas. Si ustedes quieren, comenzamos».

Y subiendo a la palestra, Antonio Gamoneda cantó su Tango de la misericordia, y declamó sus versos heridos y misteriosos para Varela y para mí, durante más de una hora gozosa y generosa. Luego, le acompañamos paseando hasta la estación y regresó a la que dicen capital.

No he vuelto a ver a Gamoneda desde aquella tarde de tierra y labios, de blues castellano, de lápidas y frío, de pérdidas y venenos, de existencia, muerte y poesía; pero esta semana hemos tenido los dos una larga conversación, agazapados en el interior de un armario lleno de sombra. Debo agradecer el encuentro a Héctor Escobar, infatigable hacedor de luz: «¿No has leído las memorias de Gamoneda, tío? Son acojonantes». La expresión no es muy culta, pero debo ser fiel al momento en el que un niño de ocho años, en pantalones cortos, me mira desde la plaza de las Palomas en 1939, con la misma expresión con la que sesenta años después nos dijo: «Si ustedes quieren, comenzamos».

Comenzamos entonces a leer juntos «Un armario lleno de sombra» —memorias de infancia que Antonio Gamoneda escribe tras la muerte de su madre; «un libro que va a conmocionar» en palabras de Luis Mateo Díez—. ¡Y vaya si conmociona!

«Un armario lleno de sombra» es la conversación de Antonio con el niño que crece en la pobreza, que vive con su madre viuda en un cuarto realquilado, entre fantasmas de posguerra, que espía a su abuela con la bacinilla, que jugando encuentra cadáveres de paseados; o es manoseado por el padre Gregorio, cuyo fétido aliento aún huele entre las rejas del confesionario.

El relato —tal vez autobiografía, por completo ajeno a la ficción— atrapa al lector desde la primera escena, cuando el adulto se atreve a abrir el armario de su madre y se enfrenta a las sombras del pasado con honestidad: «Soy consciente de que el relato puede llevar consigo deformaciones; pero hay en esta escritura algo concluyente: mi relato es el único posible; los hechos están en mí de la manera que digo, ya no están en nadie más y, de esta manera y con este valor, son parte de mi vida».

La vida de Toñín, cuya memoria recuerda así los gritos de una viuda loca que vivía encima de la tahona frontera a su casa: «En mi cerebro se pronuncian cuchilladas amarillas. Los gritos eran y son amarillos. Sucede. No sé por qué».

El niño que desde el balcón de su casa ve pasar al amanecer las cuerda de presos republicanos, esposados o atados de tres en tres — «El frío de sus hierros no cesará nunca en mi rostro»—, conducidos al penal de San Marcos, del que muchos nunca saldrían: «Al borde de las charcas nos detuvimos agarrotados por el miedo: dos cuerpos de hombre, boca abajo, permanecían inmóviles, semihundidos en el agua, rodeados de espadañas abatidas». Una tarde del verano de 1938.

Sesenta años después, al guaje Toñín aún le sangra la garganta dolorida: «Una enfermera me sujetaba la cabeza. Un cirujano entró velozmente. Se me ordenó abrir la boca. Obedecí. Introdujo varias veces las tijeras hasta extirpar de manera completa mis amígdalas. No hubo ningún tipo de anestesia y el sufrimiento fue serio. No recuerdo si me dieron y comí el helado… Sí recuerdo la sábana ensangrentada».

«Un armario lleno de sombra» rezuma sin rencor la crueldad de un tiempo violento, desde la Legión Cóndor hasta los moros que llegaban en convoyes de ferrocarril, se emborrachaban con facilidad y eran temidos en los prostíbulos de San Lorenzo, pasando por el niño humillado por el coadjutor por no tener traje de primera comunión, «cuando el hambre ya estaba firmemente instalada en León».

El niño que no miente cuenta al adulto su terror a quedarse encerrado, al acabar la clase, con fray Manuel, «que podía patear la cabeza de un niño de diez años al que antes había derribado a bofetadas»; o el sabor de la correa del padre Carolino; por no hablar del padre Pablo, «que se masturbaba en clase por debajo de los hábitos, enrojeciendo visiblemente al llegar al orgasmo». No escojo pasajes escabrosos —porque los hay aún más duros: el maltrato de la perra Perla o el desentierro del cadáver del padre para recuperar los dientes de oro—, sino trozos de sombra que Antonio saca con dolor del armario de su madre y empeña en el «monte de piedad» de la memoria, «como una forma de existir, como un hecho más de mi vida».
Si la poesía es la más alta prenda literaria, no se discutirá que las memorias, cuando están hechas de verdad y carne, son el camino más duro y difícil que puede emprender un escritor desnudo; y solo la maestría de Gamoneda es capaz de recorrerlo con su delicada sencillez. «Mi relato es el único posible; los hechos están en mí de la manera que digo. Yo vi que el caballo lloraba y el caballo llora aún en mi memoria».
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