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Tengamos la fiesta en paz

EL BIERZOIR

Los cambios deben llegar también a las fiestas patronales. Ampliar imagen Los cambios deben llegar también a las fiestas patronales.
| 10/09/2018 A A
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Tengamos la fiesta en paz
Arriba las ramas Por Valentín Carrera
Ya están los ecologistas jodiendo la marrana! ¿También vamos a tener que cambiar las fiestas, las verbenas, los cohetes, las atracciones de feria y las fritangas de churros en aceites de padre y madre desconocidos?

¡Sí! Cuando hablamos de ecología, de un modelo sostenible, de energías alternativas o de eliminar los plásticos —de un solo uso y otros peores como los nanoplásticos que comemos cada día—, algunos no entienden que hablamos de un cambio radical de vida, usos y costumbres. Radical significa aquello que va a las raíces.

Necesitamos un cambio radical —no solo de estilo y apariencia— también en las fiestas patronales de mi pueblo y del tuyo. Algunos prefieren que todo siga igual, como en el disco rayado de Julio Iglesias; otros preferimos replantearnos la educación, la energía, los coches, los alimentos, los medios de comunicación y las verbenas.

¿Cuál es la nota distintiva de una fiesta, por ejemplo, las de la Encina en Ponferrada o las del Cristo en Bembibre y Villafranca, y miles de fiestas más? La inercia. La puñetera inercia, culpable de tantos males, escribía con lucidez el ex-director de la Unesco, Mayor Zaragoza. «Si (parece que) funciona, no lo toques». Este principio de Peter se puede aplicar por igual a la verbena de la Paloma, a la fiesta del pulpo, a la monarquía o al obispo de Astorga. Parece que funciona, no lo cuestiones.

Mi tarea como tocahuevos profesional —ese es el trabajo del periodista, del artista, del crítico (luego están los otros, los pseudo-periodistas a sueldo de Ulibarri, de tantos ulibarris, que se dedican a hacer «otra cosa»)—, mi trabajo como mosca cojonera consiste en preguntarme, contigo querido lector o lectriz que has llegado hasta aquí, intrigado barra a por cuál será la errática estación de destino, consiste en cuestionarme la popular verbena popular.

Propongo pensar un modelo de fiestas distinto. Borrón y cuenta nueva. Se guarda usted, señor alcalde, toda la mafia de orquestas corruptas (ya hay condenas y promotores musicales en la cárcel), se mete usted donde le quepa el programa del año pasado, que repite el del año anterior y el de las cuatro últimas décadas, y empezamos de cero.

¿Qué tal unas fiestas sin usar los animales como espectáculo? (ni toros ni ponis, ni circos viejunos). ¿Qué tal unas fiestas para todos y todas, y no solo para los que gusten del ruido infernal? ¿Qué tal unas fiestas sin contaminación acústica? A un local de copas que molesta a los vecinos a las doce de la noche, lo crujen a multas, pero en las fiestas usted, señor feriante de los coches eléctricos, puede superar los decibelios que le dé la gana hasta las cinco de la mañana impunemente.

Empezaré por defender a las verdaderas víctimas del sistema: los feriantes. Quienes llevan la peor parte de este modelo de feriales y verbenas no son los vecinos que van a la tómbola, pagan, se ríen y se van para casa, con la muñeca chochona bajo el brazo y la quijada grasienta de churros.

La tragedia es para los feriantes, pero aquí directamente la Inspección de Trabajo, las normas de higiene y seguridad, la prevención de riesgos laborales no existen ni parece que le preocupe a nadie: Hola, señor Fiscal. Esas familias enteras —que sean pobres, quizás gitanos o extranjeros en precario, agrava la violencia laboral que sufren— se pasan meses enteros con horarios infernales, escuchando durante doce o catorce horas algo parecido a la música con una sirena chirriante cada cinco minutos, que penetra el tuétano. Si la oigo yo en la cama a kilómetros de distancia, ¿qué sordera producirá en el trabajador que está doce horas seguidas en la garita de las cadenas, todo el santo verano, de Pascua al Cristo, sin compasión?

Para ellos y ellas no existen los derechos laborales —trabajan siete días a la semana, sin turnos, descanso semanal ni horarios—; fastidian sus vidas para que usted dé una vuelta a la noria, sin que le importe un pito a la autoridad competente. ¿Soy yo el único que ha visto niños a las dos de la mañana vendiendo rifas en una tómbola? Hola, señor fiscal; hola señor inspector de trabajo; hola, señora concejala de fiestas.

Los ruidos y las fritangas: nadie se ha muerto por tomar un chupito de vino dulce en la feria; o sí, vaya usted a saber. Aquel jamón que va de pueblo en pueblo, al polvo, a la lluvia, al ventimperio; aquel queso que ha estado siete semanas al sol que más calienta. Todas las normas higiénicas y los controles alimentarios saltan por los aires. La verbena es en sí misma el disparate: es difícil entender que la noche de la Encina alguien vaya al recinto ferial con los niños y la suegra a comprar un jamón, pero ocurre. Y el paisano vuelve a casa con el jamón sudado bajo el sobaco aún más sudado, y del otro lado un peluche sintético de tamaño natural. Felices.

Todo bajo un ruido que no respeta enfermos, niños ni personas mayores, ni animales: los perros se esconden aterrorizados, las pájaros tardan días en volver al nido; por supuesto, la opinión de “los que no vamos a la feria” cuenta un higo, y les aseguro que somos miles, muchos más de los que sí van, aunque nadie haga las cuentas.

No conozco una sola fiesta o verbena que resista el más elemental control laboral, higiénico, alimentario, ecológico. Nadie se muere, hasta que alguien salta disparado en un colchón elástico; a nadie le importa la explotación laboral de niños y niñas; y todo fluye en dinero B, economía sumergida, porque en sí mismas las fiestas y verbenas son un modelo de sociedad y suciedad sumergida. Otra parcela cotidiana donde la impunidad y la inercia son la ley. ¡Arriba las ramas!
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