Por diversas razones, el padre de un servidor ha visto la Semana Santa de hasta tres ciudades diferentes este año. Por deferencia y en un flagrante intento de no ofender a nadie solamente se dirá que una de ellas es, obviamente, la de León. Mientras por la mañana la Verónica entraba en la plaza de Santo Martino para el descanso, en un alarde reflexivo que a veces le dan espetó una frase que cada Viernes Santo se hace más fidedigna que nunca: “Diego, cuando sales de León te das cuenta de lo que tenemos. Yo que he visto ahora otras ‘semanassantas’ me doy cuenta y lo de ahora por la mañana no lo tienen en ningún otro sitio”.
No sé usted, querido lector Papón, pero no fui capaz de rebatírselo. Ante mis ojos estaba la Oración en el Huerto, el Prendimiento, la Flagelación, la Coronación, la presentación al pueblo, Cristo portando la Cruz y Verónica, aquella mujer que le limpió el rostro a Jesús. Todas de una calidad excepcional y de un realismo asombroso. Y todo ello pensando en lo que aún faltaba por venir. Inigualable, vaya.
Pocos días hay al año como el de este viernes donde León entero vaya en una misma dirección. Donde León fue, en la jornada matinal, el cirineo de su señor, y en la vespertina los pies para llevarle al sepulcro. Por cierto, menudo cambio el del Señor de León con el recién dorado de los candelabros…
Santa Nonia fue el centro de todo. Lo fue por la mañana y lo fue por la tarde, junto con San Marcelo y sus Siete Palabras. Por fin, y ya es cosa rara en los últimos años, el tiempo le dio a Angustias y Soledad esa tarde de Viernes Santo que se merecía. Soleada, agradable y sin frío en sus primeros compases para que pudieran exhibir el patrimonio escultórico y humano que tienen para su día grande. También fue benévolo con las Siete Palabras, que desde la plaza sacó un elegante cortejo profesional abarrotando todo el entorno de Santo Domingo y la calle Ancha a su salida.
En apenas 500 metros, y a la misma hora, se concentró todo el contenido cofrade de la tarde. Angustias y Siete Palabras dieron gala de lo que debe ser una tarde de Viernes Santo con Cristo ya crucificado. El Cristo Yacente y la Urna de unos y el Balderas de los otros dejaron claro que León tiene nivel. Mucho. Y no solo a nivel de imaginería, porque lo que se vivió ayer desde las 18:00 horas es de una calidad excepcional, sino porque el nivel humano. El nivel de papón. Una tarde de valientes que, en lo que respecta a los hombres, la mayoría de los ‘hermanitos’ de Jesús lo fueron también de alguna de estas dos penitenciales leonesas.
Las dos fueron procesiones largas, con gran participación de hermanos y muy, muy bonitas. Angustias sacó una decena de pasos, con un más que aceptable número de suplentes en cada uno de ellos al menos en la salida, pues en el descanso se esfumaron y solo quedaba resistir ante la segunda parte del Santo Entierro. Una segunda parte siempre dura, pero con icónico regreso con la Basílica de San Isidoro iluminada y un Cid hasta arriba de público con el corazón en la mano. La cofradía de San Marcelo, por su parte, recorrió las calles del ensanche de la ciudad con las siete palabras, unas a ruedas y otras a hombros.