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Tren

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OPINIóN IR

26/09/2021 A A
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Tren
Hace años que nadie se detiene a ver pasar los trenes. Ya no pasan. Ahora se sotierran haciendo gala de un verbo mortuorio que los esconde como si se tratara de una mala vergüenza. También se suprimen. La eliminación de los trazados ferroviarios del entorno urbano, bajo el pretexto de la integración de las ciudades, es en realidad el triunfo del automóvil sobre otros medios de transporte. Incluso se llevan las estaciones a un lugar apartado, como en Segovia o Burgos, y se habilitan avenidas y rotondas y circunvalaciones para que el coche nos conduzca hasta ellas. Y cuando se opta por la cancelación de servicios también nos arrojan a los volantes y a las autovías que, al contrario que los trenes, nunca han dejado de conquistar territorios, hasta en la España hueca. Eso demandan en Soria antes que mayores y más dignas ofertas ferroviarias: ¡autovía ya!, dicen las pancartas a lo largo de la desgastada N-122, a pesar de que casi en paralelo discurre la muy olvidada línea de tren entre Valladolid y Ariza. ¿Quién entonces habría de detenerse a ver pasar los trenes? ¿Quién, no tan viejo como yo, iba a perder el tiempo en esas menudencias?

¡Ah, sí, la velocidad! He ahí el gran mito que nos trastorna. Ya no hay distancias, sino tiempo; ya no hay viajes, sino llegadas. A ello se supedita todo y por ello se entierra lo veloz o se anula lo lento. Hay prisa por llegar aunque la estación término sea obligatoriamente la capital de España hacia donde todo nos enfoca sin remisión. Casi nadie va en tren a Busdongo o a Brañuelas porque los trenes ya casi ni se detienen en esas vías muertas, tan alejadas de la influencia madrileña que es la que determina todos los mapas y todas las conexiones. Busdongo, de hecho, ha quedado sepultado por un túnel líquido que, desde La Robla, desemboca en Campomanes, al otro lado de la cordillera. No quedan estaciones intermedias. Se soterraron para toda la eternidad. Como a todos aquellos que mirábamos pasar los trenes soñando con viajar hacia el norte.
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