Frente a ese periodismo compromisario deberíamos reivindicar la vuelta del periodismo comprometido, de raza. No hace mucho se ha publicado ‘Albert Camus, periodista’ que repasa su trayectoria en diarios como Alger Republicaín, Le Soir–Républicain y el clandestino Combat en una época marcada por las censuras, las presiones y el control del Gobierno a la prensa (hay cosas que nunca cambian, aunque ahora mudemos las censuras por autocensuras). Una lectura necesaria para comprender la talla ética de Camus y su obsesión (que debería ser la de cualquier periodista) por situarse siempre del lado más débil e indefenso. «En un mundo donde la miseria y lo absurdo hacen perder a tantos seres la cualidad de hombres, el salvar uno solo equivale a salvarse a uno mismo y , con uno mismo, un poco del futuro humano que todos esperamos», escribió en una de las crónicas de su primera gran batalla conocida como ‘Caso Hodent’ en el que hace causa de todo su periódico el encarcelamiento de un funcionario acusado de malversar fondos en la venta de trigo, cuando en realidad protegía a los cultivadores del sistema de corrupción instaurado en Argelia por los grandes colonos terratenientes. Camus azuza durante meses a políticos, a jueces y a través de un concienzudo periodismo de investigación cambia con pruebas la opinión pública. Hodent es finalmente declarado inocente.
Aquel era otro periodismo y también otro tiempo, tampoco seamos ingenuos. Pero sería bueno rescatar la pureza de una profesión que era capaz de relatar la realidad con la crudeza de la que solo la realidad es posible. Sin edulcorantes que protejan intereses ni paternalismos para el exceso de sensibilidades. Para que haya periodistas valientes hacen falta medios valientes. Ahora se buscan Shakleton, aunque nos encaminen a sobrevivir otro fracaso antártico. «No diga: eso no me concierne», interpelaba Camus al lector en uno de los editoriales de Combat. Seguro que lo escribió con las manos de hielo, con el soplido gélido en la nuca de las palabras llamadas a mover conciencias. Con el valor aterrador que solo da el compromiso. Nunca llegué a sentir ese frío.
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