Seguro que ya se habían fijado pero allí donde aparece nuestro modelo de valentía la prepara, lo deja todo sembrado de cadáveres o arruinado y para el arrastre: el caballo de Atila versión pedestre. No nos hemos parado en detalles, pero nuestro héroe –que mirado con detenimiento más que héroe es un chapuzas violento y criminal– arrasa, envenena, roba y mata a la mínima. Quizás ser héroe conlleve tales agravios e intemperancias, después ensombrecidos por el supuesto brillo de sus hazañas pero, en fin, libres somos de pensar que con el peso de esas alforjas el viaje se torna indeseable.
Siguiendo su ejemplo en lo análogo y no en lo moral, viajeros pseudohoméricos abarrotan aeropuertos y cruceros y asaltan barrios antiguos y resplandecientes costas para su despojo. Parten de un Occidente ya no geográfico pero sí pomposo, opulento y abusivo que pisotea a su placer jardines ajenos doquiera que quiera. No es ocasión de detenernos en qué opina de esos occidentales el resto del mundo, pues el relato de los adversarios de Hércules se ignora a conciencia.
También es cierto que ‘Occidente’ consiste en una manera de estar en el mundo cuya exitosa exportación la ha habilitado entre japoneses o chinos, por ejemplo. Su número cada vez más incalculable no desdice la ‘occidentalidad’ de la costumbre. En pos de maravillas el esforzado turista arrampla, arrasa, agosta, enriquece siempre a los mismos y empobrece a los más. Una tarea hercúlea encomendada a multitudes para mayor comodidad en su cumplimiento.
Ahora que puede conquistarse el mundo desde casi todo punto y que las Hespérides abren su huerto a todo verdulero, crece la necesidad de experimentar las fatigas del viaje y sus controlados peligros para, al cabo, guarecernos en nuestras casas con una enorme colección de fotografías doradas que ventearemos, cortadas del árbol, para su pudrición.
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