Al rescate de las decisiones políticas acudieron las cofradías de León para dar un golpe sobre la mesa un año más y hacer del Jueves Santo una de las jornadas más intensas y bonitas de la Semana Santa. Si el día se torció en la mañana del miércoles, la Cofradía de las Bienaventuranzas fue la primera de las cinco en dar ejemplo desde primera hora y relegar a un segundo plano todo aquello que poco o nada tuviese que ver con la rememoración de la Última Cena de Cristo.
Fue el de ayer un día soleado, sin nubes que hiciesen el amago de amenazar alguna salida procesional. El Barrio Húmedo y el Romántico plagados de niños, familias y amigos. Santa Nonia acogiendo la tradicional saca de Jesús y Angustias, San Marcelo la de las Siete Palabras y San Claudio tratando de volver a encajar al corazón en su sitio después de haber visto a su ‘Moreno’ abandonar el barrio para enseñar cómo se siente allí su Bienaventuranza.
Pero León se transformó por la tarde. Del ambiente familiar que predominaba se pasó a uno más enrarecido y frío. A leguas se notaba que había mucha gente de fuera. Bolsas de plástico con botellas dentro y chavales tratando de buscar la fórmula más efectiva de llegar al Grano. Muchos de ellos, claro está, tirando, literalmente, por la calle de en medio y atravesando la procesión ante los reproches de paponas y público.
Un cortejo al que desde arriba, por cierto, se le había pedido celeridad para evitar problemas, algo que ciertamente se notó. A la altura del monasterio de las Benedictinas los tramos de los pasos iban juntos, sin cortes ni parones bruscos que partiesen la procesión y diesen lugar a que la gente cruzase.
Ese fue el momento más crítico de la procesión, que además estuvo en todo momento escoltada por la brigada de la Policía Local, que trató de que no ocurriese ninguna incidencia reseñable.
En lo referido a la procesión en sí misma, las ‘marías’ salieron puntuales desde la Plaza de los Donantes de Sangre. Uno paso tras otro y con gran cantidad de paponas. Destacó, por encima de todo, el nuevo trono que estrenaba la Virgen del Camino. Grande, imponente, serio y pulcro. Muy pulcro. Una obra que realzaba mucho más la piedad nacida en la gubia de Navarro Arteaga.
Antes de eso, la Cofradía del Cristo del Gran Poder había puesto en las calles la última de sus procesiones. León se ‘despidió’ del plata en esta Semana Santa con la personalidad que caracteriza, sin duda, a esta penitencial. Un emotivo acto en la Plaza Mayor que volvió a congregar a multitud de asistentes en esa ubicación, que como el año pasado se encontraba de obras se realizó frente a la Basílica de San Isidoro.
El Jueves Santo se iba poco a poco completando y Santa Marta dio los últimos coletazos al día. También afectada por Genarín y presionada para adelantar media hora su salida, salió del Museo Diocesano y de la Semana Santa. Todos menos uno. Uno, en mayúsculas. Esa obra cumbre de Víctor de los Ríos que es la Última Cena y con la que sin ella no se entiende León.
Al igual que León tampoco se entiende, claro está, sin el recogimiento de las Injurias y el Desenclavo por Santa Marina.