Lo de los políticos y gente pública sube el listón. Tampoco está muy claro cuándo comenzó este cliché, pero siempre me sorprende su empeño en ofrecer ese rostro satisfecho de la vida y plácidamente alegre, pues al fin y al cabo, su tarea no da para muchas sonrisas y sí para lágrimas o, cuando menos, para gesto grave y formal. La universidad norteamericana que estudia estos casos en plena canícula remite a una clasificación en la que destacan dos tipos: la sonrisa que encubre y la que amenaza. La primera es un clásico. La usan cargos ya asentados, alcaldes y demás. Rascas y debajo no hay salvo connivencias y podredumbre. La otra es aún peor, conlleva ansia. El nuevo líder del Partido Popular no ha cesado de sonreír desde que los focos empezaron a apuntarle. Exhibe el mismo rictus se hable de papeles de los emigrantes o de papeles de sus estudios universitarios, pierda las primarias en primera vuelta o gane el remiendo de la segunda. Sonríe con Soraya y con Aznar. Su sonrisa es como el nudo de su corbata. Casado se ríe con toda la dentadura en perfecto estado de formación y revista. La suya es una sonrisa en guardia, presta a convertirse en dentellada, una sonrisa de cachorro que se sabe llamado a suceder al macho alfa. Mirada bien, no se trata de una sonrisa, sino de una advertencia: cuidado, si dejo de sonreír lo pasaréis mal: no hagáis nada que me haga perder este gesto apolíneo. Por vuestro bien.
¿A qué dedica su verano el político risueño? Relaja la musculatura facial cuando no lo ven. Nadie lo reconocería en esos momentos de honestidad.
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